Brasil reúne hoy decenas de proyectos de hidrógeno verde y apunta a un objetivo ambicioso: convertirse en un gran exportador mundial de este combustible limpio, producido a partir de energía renovable y agua, sin emitir carbono. Uno de los proyectos prevé una capacidad de hasta 2,4 gigavatios de electrólisis para generar más de mil toneladas de hidrógeno por día, destinadas, en gran parte, al mercado externo.
La apuesta no es generar energía para consumo interno, sino crear una nueva fuente de divisas. Así como el país exporta soja, mineral y petróleo, la idea es embarcar hidrógeno y sus derivados hacia Europa y Asia, que buscan combustibles limpios para descarbonizar la industria y el transporte y están dispuestos a pagar por ello.
Qué es el hidrógeno verde
El hidrógeno es el elemento más simple y abundante del universo, y se quema sin liberar carbono, liberando solo agua. El problema es que no existe puro en la naturaleza: necesita ser separado, y la forma tradicional usa gas natural, lo que emite contaminantes. El hidrógeno se llama verde cuando esta separación se realiza con energía renovable, en un proceso llamado electrólisis, que descompone el agua usando electricidad limpia.
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Es ahí donde Brasil lleva ventaja. El país tiene energía renovable barata y abundante, de hidroeléctricas, parques solares y eólicos, el insumo más caro en la producción de hidrógeno verde. Con sol y viento de sobra, especialmente en el Nordeste, Brasil puede producir el combustible a un costo competitivo con cualquier competidor del mundo.

La carrera de los puertos
La disputa para albergar esta nueva industria ya ha comenzado. Complejos portuarios como Pecém, en Ceará, Açu, en Río de Janeiro, y Suape, en Pernambuco, compiten para convertirse en hubs de hidrógeno verde, con áreas industriales, energía renovable cerca y estructura para exportar. Quien se adelante puede atraer miles de millones en inversiones y miles de empleos.
El movimiento atrae a gigantes internacionales. Empresas de energía de Europa y Asia han firmado acuerdos para instalar plantas en Brasil, con la mirada puesta en producir aquí el hidrógeno que consumirán en el extranjero. Para el país, es la oportunidad de entrar temprano en una industria que podría mover cientos de miles de millones de dólares en las próximas décadas.
El papel de la amoníaco verde
Hay un detalle técnico que cambia el juego de la exportación: transportar hidrógeno puro es difícil y caro, porque es ligero y necesita temperaturas bajísimas o altísima presión. La solución es convertirlo en amoníaco verde, un compuesto más fácil de transportar por barco, que puede usarse directamente como combustible o fertilizante, o reconvertirse en hidrógeno en el destino.

El transporte es la mitad del problema.
No por casualidad, varios proyectos brasileños prevén producir millones de toneladas de amoníaco verde al año para exportación. Este derivado resuelve el cuello de botella logístico y además atiende a un mercado ya existente, el de fertilizantes, del cual Brasil es un gran importador. Producir amoníaco verde en casa podría, de paso, reducir la dependencia externa del agronegocio.
Los desafíos por delante
A pesar del potencial, el hidrógeno verde aún enfrenta un gran obstáculo: el costo. Producirlo sigue siendo más caro que el hidrógeno hecho de gas natural, y la viabilidad depende de que la tecnología se abarate, de que la escala crezca y de que los países compradores mantengan el compromiso de pagar más por energía limpia. Es una apuesta a largo plazo, no un negocio que se paga de la noche a la mañana.
Brasil también necesita reglas claras e infraestructura, desde los puertos hasta las líneas de transmisión, para desbloquear los proyectos. La competencia es global, con países del Medio Oriente, Australia y África compitiendo por el mismo mercado, y salir adelante requiere decisión rápida e inversión firme.

Si supera estos desafíos, el país puede añadir un nuevo capítulo a su vocación exportadora, esta vez vendiendo energía limpia en lugar de combustible fósil. Según estudios del sector, el hidrógeno verde es una de las mayores oportunidades de la transición energética para Brasil, capaz de unir la abundancia de sol y viento a la demanda mundial de combustibles sin carbono.
