En 1930, el economista británico John Maynard Keynes predijo jornadas de 15 horas semanales en cerca de cien años, gracias al avance tecnológico. La productividad realmente explotó, pero la previsión falló. Los especialistas explican que el consumo creciente y la mala distribución de las ganancias rompieron la cuenta.
Pocas previsiones fallaron de forma tan interesante como la de uno de los mayores nombres de la historia de la economía. En 1930, el economista británico John Maynard Keynes afirmó que, en cerca de cien años, la humanidad trabajaría solo 15 horas por semana, algo así como tres horas por día. La apuesta estaba en el ensayo «Posibilidades Económicas para Nuestros Nietos», en el que imaginaba sociedades mucho más ricas y libres de la lucha diaria por la supervivencia. Casi un siglo después, la tecnología avanzó como él esperaba, pero la jornada corta no llegó ni cerca de concretarse.
Lo más curioso es que parte de su razonamiento estaba en lo cierto. La productividad de hecho creció de forma extraordinaria, pero el tiempo libre prometido no llegó, y entender por qué la cuenta no cerró es lo que hace que esta historia sea tan actual. El error de Keynes dice menos sobre tecnología y más sobre el comportamiento humano y la forma en que la riqueza se distribuye. La información fue divulgada por g1, con base en entrevistas con economistas y especialistas en trabajo.
La apuesta optimista del economista británico

El texto fue presentado en conferencia en 1928, ampliado en una charla en Madrid y publicado en 1930, en plena Gran Depresión, la gran crisis que sacudió la economía mundial a finales de esa década. Incluso ante el caos económico, Keynes veía allí solo una fase de transición, no un declive permanente del capitalismo.
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La directora adjunta del DIEESE, la economista Patrícia Pelatieri, clasifica el ensayo como uno de los textos clásicos del pensador. Según ella, Keynes presentaba una visión bastante optimista del futuro, creyendo que la combinación entre acumulación de capital, intereses compuestos y progreso técnico permitiría producir cada vez más con menos trabajo humano. Detrás de ese optimismo estaba la percepción de que, durante milenios, el estándar de vida casi no cambió, hasta que la Revolución Industrial desencadenó un crecimiento sin precedentes.
El sueño de las 15 horas semanales
La parte más audaz de la previsión era justamente la reducción drástica de la jornada. Keynes imaginaba que, resuelto el problema de la escasez material, las necesidades básicas serían ampliamente satisfechas y la lucha por la supervivencia dejaría de ser el centro de la vida. En ese escenario, bastarían 15 horas semanales para mantener la sociedad funcionando y garantizar trabajo a todos.
Esta visión confrontaba directamente una idea dominante en la economía de la época. El sociólogo Paulo Niccoli Ramirez explica que Keynes desafiaba el dogma clásico de que cuanto más trabajo, más riqueza, al percibir el peso que la tecnología tenía en esta ecuación. Para el economista, sería posible seguir en contra de esta lógica, aumentando la productividad mientras se reducía la jornada y se daba más calidad de vida al trabajador, que ganaría tiempo para el ocio.
El «arte de vivir» que Keynes imaginaba
Más que una cuenta sobre horas trabajadas, el ensayo era una reflexión profunda sobre qué hacer con tanta abundancia. Keynes creía que, cuando el trabajo dejara de ser una necesidad vital, surgiría un nuevo desafío para la humanidad: encontrar propósito y aprender a usar bien el tiempo libre. Para él, ese sería un problema permanente de la raza humana, entrenada por siglos para luchar y no para disfrutar.
La apuesta era que valores como cultura, convivencia y desarrollo personal ganaran más espacio que la acumulación de dinero. Keynes decía que serían justamente las personas capaces de cultivar el «arte de vivir», y no de venderse por los medios de vida, las que mejor disfrutarían de la abundancia cuando esta llegara. Era casi una utopía, en la cual la sociedad se volvería menos obsesionada por la riqueza y más enfocada en el placer de simplemente vivir.
Quién fue John Maynard Keynes
Para dimensionar el peso de esta previsión, vale conocer quién la hizo. El economista es considerado uno de los más influyentes del siglo 20 y uno de los principales teóricos de la macroeconomía. El jurista Brasilino Santos Ramos, magistrado laboral retirado, recuerda que Keynes provenía de la alta clase media intelectual británica y se formó en los centros académicos más prestigiosos de su época.
Su principal contribución fue cambiar la forma en que los gobiernos piensan la economía. Defensor de la economía de mercado, pero también de la intervención del Estado para corregir fallas, Keynes refutaba la idea neoclásica de que el libre mercado garantizaría empleos automáticamente siempre que los salarios fueran flexibles. En el núcleo de la escuela keynesiana está la visión del Estado como agente de control económico en busca del pleno empleo, capaz de domar lo que él llamaba el «espíritu animal» de los empresarios.
Por qué la previsión falló
Se llega entonces a la pregunta central: ¿por qué, con tanta tecnología, las jornadas de tres horas diarias no están ni en el horizonte? El politólogo Christian Lohbauer reconoce que Keynes acertó en el aumento de la productividad, pero falló en prever otro movimiento igualmente poderoso. El consumo también creció de forma exponencial a lo largo de las décadas.
Es ahí donde la cuenta no cierra. Para Lohbauer, las personas quieren más ocio, pero continúan consumiendo cada vez más bienes y servicios, y para eso necesitan más horas de trabajo, no menos. Según él, para que la fórmula de Keynes funcione, sería necesario que las personas aceptaran tener una casa más pequeña, usar menos el coche, comer menos fuera y viajar menos por año, algo que no sucede ni entre quienes pueden, ni entre la mayoría que solo desea esos privilegios.
El consumo que Keynes no previó
La explicación para el fracaso pasa por una falla en la lectura del deseo humano. La economista Patrícia Pelatieri recuerda que el propio Keynes dividía las necesidades en dos tipos: las básicas, ligadas a la supervivencia, y las relativas, vinculadas al estatus y al reconocimiento social. Él creía que las básicas serían rápidamente suplidas, cerrando buena parte de la carrera por más trabajo.
El problema es que la noción de lo que es básico cambió con el tiempo. Lo que Keynes no previó fue la capacidad del capitalismo de crear nuevas necesidades, como celulares, internet y servicios digitales, que pasaron a ser percibidos como esenciales para la vida cotidiana. Así, en lugar de contentarse con lo suficiente, la sociedad siguió expandiendo lo que considera indispensable, manteniendo viva la necesidad de largas jornadas de trabajo.
La desigualdad en la distribución de las ganancias
Hay aún un factor que quizás explique mejor el fracaso de la previsión: quién se quedó con los frutos de toda esa productividad. Pelatieri resalta que, aunque la producción global ha crecido de forma expresiva, las ganancias no fueron distribuidas de manera homogénea. Una parte significativa de los beneficios fue apropiada en forma de beneficios y rendimientos de capital.
Los números ayudan a ilustrar esta concentración. La economista cita que, en 2024, se crearon 204 nuevos multimillonarios en el mundo, casi uno por semana, mientras muchos trabajadores siguen dependiendo de jornadas extensas para mantener un nivel de vida modesto. Para ella, Keynes subestimó los conflictos en torno a la distribución de las ganancias de productividad, y es en ese punto, y no en la tecnología en sí, donde reside la verdadera explicación para el tiempo libre que nunca llegó.
Las promesas que se volvieron del revés
Si el sueño era trabajar menos, lo que muchos sintieron fue lo contrario. Para el sociólogo Paulo Niccoli Ramirez, se prometió la reducción de las jornadas, pero lo que vino fue la pérdida de derechos laborales. Él ve una contradicción de base en la idea de aumentar la riqueza acortando el trabajo, resumida en la frase de que no hay capitalismo sin explotación de la fuerza de trabajo.
La tecnología, que debería liberar, terminó creando nuevas formas de exigencia. Pelatieri señala que las herramientas digitales ampliaron las posibilidades de monitoreo, control y disponibilidad permanente de los trabajadores, intensificando el trabajo en lugar de reducirlo. Al final, el avance que prometía tiempo libre se transformó, en muchos casos, en mayor concentración de ingresos y en una jornada que invade incluso los momentos de descanso, muy lejos de la utopía imaginada casi un siglo atrás.
¿Y tú, crees que algún día llegaremos cerca de las 15 horas semanales previstas por el economista, o el consumo y la desigualdad mantendrán las jornadas largas para siempre? Deja en los comentarios tu opinión sobre esta previsión que casi no se cumplió.

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