La investigación premiada muestra que los pinzones cebra, conocidos en Brasil como mandarines, no emiten sonidos aleatorios. Las aves usan llamados diferentes para indicar identidad, contacto, hambre, peligro, cortejo y conflicto. El hallazgo acerca a la ciencia a una pregunta antigua, ¿hasta dónde los humanos pueden entender la comunicación de otras especies sin transformar el comportamiento animal en fantasía?
La investigadora Julie Elie, de la Universidad de California en Berkeley, recibió el premio Coller-Dolittle de 2026 tras identificar 11 vocalizaciones centrales de los pinzones cebra y mostrar que esos sonidos llevan información reconocida por las propias aves.
El valor del premio fue de US$ 100 mil, cerca de R$ 500 mil en la conversión usada por el reportaje. El reconocimiento vino por un trabajo de más de una década, que combinó observación, grabaciones, pruebas con aves y aprendizaje automático.
Según The Guardian, Elie mostró que los pájaros no solo emiten llamados diferentes, sino que también pueden reconocer quién está vocalizando y lo que esa vocalización significa en cada contexto.
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El descubrimiento no permite decir que los humanos ya pueden “conversar” con animales, pero coloca la investigación en comunicación entre especies en otro nivel.
El pájaro estudiado es pequeño, vive en grupo y produce datos en cantidad
El pinzón cebra, llamado popularmente mandarín en Brasil, es un ave pequeña, común en estudios de vocalización. La elección no fue casual. Estos pájaros son sociales, ruidosos y usan sonidos en varias situaciones del día a día.

La Universidad de California en Berkeley informa que los mandarines viven en grupos vocales y forman parejas duraderas. Los machos jóvenes también aprenden cantos de apareamiento de forma comparada, en algunos estudios, al aprendizaje vocal humano, lo que ha convertido a la especie en un modelo usado durante décadas en investigaciones sobre cerebro, sonido y comportamiento.
Este detalle cambia el peso del descubrimiento. La investigación no se limitó al canto bonito del macho, común en los estudios con aves. Elie se concentró en los llamados cortos, repetidos y menos llamativos, aquellos usados para contacto, alerta, acercamiento, disputa y otras interacciones sociales.
Más de 8 mil sonidos ayudaron a montar un mapa de las vocalizaciones
El estudio publicado en la revista Science el 18 de septiembre de 2025 describe que los pinzones cebra usan cerca de 11 tipos de llamados relacionados con hambre, peligro, conflicto social, contacto y vínculo entre individuos. El artículo aparece indexado en PubMed con el DOI 10.1126/science.ads8482.
Para llegar a este resultado, los investigadores reunieron miles de vocalizaciones de docenas de aves. No bastaba con grabar el sonido. Era necesario registrar lo que el animal hacía antes, durante y después del llamado.
A partir de ahí, cada vocalización fue comparada con el contexto. Un sonido podía aparecer cuando el ave buscaba contacto. Otro surgía en situación de alarma. Otro estaba relacionado con hambre, cortejo, agresividad o vínculo con la pareja.
El aprendizaje automático entró para ayudar a manejar la cantidad de datos. Los algoritmos permitieron buscar patrones acústicos y separar diferencias que el oído humano difícilmente clasificaría con precisión.
La prueba más fuerte vino cuando las aves respondieron a sus propios llamados
La parte más relevante de la investigación no fue solo montar una lista de sonidos. El punto central fue probar si los propios mandarines reconocían estas categorías.
En los experimentos, las aves escuchaban diferentes vocalizaciones y podían interrumpir sonidos que no llevaban a la recompensa. Cuando acertaban el llamado asociado al premio, recibían semillas. Con el tiempo, aprendieron a separar los tipos de sonidos.
El resultado llamó la atención porque los errores no siguieron solo la semejanza acústica. En muchos casos, los pájaros confundían llamados con sentidos cercanos, incluso cuando los sonidos eran diferentes.
Este patrón sugiere algo más complejo que un reflejo. Las aves parecían organizar los llamados por significado, no solo por ruido. Para la ciencia, esta diferencia es grande. Que un animal reaccione a un sonido es una cosa. Mostrar señales de que separa sonidos por función social es otra.
El premio apunta a la comunicación entre especies, pero aún hay un límite claro
El Premio Coller-Dolittle fue creado por la Fundación Jeremy Coller en asociación con la Universidad de Tel Aviv para reconocer avances en la comunicación entre humanos y otros organismos. La página oficial informa que el premio anual es de US$ 100 mil y que el mayor desafío prevé US$ 10 millones en inversión o US$ 500 mil en efectivo para una solución más amplia de comunicación entre especies.
Este detalle es importante porque la investigación de Julie Elie no entrega un traductor universal de animales. El trabajo muestra un método riguroso para asociar vocalizaciones, contexto y respuestas comportamentales en una especie específica.
Tampoco significa que los pájaros hablan como humanos. Lo que la investigación indica es que algunas vocalizaciones llevan categorías reconocibles por las aves. La diferencia es sutil, pero decisiva para evitar exageraciones.
Scientific American destacó que Elie logró validar parte de la interpretación “preguntando” a los propios pájaros, a través de pruebas de discriminación y recompensa. Esta etapa es lo que separa el descubrimiento de una simple suposición hecha a partir de grabaciones.
La inteligencia artificial aceleró el proceso, pero no sustituyó años de observación
La IA aparece en la investigación como herramienta de análisis, no como atajo mágico. El trabajo exigió años de escucha, catalogación y comparación con el comportamiento real de las aves.
Sin los registros de campo y de laboratorio, el algoritmo tendría solo sonidos sueltos. La fuerza del estudio está justamente en la combinación entre biología comportamental, neurociencia, estadística y pruebas controladas.
Este camino también explica por qué hablar de “traducir animales” aún exige cuidado. Para avanzar, los científicos necesitan probar que el sonido tiene función, que otros animales reconocen esa función y que la respuesta no es solo automática.
Aun así, el estudio con los mandarines muestra una dirección concreta. En lugar de intentar adivinar emociones humanas en los animales, los investigadores analizaron patrones, probaron hipótesis y dejaron que las propias aves indicaran si la clasificación tenía sentido.
Lo que este descubrimiento puede cambiar en las próximas investigaciones
El avance puede influir en estudios con otras especies vocales, como cuervos, loros, delfines, murciélagos, primates y roedores. Cada grupo tiene sonidos, contextos y límites propios, pero la lógica experimental puede ser reutilizada.
La investigación también ayuda a discutir el bienestar animal. Si los científicos pueden identificar señales de miedo, hambre, contacto, estrés o vínculo social con más precisión, criadores, laboratorios, zoológicos y centros de conservación pueden tener mejores herramientas para interpretar el comportamiento.
El camino aún es largo. La comunicación bidireccional requeriría que los humanos emitieran señales comprensibles para los animales y recibieran respuestas consistentes en contextos variados. Hoy, el estudio de los mandarines muestra una pieza de este rompecabezas, no el cuadro completo.
Si un pájaro de pocos gramos puede organizar sonidos por significado, ¿cuántos mensajes de otras especies aún pasan desapercibidos todos los días? Deja tu comentario y di si crees que la ciencia logrará crear un traductor real para animales en los próximos años.
