Estudio apunta que la contaminación del aire puede reducir el olfato de forma silenciosa y progresiva, afectando millones sin síntomas claros.
En 2024, un estudio publicado en Scientific Reports el 16 de diciembre de 2024, del grupo Nature, trajo una alerta poco explorada fuera de la comunidad académica: la exposición continua a la contaminación del aire puede estar asociada a la reducción progresiva de la capacidad olfativa, en un proceso silencioso y acumulativo a lo largo de los años. En el trabajo, investigadores cruzaron datos de 711 participantes urbanos de 10 regiones del mundo con niveles de contaminantes atmosféricos medidos en las fechas y en los lugares de las pruebas y concluyeron que la contaminación afecta negativamente la función olfativa, con un impacto que tiende a acumularse con el envejecimiento.
El punto más relevante es que esta pérdida no aparece necesariamente de forma abrupta, lo que ayuda a explicar por qué muchas personas pueden no percibir el problema a medida que avanza. El propio estudio afirma que los efectos de la contaminación sobre el olfato son cumulativos y cita evidencias anteriores de empeoramiento progresivo incluso en contextos donde los niveles de contaminación superaban solo levemente los estándares de la OMS.
Al mismo tiempo, la Organización Mundial de la Salud, en una ficha técnica publicada el 24 de octubre de 2024, clasifica la contaminación del aire como uno de los principales riesgos ambientales para la salud humana. Según la entidad, la contaminación atmosférica externa fue asociada a cerca de 4,2 millones de muertes prematuras al año en 2019, mientras que la suma de los efectos de la contaminación externa y doméstica está ligada a 6,7 millones de muertes prematuras anuales, con impacto sobre el sistema cardiovascular, respiratorio y otros mecanismos centrales del organismo.
-
BRICS preparan un sistema de pagos inspirado en el PIX brasileño que permitirá transacciones directas entre países utilizando monedas digitales nacionales sin depender del dólar ni de bancos occidentales como intermediarios.
-
La tecnología de la USP fue utilizada por la NASA en la Artemis II.
-
¿Fin del interfono fijo en la pared? El videoportero inteligente llega a las casas brasileñas con visión de 120°, sensor de movimiento, visión nocturna, alerta en el celular y autonomía de hasta 3 meses sin recarga.
-
NASA lanza naves espaciales gemelas para investigar el misterio de la atmósfera perdida de Marte y descubrir cómo un planeta que alguna vez tuvo agua terminó transformándose en un desierto helado y estéril.
Cómo la contaminación interfiere directamente en el sistema olfativo
El olfato depende de un sistema altamente sensible ubicado en la parte superior de la cavidad nasal, donde células receptoras captan moléculas odoríferas y envían señales directamente al cerebro.
Cuando una persona es expuesta continuamente a contaminantes, como material particulado fino (PM2.5), dióxido de nitrógeno (NO₂) y ozono (O₃), estas sustancias pueden causar inflamación crónica de la mucosa nasal, además de dañar directamente las células responsables de la detección de olores.
Estudios sugieren que partículas ultrafinas pueden no solo alcanzar estas estructuras, sino también penetrar más profundamente, afectando vías neurales asociadas al olfato. Esto crea un escenario en el que el daño no es solo local, sino que puede involucrar conexiones neurológicas más amplias.
El resultado es una reducción progresiva de la sensibilidad, volviendo más difícil identificar olores comunes del día a día, como alimentos, humo o incluso sustancias peligrosas.
Un efecto acumulativo que puede pasar desapercibido por años
A diferencia de otras alteraciones sensoriales, como la pérdida auditiva súbita o problemas de visión, la pérdida olfativa asociada a la contaminación tiende a ocurrir de forma lenta.
Esto significa que el cerebro se adapta gradualmente a la reducción de la capacidad sensorial, creando una falsa sensación de normalidad. La persona continúa viviendo normalmente, sin darse cuenta de que su percepción de olores está siendo reducida.
Este fenómeno es conocido como adaptación sensorial, y es una de las principales razones por las cuales el problema permanece invisible. Cuando el individuo finalmente percibe alguna alteración, el compromiso ya puede estar avanzado.
Impactos que van más allá del olor y afectan la salud general
La pérdida del olfato no es solo una cuestión sensorial. Está directamente relacionada con diversas funciones importantes del organismo.
El olfato desempeña un papel fundamental en la detección de riesgos, como fugas de gas, alimentos en mal estado o presencia de humo. Su reducción puede aumentar la exposición a situaciones peligrosas sin que la persona lo perciba.
Además, el olfato está íntimamente conectado al gusto. La disminución de la capacidad de sentir olores puede afectar la percepción del sabor de los alimentos, llevando a cambios en los hábitos alimentarios e incluso a déficits nutricionales.
Investigaciones también indican una asociación entre la pérdida olfativa y declive cognitivo, además de posibles relaciones con enfermedades neurodegenerativas, aunque esta área aún está en investigación.
Quién está más expuesto al riesgo
Aunque toda la población urbana está potencialmente expuesta, algunos grupos presentan mayor vulnerabilidad.
Los residentes de grandes centros urbanos, especialmente en áreas con tráfico intenso, tienden a tener mayor contacto con contaminantes. Los trabajadores expuestos al aire exterior durante largos períodos, como conductores, repartidores y profesionales de la construcción, también pueden sufrir impactos más significativos.
Los niños y los ancianos representan grupos particularmente sensibles. En el caso de los niños, el sistema respiratorio y neurológico aún está en desarrollo. En los ancianos, la exposición puede acelerar procesos naturales de pérdida sensorial.
El papel de las ciudades en la amplificación del problema
La urbanización intensiva y el aumento de la flota de vehículos han contribuido a la elevación de los niveles de contaminación del aire en diversas regiones del mundo.
Según la OMS, más del 90% de la población global respira aire que excede los límites recomendados de calidad. Esto significa que miles de millones de personas están expuestas diariamente a niveles potencialmente perjudiciales de contaminantes.
Además, factores como la densidad poblacional, la falta de áreas verdes y las condiciones climáticas pueden agravar la concentración de contaminantes en determinadas ciudades, aumentando aún más el riesgo de exposición prolongada.
Por qué este tema aún se discute poco
A pesar de los avances científicos, la relación entre la contaminación del aire y la pérdida del olfato aún no es ampliamente conocida por el público.
Esto ocurre porque el tema generalmente se ve opacado por efectos más inmediatos y visibles, como enfermedades respiratorias o cardiovasculares. Sin embargo, el impacto en el olfato representa una dimensión adicional del problema, que puede afectar la calidad de vida de manera significativa.
Otro factor es la dificultad de medir la pérdida del olfato en el día a día. A diferencia de exámenes de sangre o presión arterial, la evaluación del olfato no forma parte de chequeos rutinarios, lo que contribuye a la subnotificación del problema.
Lo que la ciencia ya ha comprobado y lo que aún está en estudio
La asociación entre la contaminación del aire y la reducción de la función olfativa ya tiene una base científica consistente, con estudios observacionales y análisis poblacionales que apuntan a esta relación.
Sin embargo, aún hay investigaciones en curso para entender mejor los mecanismos exactos involucrados, el grado de reversibilidad del daño y qué contaminantes tienen un mayor impacto específico sobre el sistema olfativo.
Los investigadores también buscan identificar formas de mitigar estos efectos, ya sea a través de políticas públicas de reducción de contaminación o intervenciones individuales.
Un efecto invisible que puede afectar a millones sin que se den cuenta
La principal característica de este fenómeno es precisamente su invisibilidad. No hay alerta inmediata, no hay dolor intenso y, en la mayoría de los casos, no hay diagnóstico precoz.
El olfato puede estar siendo reducido silenciosamente, mientras la persona continúa expuesta a los mismos niveles de contaminación en el día a día. Este tipo de impacto refuerza la necesidad de ampliar el debate sobre la calidad del aire, no solo como una cuestión ambiental, sino como un factor directo de salud sensorial y neurológica.
¿Y tú, has notado cambios en tu olfato a lo largo de los años?
La ciencia comienza a revelar que el aire que respiramos puede influir en sentidos que rara vez asociamos con la contaminación. ¿Has notado mayor dificultad para sentir olores o crees que esto puede estar sucediendo sin que te des cuenta?

Seja o primeiro a reagir!