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¿El trabajo más peligroso del mundo? Un científico recorre un laberinto radiactivo a 10 metros bajo Chernóbil, enfrenta picos letales con solo 4 minutos de exposición, monitoriza 200 toneladas de combustible nuclear y estructuras selladas por 100 años después de 1986.

Escrito por Alisson Ficher
Publicado el 02/05/2026 a las 16:00
Actualizado el 02/05/2026 a las 16:02
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Misiones subterráneas en ambiente extremo revelan rutina de riesgo continuo bajo el reactor destruido, con monitoreo técnico constante, exposición controlada a la radiación y desafíos operativos complejos en estructuras selladas desde el desastre nuclear ocurrido en 1986 en Ucrania.

El investigador Anatolii Doroshenko, de 38 años, realiza descensos mensuales a los corredores subterráneos del reactor 4 de Chernóbil, en Ucrania, que fue destruido por la explosión nuclear registrada el 26 de abril de 1986, considerado uno de los mayores accidentes en la historia de la energía nuclear civil.

A unos 10 metros de profundidad, recorre salas y pasajes altamente contaminados para verificar equipos, instalar medidores, recolectar muestras y monitorear el estado de los materiales radiactivos que aún permanecen activos bajo las estructuras dañadas de la antigua central nuclear soviética.

El trabajo, descrito por la revista New Scientist como posiblemente el más peligroso del mundo, se lleva a cabo en un área donde el suelo, las paredes, los equipos e incluso el aire pueden transportar partículas radiactivas invisibles, lo que exige protocolos rigurosos y atención constante durante toda la operación.

Laberinto subterráneo bajo el reactor de Chernóbil

La red subterránea reúne estructuras de control y monitoreo que sobrevivieron al desastre nuclear, formando un sistema complejo de salas y corredores que continúan siendo utilizados para el seguimiento técnico de las condiciones internas del reactor destruido.

Doroshenko, investigador del Instituto de Problemas de Seguridad de las Centrales Nucleares, describe el lugar como un gran laberinto bajo el reactor, donde el desplazamiento depende tanto de la experiencia acumulada como del uso de mapas detallados de contaminación.

Algunos corredores presentan iluminación limitada o inexistente, lo que obliga a los científicos a utilizar linternas durante todo el trayecto, especialmente en áreas más profundas donde la infraestructura original fue comprometida después de la explosión.

En pasajes estrechos y parcialmente bloqueados por escombros, los profesionales deben avanzar agachados, manteniendo una atención redoblada para evitar el contacto con superficies potencialmente contaminadas o desplazamientos a áreas con niveles peligrosos de radiación.

Aunque las salas están señalizadas, la circulación exige precisión y conocimiento previo de las rutas seguras, ya que un error puede llevar a regiones donde la permanencia humana está limitada a pocos minutos o totalmente prohibida por razones de seguridad radiológica.

En determinados puntos, Doroshenko debe completar tareas en menos de cuatro minutos debido a la intensidad de la radiación.

En otras áreas, simplemente cruza rápidamente, sin posibilidad de interrupción, siguiendo protocolos previamente definidos.

Exposición a la radiación y protocolos de seguridad

El científico afirma que el miedo forma parte de la rutina, pero debe ser administrado de forma racional para no comprometer la ejecución de las actividades ni llevar a la pérdida de concentración ante un ambiente que exige disciplina constante.

Según él, el mayor riesgo no reside solo en la radiación en sí, sino en la posibilidad de que el profesional se acostumbre al ambiente y empiece a ignorar señales de peligro que puedan surgir durante la ejecución de las tareas.

“El miedo ayuda a mantener el control y seguir las orientaciones para garantizar bajas dosis de radiación”, dijo Doroshenko a la BBC.

Él destaca que cualquier objeto aparentemente común, como un guante o una pieza metálica, puede estar contaminado, incluso cuando no hay señales visibles, lo que refuerza la necesidad de atención continua en todas las etapas.

Antes de entrar en las áreas críticas, el investigador utiliza varias capas de protección, incluyendo cobertura para brazos, zapatos y un respirador FFP2 con válvula, diseñado para reducir la inhalación de partículas radiactivas suspendidas en el ambiente.

En regiones más estrechas o con presencia de escombros, añade un traje especial de polietileno, que ofrece protección adicional contra el contacto directo con superficies contaminadas durante el desplazamiento.

Al salir de las áreas internas, el procedimiento sigue etapas rígidas que incluyen el paso por puntos de control, la retirada de la ropa en una zona considerada contaminada y el envío para descontaminación o descarte de los equipos utilizados.

Después de eso, el investigador se ducha obligatoriamente y pasa por una estación de dosimetría, encargada de verificar si hay presencia de partículas radiactivas en el cuerpo antes de la liberación completa del área controlada.

El combustible nuclear aún exige vigilancia constante

La unidad 4 aún alberga unas 200 toneladas de combustible nuclear y materiales asociados, según estimaciones de organismos internacionales vinculados a la seguridad nuclear, lo que mantiene la necesidad de un monitoreo continuo décadas después del accidente.

Una parte significativa de este material permanece en áreas inaccesibles, lo que dificulta la obtención de datos directos y exige el uso de mediciones indirectas para evaluar el comportamiento y los riesgos asociados al combustible remanente.

Tras la explosión, se utilizaron grandes volúmenes de hormigón para contener la radiación, creando una barrera física que ayudó a reducir la liberación de partículas, pero también limitó el acceso a regiones críticas del reactor destruido.

Doroshenko afirma que la recolección de muestras directas permitiría análisis más precisos sobre el riesgo nuclear, pero reconoce que esta posibilidad aún es inviable en gran parte de las áreas debido a las condiciones extremas.

Entre los materiales más peligrosos se encuentra el corio, una sustancia formada cuando el combustible nuclear derretido se mezcló con componentes estructurales del reactor bajo temperaturas extremadamente elevadas durante el accidente.

Este material se extendió por las estructuras como lava, solidificándose en formaciones altamente radiactivas que continúan siendo monitoreadas por especialistas debido al riesgo potencial que aún representan.

La formación más conocida es la llamada “pata de elefante”, frecuentemente citada como uno de los símbolos del desastre, cuya proximidad directa permanece limitada debido a los elevados niveles de radiación.

Nuevo confinamiento seguro y riesgos recientes

El reactor fue cubierto inicialmente por un sarcófago construido a toda prisa en 1986, que posteriormente fue envuelto por el Nuevo Confinamiento Seguro, una estructura metálica diseñada para aislar el área durante aproximadamente 100 años.

Con 108 metros de altura, la cúpula fue desarrollada para reducir la exposición ambiental, proteger el sarcófago original y permitir futuras operaciones de desmantelamiento y gestión de los materiales radiactivos aún presentes.

La integridad de esta estructura volvió a ser motivo de preocupación tras el ataque con dron ocurrido el 14 de febrero de 2025, que causó daños externos y provocó un incendio localizado.

La Agencia Internacional de Energía Atómica informó que los niveles de radiación permanecieron estables tras el incidente, sin registro de víctimas ni aumento significativo de riesgo inmediato para la población.

Aun así, las evaluaciones técnicas indicaron un compromiso parcial de las funciones de confinamiento, lo que reforzó la importancia de mantener un monitoreo constante de las condiciones internas del reactor.

En este contexto, el trabajo de equipos como el de Doroshenko sigue siendo considerado esencial para identificar posibles alteraciones y evitar que los procesos internos avancen sin control.

Rutina extrema y motivación de los científicos

A pesar de los riesgos involucrados, Doroshenko afirma que encuentra motivación en el trabajo y describe la experiencia como desafiante, comparable a actividades extremas que exigen preparación física y mental constante.

“Este lugar está repleto de mitos y es frecuentemente demonizado, pero no es tan aterrador como muchos intentan presentarlo”, afirmó el investigador al comentar la percepción pública sobre Chernóbil.

Él resalta que se trata de una estructura creada por seres humanos y que, por ello, depende de una supervisión continua para garantizar que los riesgos permanezcan controlados a lo largo del tiempo.

El investigador se somete a exámenes médicos obligatorios anualmente y, durante los períodos de descanso, busca actividades fuera del ambiente de trabajo para reducir el impacto de la intensa rutina.

Mientras mantenga condiciones físicas adecuadas y exista necesidad técnica, afirma que continuará participando en las operaciones subterráneas en el reactor.

Casi cuatro décadas después del accidente, el foco permanece en la contención de los residuos radiactivos, en el mantenimiento de los sistemas de monitoreo y en la planificación de soluciones para lidiar con materiales aún inaccesibles.

“Si personas como nosotros dejamos de bajar allí, se iniciará un proceso sin control, lo cual es peligroso”, dijo Doroshenko. “Es un trabajo duro. Chernóbil no debe ser olvidada.”

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Alisson Ficher

Jornalista formado desde 2017 e atuante na área desde 2015, com seis anos de experiência em revista impressa, passagens por canais de TV aberta e mais de 12 mil publicações online. Especialista em política, empregos, economia, cursos, entre outros temas e também editor do portal CPG. Registro profissional: 0087134/SP. Se você tiver alguma dúvida, quiser reportar um erro ou sugerir uma pauta sobre os temas tratados no site, entre em contato pelo e-mail: alisson.hficher@outlook.com. Não aceitamos currículos!

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