La crisis de vivienda en un área vulnerable de Sudán del Sur recibió una respuesta inusual: plástico desechado, tierra, barro y técnicas simples comenzaron a formar casas elevadas, pensadas para enfrentar agua, termitas y altas temperaturas.
En un área rodeada de agua, barro y refugios frágiles, familias que ya habían perdido casas por conflicto e inundaciones comenzaron a mirar las botellas plásticas tiradas en el camino de otra manera. Lo que antes parecía residuo se convirtió en bloque de construcción, protección contra el calor e intento concreto de permanecer de pie en medio de una crisis que desplaza a miles de personas.
La iniciativa ocurre en Bentiu, en Sudán del Sur, región presionada por inundaciones prolongadas. Según la OIM, agencia de la ONU para la migración, más de 130 mil personas vivían en refugios temporales frágiles, superpoblados y expuestos a eventos climáticos extremos.
El agua rodeó la ciudad y cambió la forma de vivir

Para quienes viven allí, la amenaza no es distante. Las inundaciones afectan comunidades desde 2021 y, en muchas áreas, el agua no ha retrocedido por completo. The Guardian, periódico británico, describió Bentiu como una zona bajo riesgo severo, con cerca de 300 mil habitantes amenazados por las inundaciones.
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El impacto pasó de las calles al interior de las casas. Familias desplazadas por guerra civil y luego por inundaciones quedaron atrapadas en viviendas improvisadas, hechas con lonas, madera y estructuras vulnerables. En un lugar donde lluvia, calor y agua estancada se mezclan, el refugio dejó de ser solo techo.
Botellas abandonadas comenzaron a sustituir bloques

Fue en este escenario que los residentes comenzaron a reunir miles de botellas plásticas desechadas, llenarlas con arena o tierra compactada y apilarlas como bloques. Las piezas se fijan con barro o arcilla, formando paredes más firmes y con mejor aislamiento térmico.
La idea no depende de materiales caros ni de una cadena industrial lejana. Nace de lo que ya existe alrededor: residuos plásticos, arena, tierra, bambú, pasto elefante, paja y cobertura vegetal. La OIM documentó la técnica como una solución de refugio climático, con apoyo de ingenieros y capacitación práctica.
Entre las familias involucradas está Gatluak, padre sursudanés citado por la organización. Él construía una nueva casa con botellas recolectadas, describiendo la vivienda como más fresca, más fuerte y más resistente a termitas que las estructuras temporales comunes.
Una casa pensada para resistir a la próxima inundación

El detalle decisivo está en el diseño. Las construcciones no usan solo paredes de botellas. Pueden ser levantadas sobre cimientos elevados, pilotes o montículos de tierra, precisamente para reducir daños cuando el agua vuelve a subir.
El modelo también permite ampliación gradual. Una familia comienza con una estructura básica y, a medida que obtiene recursos, aumenta el espacio. En lugar de depender solo de donaciones listas, los residentes aprenden a construir con materiales disponibles y adaptados al clima local.
Según la OIM, el proyecto también reduce la presión sobre la madera, recurso utilizado en muchos refugios temporales. Al transformar plástico desechado en pared, la iniciativa ataca dos problemas al mismo tiempo: la falta de vivienda segura y la acumulación de residuos en una región sin infraestructura suficiente de reciclaje.
La solución no borra la crisis, pero cambia el punto de partida
Organizaciones humanitarias como MSF, conocida internacionalmente como Médicos Sin Fronteras, ya han reportado las difíciles condiciones de las familias desplazadas en Bentiu, muchas sin posibilidad de regresar a aldeas que continúan inundadas. En este contexto, una casa hecha con botellas no resuelve por sí sola la crisis climática, la guerra ni la pobreza.
Pero cambia una parte de la respuesta. En lugar de tratar el refugio como algo siempre provisional, la iniciativa muestra que la adaptación climática también puede nacer de una pared simple, hecha con lo que estaba tirado.

