A los 6 años, Ryan Hreljac decidió construir un pozo en África y transformó una iniciativa escolar en una fundación que ya ha llevado agua potable a millones de personas.
A los 6 años de edad, la mayoría de los niños piensa en juguetes, dibujos animados y juegos. Para el canadiense Ryan Hreljac, una clase de primer grado cambió completamente su forma de ver el mundo y dio origen a una iniciativa humanitaria que décadas después alcanzaría a millones de personas.
Al descubrir que niños en algunas regiones de África necesitaban caminar horas todos los días solo para conseguir agua, muchas veces contaminada, Ryan decidió que haría algo para cambiar esa realidad. Lo que parecía solo un gesto infantil terminó convirtiéndose en una de las organizaciones más conocidas del mundo en la lucha contra la crisis hídrica.
Todo comenzó cuando un profesor explicó que muchos niños enfermaban por falta de agua limpia
Según la Ryan’s Well Foundation, Ryan tenía solo 6 años cuando su profesora de primer grado explicó que millones de personas enfermaban porque no tenían acceso al agua potable.
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El niño quedó impresionado al descubrir que algunas familias caminaban varios kilómetros diariamente solo para recolectar agua no apta para el consumo.
En ese momento, Ryan creyó que construir un pozo costaría solo US$ 70, valor informado inicialmente en clase.
Decidido a ayudar, comenzó a realizar tareas domésticas extras para sus padres durante cuatro meses hasta conseguir reunir el dinero necesario. Según la fundación, este fue el primer paso de un viaje que cambiaría miles de vidas.
Poco después, descubrió que un pozo costaba mucho más de lo que imaginaba. De acuerdo con la Ryan’s Well Foundation, el valor real era de aproximadamente US$ 2 mil, suficiente para perforar un sistema de abastecimiento en Uganda. En lugar de rendirse, Ryan comenzó a visitar escuelas, iglesias y clubes comunitarios para contar su historia y recaudar donaciones.
El primer pozo fue construido en Uganda y cambió la rutina de cientos de estudiantes
Después de meses de recaudación, Ryan logró reunir los recursos necesarios para financiar la perforación del primer pozo en la Escuela Primaria Angolo, en el norte de Uganda.
Según la Ryan’s Well Foundation, la obra fue concluida en 1999, llevando agua potable para cientos de estudiantes y habitantes de la comunidad local. La iniciativa tuvo un impacto directo en la asistencia escolar, ya que muchos niños dejaron de perder horas al día buscando agua lejos de casa.
El proyecto también creó una amistad que atravesó continentes. Durante un viaje a Uganda, Ryan conoció a Jimmy Akana, estudiante de la escuela beneficiada por el pozo, quien más tarde se convertiría en un amigo cercano de la familia canadiense.
El pequeño proyecto escolar se convirtió en una fundación internacional de acceso al agua
El éxito del primer pozo transformó una iniciativa infantil en una organización permanente. En 2001, surgió oficialmente la Ryan’s Well Foundation, institución dedicada a financiar proyectos de abastecimiento de agua y saneamiento en países en desarrollo.
Según la propia fundación, el trabajo se expandió mucho más allá de Uganda, alcanzando comunidades en África, América Central y Asia.

De acuerdo con datos divulgados por la Ryan’s Well Foundation, la entidad ya ha beneficiado a más de 1,6 millones de personas, apoyando cerca de 1.800 proyectos de agua y 1.300 proyectos de saneamiento en 17 países.
El impacto alcanzó tal dimensión que Ryan se convirtió en la persona más joven de la historia en recibir la Orden de Ontario, una de las mayores distinciones civiles de la provincia canadiense.
Hoy Ryan dirige su propia fundación que nació de una clase de primer grado
El niño que creía que era posible resolver la crisis mundial del agua con solo 70 dólares creció, estudió Desarrollo Internacional y Ciencia Política y regresó para liderar la organización que ayudó a crear.
Según la Ryan’s Well Foundation, Ryan ocupa actualmente el cargo de director ejecutivo, participando en proyectos, viajes de campo y programas educativos orientados a la concienciación sobre agua, saneamiento e higiene.
Su historia sigue siendo presentada en escuelas, universidades y eventos internacionales como ejemplo de que iniciativas aparentemente pequeñas pueden generar cambios concretos a gran escala.
La historia de Ryan muestra que algunas de las mayores transformaciones comienzan con preguntas simples
Ryan no era ingeniero, no tenía recursos financieros y tampoco comprendía la dimensión global de la crisis hídrica.
Él era solo un niño que descubrió que otros niños pasaban sed.
Años después, esa inquietud infantil se transformó en miles de proyectos, millones de personas beneficiadas y una organización reconocida internacionalmente. Tal vez la mayor lección sea precisamente esa: algunos cambios comienzan cuando alguien decide no aceptar un problema como algo normal.

