Enviado a Filipinas en los últimos meses de la Segunda Guerra, un teniente japonés permaneció casi tres décadas escondido en la selva, convencido de que el conflicto continuaba. El caso atraviesa memoria histórica, violencia, controversia política y disputas narrativas que siguen actuales.
En diciembre de 1944, el entonces teniente Hiroo Onoda, del Ejército Imperial japonés, desembarcó en la pequeña isla de Lubang, en Filipinas, con la misión de conducir acciones de guerrilla e impedir el avance de las fuerzas aliadas.
Meses después, con la ocupación de la isla por tropas enemigas, se refugió en la selva con otros militares.
Onoda solo depuso las armas en marzo de 1974, casi 29 años después de la rendición oficial de Japón, cuando recibió personalmente la orden de su comandante para finalizar la misión.
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El episodio atravesó décadas y permanece objeto de interpretaciones distintas.
Al regresar a Japón, en 1974, Onoda fue recibido por parte de la población como símbolo de disciplina y lealtad militar.
En Lubang, sin embargo, su permanencia prolongada está asociada al miedo vivido por los habitantes locales durante los años en que el grupo realizó ataques, bajo la convicción de que la guerra aún estaba en marcha.
Orden militar e aislamiento en Lubang
Onoda llegó a Lubang el 26 de diciembre de 1944, designado para liderar operaciones de sabotaje y recolección de información.
Entre las órdenes recibidas, estaban la destrucción de estructuras estratégicas, como la pista de aterrizaje y las instalaciones portuarias.
En sus memorias, relata que fue instruido a no rendirse y no quitarse la vida, debiendo resistir hasta el regreso del ejército japonés.
Con la pérdida del control de la isla por las fuerzas japonesas, Onoda y otros tres soldados comenzaron a desplazarse por la selva.
La guerra terminó oficialmente en agosto de 1945, pero el grupo rechazó los folletos lanzados para informar la rendición de Japón, considerándolos un intento de engaño del enemigo.

A lo largo de los años, la desconfianza se amplió.
Cartas y fotografías enviadas por familiares también fueron interpretadas como falsificaciones, y señales externas, como noticias internacionales, fueron vistas como parte de una estrategia de guerra psicológica.
La rutina incluía vigilancia constante y la obtención de alimentos en cultivos locales para garantizar la supervivencia.
En las memorias publicadas décadas después, Onoda describió que, con el tiempo, él y sus compañeros comenzaron a interpretar los acontecimientos solo a partir de las convicciones que ya poseían, lo que dificultaba aceptar información divergente.
El grupo fue desmantelándose poco a poco.
Uno de los soldados se entregó en 1950.
Otro murió en confrontación en 1954.
En octubre de 1972, Kinshichi Kozuka, último compañero de Onoda, fue muerto a tiros por la policía local.
Tras ese episodio, el teniente permaneció solo en la isla durante aproximadamente un año y medio.
Rendición tardía y repercusión internacional
La situación cambió con la llegada del japonés Norio Suzuki, que fue a Lubang con el objetivo declarado de encontrar a Onoda.
Tras conversar, se acordó que solo se rendiría si recibía órdenes directas de un superior.
El mayor Yoshimi Taniguchi, su antiguo comandante, fue entonces llevado a la isla y, en marzo de 1974, comunicó formalmente el fin de la misión.
En esa ocasión, Onoda entregó sus armas y equipos a las autoridades filipinas.
El episodio tuvo repercusión internacional y se cerró con una decisión política que también generó debates.
El entonces presidente de Filipinas, Ferdinand Marcos, concedió perdón a Onoda por los actos cometidos durante el período en que estuvo escondido, considerando que él creía estar cumpliendo órdenes de guerra.
Violencia atribuida al grupo y memoria local
En Japón, Onoda pasó a ser frecuentemente descrito como el «último soldado» de la Segunda Guerra Mundial en rendirse.
Sin embargo, esta narrativa convive con relatos de habitantes de Lubang y registros periodísticos que atribuyen al grupo ataques a civiles a lo largo de las décadas en que permaneció activo.
Hay referencias recurrentes a hasta 30 muertes de habitantes de la isla durante ese período, número citado en diferentes reportajes y documentales.
Estos relatos ayudan a explicar por qué la historia de Onoda es frecuentemente retomada en discusiones sobre memoria de guerra y responsabilidad histórica.
Para investigadores y cineastas que abordan el tema, la permanencia del soldado en la isla no puede ser analizada solo desde la óptica de la resistencia militar, sino también desde el impacto causado a la población local.
Película, libros y disputas narrativas
La trayectoria de Onoda volvió al centro del debate cultural reciente con la película «Onoda: 10 Mil Noches en la Selva», dirigida por el francés Arthur Harari, exhibida en el Festival de Cannes en 2021.
La producción recibió premios importantes en Francia, incluyendo el César al mejor guion original, y empezó a circular internacionalmente en los años siguientes.
En Brasil, el largometraje llegó a los cines en agosto de 2022.
Además de la película, la historia inspiró otras obras.
El cineasta alemán Werner Herzog publicó la novela «El crepúsculo del mundo», basada en conversaciones e investigaciones sobre el caso.
También hay proyectos documentales en desarrollo que buscan examinar el episodio desde diferentes perspectivas, incluyendo la de los habitantes filipinos afectados por los enfrentamientos.
Críticas al punto de vista y ausencia filipina
Parte de la repercusión en torno a la película de Harari involucra la elección de acompañar la experiencia de Onoda desde su propio punto de vista.
En entrevistas, el director afirmó que buscó comprender cómo un soldado pudo permanecer tanto tiempo aislado, convencido de que aún estaba en guerra.
Críticos, por otro lado, argumentan que este enfoque puede reducir el espacio dedicado a las experiencias de la población local.
Analyses publicadas en revistas especializadas apuntan que, en contextos de debate sobre nacionalismo y memoria histórica, la forma de representar personajes ligados al expansionismo japonés exige cautela.
Según estos críticos, la ausencia o la reducción del punto de vista filipino puede generar una lectura incompleta de los acontecimientos.
Casos similares tras la Segunda Guerra
Onoda no fue el único militar japonés en permanecer escondido durante décadas después del fin de la Segunda Guerra.
Hay registros de otros soldados que se rindieron solo en los años 1950, 1960 o 1970, en islas del Pacífico.
En muchos de estos casos, sin embargo, los remanentes establecieron algún tipo de convivencia con la población local o evitaron enfrentamientos prolongados.
Investigadores que estudian el tema apuntan que el caso de Lubang se diferencia por la duración del aislamiento y la persistencia de acciones armadas.
Para estos estudiosos, la combinación de adoctrinamiento militar, órdenes específicas y características personales ayuda a explicar por qué Onoda mantuvo la misión durante tanto tiempo.
Décadas después de su retorno a Japón, la historia del teniente continúa siendo revisitada por libros, películas y reportajes.



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