Riqueza petrolera, ingresos elevados y prestigio internacional marcaron la trayectoria venezolana antes de que una crisis prolongada transformara al país en símbolo de pérdida económica, deterioro institucional y dependencia extrema de un recurso natural que ya sustentó su auge.
Venezuela, poseedora de una de las mayores riquezas petroleras del planeta, pasó de ser un destacado económico mundial en el siglo 20 a un país marcado por una crisis prolongada de ingresos, pérdida de calidad en los servicios públicos y deterioro institucional.
En 1950, el país fue señalado como la cuarta economía más rica del mundo en PIB per cápita, solo detrás de Estados Unidos, Suiza y Nueva Zelanda, según la Knowledge at Wharton, publicación de la Wharton School, de la Universidad de Pensilvania.
Este cambio ayuda a explicar por qué Venezuela ya recibió el apodo de “Arabia Saudita de América Latina”, expresión asociada a la fuerza de la industria petrolera y al peso que el país tuvo en la economía regional.
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Durante décadas, los ingresos generados por el petróleo sustentaron la expansión económica, urbanización acelerada y mayor capacidad de consumo en relación con buena parte de América Latina, aunque la prosperidad no eliminó las desigualdades internas.
Auge de la Venezuela rica en el siglo 20
Entre los años 1950 y 1970, la economía venezolana avanzó impulsada por la recaudación del petróleo, que financió infraestructura urbana, amplió la circulación de divisas y consolidó una imagen de estabilidad poco común en la región.
Con ingresos disponibles elevados y moneda valorizada, Caracas y otros centros urbanos pasaron a simbolizar modernización, consumo y oportunidades, mientras el país atraía atención internacional por el contraste con vecinos latinoamericanos más inestables.
El levantamiento citado por la Knowledge at Wharton registra que, en 1950, el PIB per cápita venezolano era de US$ 7.424, valor que colocaba al país por delante de economías posteriormente mucho más ricas.
En ese período, Alemania y Japón aún sentían los efectos de la Segunda Guerra Mundial, lo que reforzaba la posición excepcional de Venezuela en rankings globales de ingresos por habitante y alimentaba la percepción de prosperidad duradera.
A pesar del desempeño expresivo, la economía venezolana mantenía fragilidades importantes, especialmente por la dependencia creciente de los ingresos obtenidos con la exportación de petróleo y por la dificultad de ampliar una base productiva más diversificada.
Aun así, el país ocupaba una posición inusual para América Latina, con fuerte entrada de dólares, infraestructura en expansión y poder de compra superior al de muchos vecinos durante buena parte del ciclo de bonanza.
Dependencia del petróleo amplió vulnerabilidades
El deterioro venezolano no ocurrió de forma repentina, pues la concentración económica en el petróleo hizo al país vulnerable a choques externos y redujo, a lo largo de décadas, el espacio para agricultura, industria y otros sectores productivos.
Cuando la riqueza petrolera garantizaba ingresos elevados, la dependencia parecía manejable; sin embargo, la falta de diversificación dejó al Estado más expuesto siempre que la producción caía o el precio internacional del barril retrocedía.
A partir de los años 2000, controles económicos, concentración de poder político, debilitamiento institucional y problemas de gestión en la estatal PDVSA comenzaron a profundizar desequilibrios que ya existían dentro del modelo venezolano.
Con menor capacidad de producción interna y necesidad creciente de importaciones, el país se volvió más vulnerable a la escasez de dólares, al desabastecimiento y a la pérdida de confianza en la conducción de la economía.
Cuando los ingresos del petróleo dejaron de sostener gastos e importaciones al mismo ritmo, la presión sobre cuentas públicas, moneda y abastecimiento ganó fuerza, haciendo más visible la fragilidad acumulada por el país.
En ese escenario, la emisión de moneda para cubrir gastos, combinada con controles de precios y cambio, contribuyó a la corrosión del poder adquisitivo y a la desorganización de la actividad económica.
Exportaciones concentradas en el sector petrolero
El petróleo fue el principal motor de la prosperidad venezolana, pero también se transformó en el centro de la vulnerabilidad económica del país, al concentrar ingresos fiscales, exportaciones y capacidad de financiamiento público en un único producto.
Sin una estructura productiva capaz de compensar pérdidas en el sector petrolero, Venezuela redujo su margen de reacción ante la caída del precio del barril y la retracción en la producción interna.
Knowledge at Wharton afirma que, entre 1998 y 2013, la participación de los productos ligados al petróleo en la pauta de exportaciones venezolana subió de 70% a 98%, con base en un estudio citado por investigadores ligados a Brookings Institution y a Harvard.
Ese grado de concentración ayudó a sostener programas de gasto público mientras el petróleo estaba caro, pero dificultó ajustes cuando la renta externa se encogió y las fuentes alternativas de ingreso se mostraron insuficientes.
Con la caída de ingresos, la economía pasó a convivir simultáneamente con inflación elevada, pérdida de poder adquisitivo, empeoramiento en el abastecimiento y debilitamiento de la capacidad del Estado de financiar servicios públicos.
La dependencia del petróleo, por lo tanto, dejó de ser solo una característica económica y pasó a influir directamente en el cotidiano de la población, especialmente cuando los mecanismos de financiamiento del gobierno perdieron sustentación.
Maduro asumió en medio de señales de desgaste
Nicolás Maduro llegó al poder en 2013, tras la muerte de Hugo Chávez, cuando Venezuela ya presentaba señales relevantes de desgaste económico, presión fiscal y debilitamiento institucional.
Poco después, la caída de los precios del petróleo aumentó la presión sobre un modelo dependiente de ingresos externos, ampliando dificultades que ya se venían acumulando antes de la transición presidencial.
Además de la crisis económica, Venezuela enfrentó una disputa política cada vez más intensa, marcada por el avance del control del Ejecutivo sobre instituciones, pérdida de autonomía de órganos de fiscalización y enfrentamientos recurrentes con la oposición.
En paralelo, denuncias de corrupción y mala gestión afectaron sectores estratégicos, incluyendo a PDVSA, estatal responsable de la exploración y producción de petróleo en el país.
Con el agravamiento de la recesión, millones de venezolanos comenzaron a convivir con pérdida de ingresos, dificultad de acceso a productos básicos y deterioro de servicios esenciales, en un ambiente de inestabilidad económica prolongada.
La crisis interna también se transformó en un fenómeno regional, con la salida de una parte significativa de la población en busca de trabajo, seguridad y mejores condiciones de vida en otros países.
PIB per cápita muestra contraste con Brasil
Datos del Banco Mundial muestran que el PIB per cápita de Venezuela aparece en la serie hasta 2024, mientras que Brasil registró PIB per cápita de US$ 10.310,5 en el mismo año.
La comparación evidencia trayectorias distintas entre dos países que, en determinados momentos, tuvieron niveles de renta más cercanos y hoy ocupan posiciones diferentes en indicadores económicos básicos.
En el caso venezolano, el resultado actual contrasta con la imagen de potencia regional construida en el siglo pasado, cuando el petróleo sostenía una renta media elevada y reforzaba la percepción de estabilidad económica.
Con el paso de los años, la economía que ya se destacaba por la prosperidad pasó a ser asociada a la pérdida de poder adquisitivo, a la inestabilidad institucional y a la dependencia de un sector petrolero debilitado.
La existencia de grandes reservas de petróleo continúa siendo un activo relevante, pero la trayectoria venezolana muestra que los recursos naturales, aisladamente, no garantizan prosperidad duradera ni estabilidad económica.
Sin instituciones estables, diversificación productiva y gestión fiscal sostenible, la riqueza del subsuelo puede sostener ciclos de expansión y, luego, ampliar los efectos de una caída prolongada.
Hoy, Venezuela permanece entre los ejemplos más citados de reversión económica en América Latina, justamente por el contraste entre la posición rara que ocupó en el ranking mundial de renta y la realidad enfrentada en las últimas décadas.
El país que ya estuvo entre los más prósperos del mundo en PIB per cápita se ha convertido en un caso de cómo la dependencia excesiva, el deterioro institucional y la crisis de confianza pueden transformar una ventaja histórica en una vulnerabilidad persistente.
