El argentino Martín López comenzó con un puesto de feria, donde cada socio aportó US$ 4.000. Hoy, el fruticultor de Villa Regina, en la Patagonia, tiene cerca de 550 hectáreas y procesa 18 millones de kilos de peras y manzanas por año, en un negocio agropecuario orientado a la exportación directa a Brasil.
Una historia de emprendimiento en el agronegocio de la fruta comenzó pequeña y creció mucho. Según un reportaje de septiembre de 2025 del Diario Río Negro, el argentino Martín López montó, en el año 2000, un simple puesto de frutas en Mar del Plata, en sociedad con dos cuñados, en el cual cada socio aportó apenas US$ 4.000. Veinticinco años después, se convirtió en uno de los fruticultores destacados de Villa Regina, en la Patagonia.
Las cifras de hoy impresionan. Su empresa, Frutas Escorpio, procesa cerca de 18 millones de kilos de peras y manzanas por año, reuniendo la cosecha de aproximadamente 550 hectáreas propias y la fruta que aún compra de otros productores. Y el destino internacional directo de toda esa producción es uno solo: Brasil.
El puesto de feria y los US$ 4.000

Todo comenzó en el comercio minorista, lejos de la tierra. En 2000, Martín López se unió a sus cuñados Sandro y Andrés Pancani para abrir un punto de venta de frutas en Mar del Plata, en la costa argentina.
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La inversión inicial fue modesta: cada uno de los socios aportó US$ 4.000, y la fruta vendida en el puesto era comprada en el Alto Valle del Río Negro.
Era un negocio de intermediación, no de producción. En esa fase, el trío compraba peras y manzanas de quienes las cultivaban y las revendía al consumidor, aprendiendo en la práctica cómo funcionaba la cadena de la fruta.
Fue en ese mostrador que el futuro fruticultor entendió el mercado antes incluso de tener un árbol.
Este inicio humilde es parte esencial de la historia. Salir de un puesto de feria manejado con US$ 4.000 por socio y llegar a una operación de millones de kilos muestra cómo el conocimiento del mercado, sumado a la reinversión constante, puede transformar un pequeño comercio en un agronegocio de peso en la Patagonia.
La crisis que se convirtió en un cambio de rumbo
El salto hacia la producción nació de un problema del sector. Según el Diario Río Negro, fue la crisis de recambio generacional en la fruticultura, con muchos productores antiguos sin herederos dispuestos a continuar, lo que empujó a López a dar un paso más allá de solo comprar y revender.
La solución fue adquirir chacras y convertirse en productor.
A partir de 2006, comenzó a comprar tierra. En lugar de depender solo de la fruta de terceros, el fruticultor pasó a plantar y cosechar por cuenta propia, garantizando volumen y calidad para abastecer el negocio.
Donde otros veían un sector en dificultad, él vio la oportunidad de crecer comprando lo que estaba siendo dejado atrás.
Esta lectura es el corazón del caso. Transformar una crisis del agronegocio en oportunidad exigió coraje para invertir en un momento incierto, y fue justamente este movimiento el que consolidó la operación en la Patagonia.
El cambio de rumbo no fue suerte, sino una apuesta estratégica en ir del puesto a la chacra.
550 hectáreas en la Patagonia

La base de todo es la tierra del Alto Valle. Hoy, la operación de López reúne cerca de 550 hectáreas, en su mayoría propias, repartidas por las áreas de Villa Regina, Chichinales y General Godoy, en el corazón de la fruticultura de la Patagonia argentina.
Es una de las regiones más productivas del mundo para peras y manzanas.
El clima explica la vocación. El Alto Valle del Río Negro combina sol intenso, agua del deshielo de los Andes y amplitud térmica, condiciones ideales para la fruta de calidad.
No por casualidad, la Patagonia se ha convertido en sinónimo de pera argentina, y es de esta tierra que sale buena parte de lo que abastece el agronegocio local.
Acumular 550 hectáreas no fue de una vez. El área fue montada poco a poco, con compras realizadas desde 2006, a medida que el negocio generaba caja para reinvertir.
Cada nuevo pedazo de chacra amplió la capacidad del fruticultor de controlar su propia producción, reduciendo la dependencia de proveedores.
18 millones de kilos de peras y manzanas por año

El volumen procesado da la dimensión del negocio. Frutas Escorpio mueve cerca de 18 millones de kilos de fruta por año, el equivalente a 18 mil toneladas.
De ese total, son aproximadamente 11 millones de kilos de peras y 6 millones de kilos de manzanas, además de una porción menor de frutas de hueso.
No todo sale de sus huertos. El número junta la cosecha de los 550 hectáreas propias con la fruta que López sigue comprando de otros productores, en el mismo espíritu de cuando comenzó en la banca de feria.
Así, la empresa procesa mucho más de lo que planta, funcionando como enlace entre el campo y el mercado.
Procesar peras y manzanas a esta escala exige estructura. Hay clasificación, embalaje y logística para manejar millones de kilos por cosecha, un engranaje que transformó al antiguo feriante en un operador completo del agronegocio.
El fruticultor se convirtió, en la práctica, en dueño de toda la cadena, del huerto a la caja lista para embarque.
Exportación directa para Brasil
Aquí entra el capítulo que interesa de cerca al consumidor brasileño. Según el Diario Río Negro, Brasil es el único destino internacional directo de la producción de López.
En otras palabras, buena parte de la pera y la manzana argentinas que él procesa cruza la frontera y termina en las ferias y supermercados de Brasil.
La elección tiene sentido económico. Brasil es históricamente el principal comprador de las peras del Alto Valle, y tener la exportación concentrada en un mercado grande y vecino da previsibilidad al negocio.
Para un fruticultor de la Patagonia, vender al brasileño es casi una extensión natural del mercado interno.
Este vínculo muestra cómo el agronegocio une a los dos países. La fruta que llena la frutera de mucha gente en Brasil puede haber salido exactamente de esos 550 hectáreas patagónicos.
La exportación directa, sin intermediarios internacionales, es lo que mantiene el engranaje girando y acerca el huerto argentino a la mesa brasileña.
La receta detrás del crecimiento
López acredita el éxito a quienes vinieron antes que él. En testimonio al Diario Río Negro, el fruticultor dijo que fueron los propios productores quienes lo formaron, recordando con emoción a quienes lo ayudaron en el camino y ya no están más cerca.
Es un discurso que revela respeto por la cadena que lo sostuvo desde el puesto del mercado.
La convicción sobre las elecciones es total. Cuestionado sobre la trayectoria, afirmó que, si volviera 25 años en el tiempo, haría exactamente lo mismo.
La frase resume la confianza de quien apostó en el agronegocio de la fruta en un país de economía inestable y, aun así, construyó una operación de 18 millones de kilos por año.
Para Brasil, queda la lección de cadena. Historias como la de López muestran cómo reinvertir, integrar producción y venta y apuntar a un mercado claro, en este caso la exportación al vecino, pueden transformar un pequeño comercio en referencia.
Es el tipo de camino que productores brasileños de peras y manzanas también pueden observar de cerca.
¿Y tú, conoces el origen de la fruta que comes?
La trayectoria de Martín López prueba que se puede salir de un puesto de mercado, montado con US$ 4.000 por socio, y llegar a un agronegocio que procesa 18 millones de kilos de peras y manzanas por año.
Todo esto en la Patagonia, con cerca de 550 hectáreas y exportación directa a Brasil, según un reportaje de septiembre de 2025.
¿Y tú, sueles fijarte de dónde viene la pera o la manzana que pones en el frutero? Cuéntanos aquí en los comentarios si imaginabas que buena parte de esta fruta viene de fruticultores de la Patagonia como López y si historias de agronegocio así te inspiran a valorar el origen de lo que consumes.
