En enero de 2000, el programa Tomorrow’s World, de la BBC, mostró una lente imposible desarrollada por la NHK en Tokio. Compuesta por 2.500 microlentes, permitía ver televisión en 3D sin gafas. La tecnología era experimental y, en ese momento, no tenía previsión de venta antes de 2010.
La lente imposible que prometía revolucionar la televisión estaba escondida en un laboratorio de investigación en Tokio y salió a la luz en enero de 2000. Presentada por el programa Tomorrow’s World, de la BBC One, era la apuesta de los ingenieros de la NHK para transformar la experiencia de ver televisión. El secreto de esa tecnología estaba en una única pieza que parecía común, pero que, en realidad, reunía 2.500 microlentes diminutas, cada una viendo una imagen diferente, como funcionan los ojos de un insecto.
La promesa era audaz para la época y apuntaba a un problema antiguo de la TV en tres dimensiones. A diferencia de los sistemas 3D tradicionales, que requerían gafas especiales, esa lente permitía ver las imágenes saltando a la vista sin ningún accesorio en el rostro. El reportaje fue conducido por la periodista Philippa Forrester, quien visitó los laboratorios japoneses y conversó con los investigadores responsables. La información se basa en un fragmento del archivo de la BBC, originalmente transmitido el 19 de enero de 2000.
Por qué la TV 3D siempre fue un sueño distante
Para entender la importancia de esa lente imposible, es necesario recordar cómo funcionaba la televisión. A pesar de toda la evolución, desde las primeras imágenes temblorosas en blanco y negro hasta las pantallas coloridas de alta definición, la TV seguía siendo una experiencia bidimensional, una imagen en movimiento en una superficie plana. Hacer que las imágenes realmente saltaran a la vista era, hasta entonces, un sueño inalcanzable.
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El desafío estaba en reproducir la forma en que vemos el mundo. El cerebro humano usa pistas visuales, como el tamaño de los objetos, para entender la distancia y la posición de cada cosa en relación con las otras. Desde los inicios de la fotografía, los sistemas 3D intentaban recrear esta noción de profundidad, separando el primer plano del fondo para dar la sensación de tridimensionalidad que falta a una pantalla común.
Cómo funcionaba el 3D tradicional con gafas
Antes de la innovación japonesa, los mejores sistemas 3D ya intentaban imitar el funcionamiento del ojo humano, pero de una forma más limitada. Como nuestros ojos están separados, cada uno capta una perspectiva ligeramente diferente de la misma escena, y el cerebro recombina esas imágenes para crear la noción de profundidad. La tecnología de la época intentaba copiar exactamente ese proceso.
El método, sin embargo, tenía limitaciones claras. Dos cámaras posicionadas en ángulos diferentes tomaban dos fotos de la misma escena, que luego eran recombinadas por los ojos del espectador con la ayuda de las gafas 3D. El resultado daba una sensación de profundidad, pero aún parecía artificial, como una serie de capas superpuestas, comparada en el reportaje a un teatro de recortes de cartón. Y, por supuesto, nadie escapaba de tener que usar las gafas.
La lente imposible con 2.500 microlentes
El gran giro propuesto por NHK partía de una pregunta simple: si dos fotos de ángulos diferentes dan profundidad, ¿qué sucedería si se tomaran muchas imágenes al mismo tiempo? Era exactamente eso lo que los ingenieros del laboratorio en Tokio buscaban. La respuesta estaba en una lente que parecía única, pero escondía una estructura asombrosa.
El secreto era la cantidad de pequeñas lentes embutidas en esa pieza. La lente imposible reunía 2.500 microlentes diminutas, cada una captando una imagen diferente, exactamente como los ojos compuestos de un insecto ven el mundo. Estas microlentes dividían la escena en miles de pequeñas imágenes, lo que significaba que la cámara filmaba desde cientos de ángulos diferentes al mismo tiempo, generando una riqueza de información visual imposible de alcanzar con solo dos cámaras.
Adiós a las gafas: la imagen que parecía un holograma
La mayor ventaja del sistema aparecía a la hora de ver. Para transformar todas esas imágenes diminutas en una gran imagen tridimensional, se reproducían en una pantalla especial repleta de microlentes, revirtiendo el proceso de captura. En lugar de que las gafas recombinaran la imagen, la propia pantalla hacía ese trabajo para el espectador.
El efecto descrito por el reportaje era impresionante para la época. La imagen parecía más redondeada, llena y tridimensional, como mirar un holograma, y el espectador podía mover la cabeza sin destruir la ilusión. De hecho, el movimiento incluso intensificaba el efecto 3D, permitiendo ver la escena desde diferentes ángulos. Era posible mirar la imagen de lado, desde arriba o desde abajo, algo que las gafas tradicionales jamás pudieron ofrecer.
La promesa de un futuro que cambiaría las salas de estar
El potencial de ese sistema iba mucho más allá de una pantalla pequeña. Como permitía visualizar las imágenes desde cualquier ángulo, el espectador ya no necesitaba estar directamente frente al televisor, pudiendo incluso ver acostado en el sofá. Esta libertad se presentaba como una posible revolución en la forma de consumir contenido audiovisual.
Las ambiciones para el futuro eran grandiosas. Los investigadores imaginaban que, con el avance de la tecnología, las microlentes se encogerían hasta convertirse en puntos diminutos, produciendo imágenes de altísima definición en pantallas enormes capaces de cubrir paredes enteras o los laterales de edificios. Aun así, el propio reportaje hacía una advertencia: todo aquello estaba en fase experimental, con resolución rudimentaria, y no había expectativa de llegar al mercado antes de 2010, como mínimo.
¿Y tú, imaginabas que una tecnología tan audaz de TV 3D sin gafas ya existía en un laboratorio hace más de 25 años? Cuéntanos aquí en los comentarios si todavía crees en la televisión tridimensional o si piensas que esa lente imposible quedó en el pasado.


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