El Gobierno brasileño admite que la falta de recursos amenaza la continuidad de los servicios públicos esenciales y proyecta un escenario crítico para los próximos años, levantando serias preocupaciones sobre el futuro de las finanzas y el funcionamiento del país.
Según publicó la revista Veja, en junio de 2017, sin dinero en caja, la Policía Federal suspendió la emisión de pasaportes en todo el país.
Quien planeaba solicitar el documento tuvo que esperar más de un mes hasta que el gobierno y el Congreso liberaran un fondo de emergencia para la normalización del servicio.
Fue la primera señal evidente de que algo estaba mal.
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En los años siguientes, se multiplicaron las noticias sobre pequeñas paralizaciones en otros servicios federales.
Las becas de investigación, como las del Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico (CNPq), terminaron siendo reducidas.
Las universidades se quedaron sin recursos para su mantenimiento.
Las franjas subsidiadas del programa Minha Casa, Minha Vida llegaron a desaparecer.
Y hasta el Censo, realizado cada diez años por el IBGE, sufrió un aplazamiento de 2021 a 2022 por falta de recursos.
Estos episodios graves representan solo una muestra de lo que está a punto de suceder, en una escala mucho mayor, si nada cambia en la forma en que el país administra sus gastos públicos.
“Vivimos un achatamiento veloz del Presupuesto por gastos obligatorios, lo que nos llevará pronto a una situación inviable”, afirma Paulo Bijos, consultor de Fiscalización Financiera de la Cámara de Diputados y secretario de Presupuesto Federal del gobierno Lula hasta el año pasado.
“La dimensión del problema exige un ajuste estructural, que inevitablemente deberá hacerse”.
La novedad ahora es que incluso el gobierno reconoce la gravedad del problema, como quedó claro la semana pasada, durante la divulgación del Proyecto de Ley de Directrices Presupuestarias de 2026.
En resumen, ocurrió allí la confesión de que el país se dirige firmemente hacia el abismo de las cuentas públicas.
Fue prácticamente el anuncio del riesgo de que ocurra lo que los economistas llaman shutdown, o apagón de los servicios.
Entre los especialistas en finanzas, ya se sabía que este escenario era cuestión de tiempo.
“Tenemos muchos desafíos por delante”, dijo Fernando Haddad, el ministro de Hacienda, sobre la falta de recursos.
“Necesitamos abrir una discusión con la sociedad y con el propio Poder Judicial sobre cómo tratar este tema”.
Proyecciones presupuestarias para el futuro
La proyección contenida en el proyecto presupuestario señala que los valores destinados a gastos discrecionales —hoy equivalentes al 1,8% del producto interno bruto— deberían disminuir hasta casi desaparecer, llegando a solo el 0,05% en 2029.
El escenario es tan insostenible que llevó al propio equipo responsable del Presupuesto a recurrir a un artificio inusual: presentar un presupuesto negativo, algo que, en la práctica, es imposible de ejecutar.
Ya en 2027, según las estimaciones oficiales, los recursos destinados a los gastos discrecionales, calculados en 122 mil millones de reales para el año, quedarían negativos en 12 mil millones después del pago de las últimas obligaciones legales, como las enmiendas parlamentarias y los porcentajes mínimos exigidos por la Constitución para salud y educación.
Ya en el próximo año, Lula enfrentará dificultades para sostener, hasta el final del mandato, algunas de sus principales promesas —como el ajuste del salario mínimo por encima de la inflación y la ampliación del programa Farmácia Popular— sin que estas iniciativas comiencen a generar desequilibrios en otras áreas del Presupuesto.
Mientras tanto, los ministros Haddad y Simone Tebet, del Planeamiento, tendrán que seguir buscando soluciones paliativas para contener los impulsos expansionistas del presidente.
Más adelante, el escenario apunta a un problema mayor: una bomba fiscal programada para explotar en el regazo del próximo gobierno, sea de continuidad lulista o no.
Necesidad urgente de una revisión fiscal
En el horizonte a largo plazo, permanece encendido el alerta de que el país no podrá postergar por mucho más tiempo la necesidad de una revisión profunda en su dinámica presupuestaria y, en última instancia, en las elecciones que la sustentan.
“No hay en el mundo un Presupuesto tan rígido como el brasileño —y no importa quién sea el próximo presidente, tendrá un encuentro irrevocable con una profunda reforma fiscal”, afirma Marcus Pestana, director ejecutivo de la Institución Fiscal Independiente del Senado.
Una serie de servicios que forman parte de la larga lista de gastos públicos, como los citados al comienzo de este reportaje, se financia con las llamadas partidas discrecionales del Presupuesto federal.
Se trata de la única parte sobre la cual el Ejecutivo tiene algún margen de maniobra.
En la práctica, es lo que queda después de pagar los grandes gastos obligatorios, como los beneficios de la Previdencia, los salarios de los servidores, el Bolsa Família, el abono salarial, el seguro-desempleo y el Beneficio de Prestación Continuada.
El problema es que este paquete trilionario de gastos obligatorios no deja de crecer, comprimiendo cada vez más el espacio de los fondos libres.
Según la proyección del propio gobierno, si nada se hace a tiempo, ese espacio desaparecerá por completo en 2027, primer año del mandato del sucesor de Lula.
“La ley presupuestaria ha funcionado cada vez menos como una herramienta de planificación y cada vez más como una alerta sobre la necesidad de reformas fiscales profundas”, dice Jeferson Bittencourt, jefe de macroeconomía del ASA y exsecretario del Tesoro Nacional.
Los villanos de las cuentas públicas
El apagón inminente de las cuentas públicas tiene algunos villanos estruendosos bajo los focos.
Uno de ellos son las enmiendas parlamentarias —un mecanismo que, en los últimos años, ha cobrado vida propia, drenando hacia proyectos poco rastreables de diputados y senadores una porción cada vez mayor de los ya escasos recursos públicos.
Otro punto de presión son los precatorios, deudas de la Unión derivadas de acciones judiciales definitivas.
Gracias a un acuerdo con el Supremo Tribunal Federal, parte de estos gastos quedó temporalmente fuera del alcance del techo de gastos hasta 2026, pero la cuenta sigue acumulando.
Para 2027, el gobierno estima una factura de 57 mil millones de reales en enmiendas y otros 124 mil millones en precatorios.
El resultado de esta combinación es la corrosión de los fondos discrecionales —hoy presupuestados en 200 mil millones de reales.
Aún en un escenario hipotético sin enmiendas parlamentarias y sin precatorios, el corto margen del Presupuesto continuaría desafiando inevitablemente a cualquier gobierno.
Caminos para la solución
Para enfrentar el problema, los especialistas señalan una lista de gastos estructurales que simplemente no caben en el Presupuesto sin que el gobierno recurra a dos alternativas igualmente indigestas: aumentar aún más la carga tributaria, lo que la sociedad brasileña demuestra no aceptar, o seguir aumentando la deuda pública, lo que los inversores, que financian esta cuenta, también rechazan.
Por lo tanto, queda la opción de revisar los gastos.
Entre las medidas más discutidas está la desvinculación de beneficios previsionales y sociales, como las jubilaciones y el Beneficio de Prestación Continuada, del salario mínimo —que, bajo el presidente Lula, volvió a ser ajustado por encima de la inflación.
Otro punto sensible son los presupuestos de salud y educación, cuyas reglas fueron fijadas en la Constitución de 1988 y establecen pisos obligatorios que crecen a un ritmo superior al de los recursos disponibles.
“Es necesario revisar esos gastos y avanzar con una reforma presupuestaria para retomar el control sobre las finanzas públicas”, afirma Felipe Salto, economista jefe de Warren Investimentos y especialista en política fiscal.
“Hoy, el Presupuesto opera en piloto automático, sin ninguna planificación efectiva”.
El apagón presupuestario, que parecía una amenaza lejana, ahora tiene fecha de llegada.
Si no se hace nada, el país asistirá, impotente, a la paralización de servicios esenciales, mientras la bomba fiscal, armada desde hace años, explotará en manos del próximo presidente.


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