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El Proyecto Castor intentó almacenar gas bajo el Mediterráneo, generó más de 1.000 terremotos, nunca operó y se convirtió en una cuenta pública que ya supera los 1.600 millones de euros.

Escrito por Carla Teles
20/04/2026 a las 18:42
Actualizado 20/04/2026 a las 18:43
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El Proyecto Castor intentó almacenar gas en el Mediterráneo, disparó terremotos y dejó una cuenta pública que ya pasa de 1.600 millones de euros.

Un proyecto para guardar gas bajo el Mediterráneo terminó asociado a más de 1.000 terremotos y se convirtió en una cuenta pública que ya pasa de 1.600 millones de euros en España. El llamado Proyecto Castor, instalado frente a las costas de Castellón y Tarragona, fue pensado para reducir la dependencia del gas natural, pero terminó paralizado después de que una inyección de gas en 2013 se relacionara con una ola de temblores.

Lo que parecía una solución estratégica se convirtió en un culebrón de indemnizaciones, decisiones judiciales y costos que siguen aumentando. Detrás del impacto de los terremotos, hay una pregunta que aún incomoda: ¿cómo una infraestructura que nunca funcionó sigue pesando en el bolsillo de tanta gente?

¿Qué era el Proyecto Castor y por qué fue aprobado?

El Proyecto Castor fue concebido como un gran almacenamiento submarino de gas en un antiguo campo petrolero en el Mediterráneo, frente a Tarragona y Castellón. La idea era crear una especie de reserva para momentos de alta demanda, reforzando la seguridad energética.

Formalmente, el megaproyecto fue aprobado en 2007 y comenzó en 2008. La concesión quedó en manos de Escal UGS, cuyo principal accionista era ACS, con un 66%. El presupuesto inicial era de 500 millones de euros, pero la historia tomó otro rumbo.

La estructura que nunca llegó a operar de verdad

El plan incluía almacenar aproximadamente 1,3 millones de metros cúbicos de GNL y reunía una plataforma marítima, un gasoducto de 30,3 kilómetros y una planta terrestre en Vinaròs, en Castellón. La instalación se encontraba a unos 1.700 metros de profundidad.

Sin embargo, en la práctica, el Castor nunca salió del papel como operación regular. Llegó a la fase de puesta en marcha, pero se detuvo allí. Y el motivo tiene nombre y dejó marca en el mapa.

Cuándo comenzaron los terremotos y por qué esto se convirtió en un punto sin retorno

Para funcionar, el almacenamiento necesitaba del llamado “gas colchón”, un gas base para mantener la presión. En 2013, se realizó una inyección para este objetivo y, según las investigaciones mencionadas en el caso, la actividad se relacionó con microseísmos en Castellón entre junio y septiembre de ese año, con movimiento de la falla de Amposta y de otra falla inferior.

Los números crecieron con el tiempo. Primero se habló de alrededor de 350 temblores, luego de más de 500. Más tarde, un estudio publicado en el Geophysical Journal International elevó la estimación a más de 1.000 movimientos de tierra, es decir, más de 1.000 terremotos en la contabilidad final.

La mayoría fue leve, pero hubo un registro que se convirtió en símbolo del riesgo. El mayor terremoto citado alcanzó una magnitud de 4,3 en la escala de Richter. Y, a partir de ahí, la tolerancia política y social para seguir adelante se desmoronó.

La decisión de parar y el desgaste que vino junto

Con los terremotos ganando repercusión, el entonces ministro de Industria, José Manuel Soria, ordenó la paralización del proyecto. La presión no vino solo por los temblores: también se discutían rentabilidad e impacto ambiental.

Además, el escenario energético cambió. El sistema español evolucionó hacia una lógica más flexible, basada en importaciones de GNL y regasificadoras, lo que redujo el argumento de necesidad urgente del Castor. Aun así, la cuenta no se detuvo junto con las obras.

Cómo los terremotos se convirtieron en una factura pagada por todos

Video de YouTube

Con el proyecto fracasado, entró en escena el contrato de concesión y la previsión de compensación a la adjudicataria. En octubre de 2014, se aprobó por real decreto-ley una indemnización de 1.350 millones de euros.

El mecanismo fue diseñado por el sistema gasista: los bancos adelantaron el monto a Enagás, y el valor fue siendo imputado en la factura del gas de los consumidores. En la práctica, los terremotos quedaron atrás, pero la cobranza quedó en el presente.

En 2017, este mecanismo fue parcialmente anulado por el Tribunal Constitucional, lo que paralizó pagos a las financieras. La deuda, con intereses, acabó asumida por el Estado y el costo pasó a recaer sobre los contribuyentes. El caso pasó a ser señalado como un ejemplo de “socialización de pérdidas”.

Litigios, devoluciones y la cuenta que sigue creciendo

La disputa judicial continuó con nuevas decisiones. Entre los episodios citados, la Audiencia Nacional obligó a Escal UGS a devolver a los consumidores de gas 209,7 millones de euros de “retribución financiera” relativos a 2014, 2016 y 2017.

Y vino otra etapa que abre nuevos gastos: el desmantelamiento del almacenamiento submarino. En la primavera del año pasado, la ministra para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, Sara Aagesen, anunció el desmantelamiento, y el proceso fue adjudicado a Enagás en 2024.

El capítulo más reciente citado en el caso es de febrero de 2026, cuando el Tribunal Supremo reconoció nuevas compensaciones por los trabajos de desmantelamiento y por servicios de operación y mantenimiento. El valor indicado fue de 255 millones de euros, con más costos aún previstos hasta el cierre definitivo.

Resultado: el monto ya supera los 1.600 millones de euros y sigue subiendo, incluso con intentos de reducir pérdidas vendiendo parte de equipos. Y esto para una infraestructura nacida hace casi 20 años que nunca llegó a funcionar.

¿Crees que proyectos de este tamaño deberían tener frenos más duros antes de convertirse en un riesgo de terremotos y en una carga pública?

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Carla Teles

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