Mapeo a Láser y Dataciones Entre 600 y 1400 d.C. Confirman Asentamientos Complejos en la Llanura Beniana y Desmontan el Mito de la Selva Intocable
Un descubrimiento arqueológico de gran impacto histórico fue confirmado en la llanura beniana, en Bolivia, alterando de forma decisiva la narrativa sobre la ocupación de la Cuenca Amazónica. Investigaciones conducidas por equipos bolivianos y alemanes, intensificadas en 2021, revelaron un paisaje cultural sofisticado donde, durante décadas, se creyó que solo había naturaleza preservada y baja presencia humana.
Hasta entonces, muchos científicos sostenían que el suelo pobre y las inundaciones frecuentes limitaban el poblamiento en la región. Sin embargo, evidencias científicas demuestran que asentamientos estructurados existieron allí entre aproximadamente 600 y 1400 d.C., indicando ocupación continua y organización territorial compleja.
Investigación Técnica Redefine la Historia Amazónica
La confirmación de esta ocupación fue posible gracias al uso de la tecnología LiDAR (Detección y Rango por Luz). El sistema, operado a partir de aeronaves, emite pulsos de láser capaces de atravesar la vegetación densa y registrar con precisión la topografía del terreno. Así, mapas tridimensionales detallados fueron producidos, revelando estructuras antes invisibles a simple vista.
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Bajo la dirección de la arqueóloga Carla Jaimes Betancourt, de la Universidad de Bonn, la expedición concentró análisis en áreas cercanas a los lagos Rogaguado y Ginebra, en el Río Yata. La región es reconocida internacionalmente por la Unesco, bajo la Convención de Ramsar, debido a su relevancia ambiental.
Los levantamientos identificaron estructuras defensivas, plataformas piramidales, centros ritualísticos, campos elevados y sistemas de irrigación complejos. Además, dataciones por radiocarbono confirmaron ocupaciones sucesivas a lo largo de siglos, reforzando la existencia de una sociedad organizada.
Evidencias Históricas Ganan Comprobación Científica
Durante gran parte del siglo XX, la llanura beniana, con cerca de 100 mil kilómetros cuadrados, fue considerada inadecuada para el desarrollo de grandes sociedades. Aún así, a principios de ese siglo, el etnólogo sueco Erland Nordenskiöld identificó vestigios de ocupación humana en la región. Posteriormente, el geógrafo americano William Denevan amplió esta hipótesis con nuevos análisis.

Ahora, con el soporte de la tecnología moderna, la presencia de una sociedad estructurada fue comprobada de forma sistemática. Bajo campos y áreas anegadas, fueron encontrados canales artificiales, abundante cerámica y estructuras agrícolas elevadas, evidenciando planificación territorial y adaptación ambiental.
Análisis botánicos revelaron cultivo de maíz, leguminosas y diferentes tipos de palmas, complementado por caza y pesca. Esta diversidad alimentaria refuerza la idea de un sistema productivo consolidado.
Adaptación a las Inundaciones Sazonales y Herencia Biocultural
Según Betancourt, en un artículo publicado en la revista científica Frontiers in Environmental Archaeology, los antiguos habitantes no buscaron dominar el ambiente. Por el contrario, trabajaron en sintonía con la dinámica de las inundaciones estacionales. La conducción estratégica del agua fue utilizada como instrumento de producción y supervivencia, demostrando un conocimiento ecológico profundo.
Esta interacción equilibrada entre sociedad y naturaleza es descrita como un continuo biocultural duradero, basado en la diversidad ambiental y cultural.
Actualmente, pueblos cayubaba y movima permanecen en la región. Ellos cultivan arroz, yuca, plátano y caña de azúcar, además de criar ganado, manteniendo viva una herencia construida a lo largo de siglos. Sin embargo, la investigadora alerta que el deforestación, la agricultura industrial y el cambio climático amenazan la integridad de la Amazonía.
Según la organización Survival International, alrededor de 180 pueblos aislados viven solo en el lado brasileño de la Cuenca Amazónica. Así, los descubrimientos en la llanura beniana refuerzan que preservar la selva también significa proteger a sus guardianes históricos y la memoria cultural que sostiene su resiliencia.

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