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Joven sudanés lleva una década construyendo robots con chatarra electrónica en un laboratorio improvisado en Omdurmán.

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Escrito por Maria Heloisa Barbosa Borges Publicado el 07/07/2026 a las 16:59 Actualizado el 07/07/2026 a las 17:00
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En Sudán, el joven Moatasem Jibril dejó la facultad de ingeniería por falta de dinero, pero no abandonó la tecnología. Hace unos diez años, construye robots con chatarra electrónica comprada barata en mercados, montada en un rincón de la casa de barro de la familia, en Omdurman. Todo autodidacta.

Desde un pequeño espacio dentro de casa, un joven transformó basura electrónica en máquinas que se mueven. En Sudán, Moatasem Jibril pasó años montando robots con chatarra electrónica buscada en mercados, demostrando que la verdadera ingeniería no depende solo de laboratorios caros. Su trayectoria fue registrada por la agencia de noticias Anadolu.

El punto de partida fue una frustración académica. Jibril estudiaba ingeniería electrónica, pero tuvo que abandonar la universidad debido a las dificultades financieras de la familia. En lugar de abandonar el sueño, llevó el aprendizaje a casa y se convirtió en un inventor autodidacta, apasionado por la tecnología.

Su materia prima es lo que mucha gente tira. Sin dinero para comprar componentes nuevos, el joven apuesta por la chatarra electrónica vendida barata en los mercados de Omdurman, ciudad al oeste de la capital, Jartum. A continuación, vea cómo funciona este laboratorio casero y por qué la historia llama tanto la atención.

¿Quién es Moatasem Jibril, el joven que hace robots de chatarra?

El sudanés Moatasem Jibril, que abandonó el curso de ingeniería electrónica por motivos económicos, trabaja en un robot en su casa usando materiales reciclados en Jartum, Sudán, el 2 de marzo de 2023 [Mahmoud Hjaj/ Anadolu Agency]
El sudanés Moatasem Jibril, que abandonó el curso de ingeniería electrónica por motivos económicos, trabaja en un robot en su casa usando materiales reciclados en Jartum, Sudán, el 2 de marzo de 2023 [Mahmoud Hjaj/ Anadolu Agency]

El protagonista de la historia es un joven común, con un talento poco común. Moatasem Jibril vive en Omdurman, en Sudán, y se hizo conocido por construir robots en casa usando piezas desechadas. Su trayectoria fue documentada por medios de prensa en marzo de 2023.

El interés por la tecnología viene de larga data. Según la Anadolu, Jibril comenzó a montar robots hace cerca de nueve años, sumando casi una década de dedicación al tema. Lo que era curiosidad se convirtió en una rutina diaria de estudio, pruebas y montaje, siempre con material reutilizado.

La base de todo es la autoformación. Después de dejar la universidad, Jibril no tuvo profesores ni laboratorios sofisticados, y aprendió en la práctica, por su cuenta. Cada robot montado con chatarra es fruto de intento, error y mucha investigación hecha por él mismo.

Vale un registro honesto sobre la época. Los reportajes que retrataron el trabajo de Jibril son de 2023, y este texto cuenta su recorrido hasta ese momento. Sin información confirmada más reciente, no es posible afirmar cómo el proyecto siguió después, así que el enfoque aquí es el logro construido a lo largo de los años.

Casos como el suyo forman parte de un movimiento mayor. En todo el mundo, crece la cultura maker, de gente que aprende a construir y reparar por su cuenta, muchas veces fuera de la universidad. En Sudán, sin estructura, Moatasem Jibril se convirtió en un ejemplo de esta ingeniería hecha a pulso.

El laboratorio improvisado en un rincón de la casa de barro

El sudanés Moatasem Jibril, que abandonó el curso de ingeniería electrónica por motivos económicos, trabaja en un robot en su casa usando materiales reciclados en Jartum, Sudán, el 2 de marzo de 2023 [Mahmoud Hjaj/ Anadolu Agency]
El sudanés Moatasem Jibril, que abandonó el curso de ingeniería electrónica por motivos económicos, trabaja en un robot en su casa usando materiales reciclados en Jartum, Sudán, el 2 de marzo de 2023 [Mahmoud Hjaj/ Anadolu Agency]

El espacio de trabajo está lejos de lo que se imagina para un inventor. Jibril monta sus robots en un cuarto estrecho dentro de la casa de la familia, una construcción simple de barro en Omdurman. Es allí, en pocos metros cuadrados, donde la tecnología toma forma.

La modestia del lugar contrasta con la ambición del proyecto. Sin bancadas industriales ni equipos caros, el joven transformó un rincón de la casa en taller, laboratorio y depósito de piezas al mismo tiempo. Todo está organizado en torno a la meta de hacer que una máquina funcione.

Este improviso dice mucho sobre su método. Trabajar con lo que tiene a mano, en un espacio reducido, obliga a ser creativo y a aprovechar cada componente al máximo. Es una ingeniería de necesidad, hecha para encajar en lo que la realidad permite.

Aun así, el resultado impresiona por el esfuerzo. Mantener un proyecto de robots por tantos años, sin estructura, exige disciplina y organización por encima del promedio. El laboratorio de barro se convirtió en el símbolo de una dedicación que no dependió de recursos, sino de voluntad y método.

Improvisar espacio es común entre inventores en todo el mundo. Desde grandes empresas de tecnología que nacieron en garajes hasta proyectos escolares montados en la cocina, la historia muestra que las buenas ideas no siempre necesitan un edificio. El cuarto de barro de Jibril entra en esa tradición de crear donde se puede.

Chatarra electrónica recolectada en los mercados de Omdurman

El sudanés Moatasem Jibril, que abandonó el curso de ingeniería electrónica por motivos económicos, trabaja en un robot en su casa usando materiales reciclados en Jartum, Sudán, el 2 de marzo de 2023 [Mahmoud Hjaj/ Anadolu Agency]
El sudanés Moatasem Jibril, que abandonó el curso de ingeniería electrónica por motivos económicos, trabaja en un robot en su casa usando materiales reciclados en Jartum, Sudán, el 2 de marzo de 2023 [Mahmoud Hjaj/ Anadolu Agency]

El secreto del bajo costo está en el origen de las piezas. Como los componentes electrónicos nuevos son demasiado caros para su presupuesto, Jibril recurre a la chatarra electrónica vendida a bajo precio en los mercados locales. Es allí donde recolecta placas, motores, cables y sensores descartados.

Esta recolección requiere un ojo entrenado. En medio de pilas de aparatos viejos y rotos, el joven necesita identificar lo que aún sirve, lo que puede ser recuperado y lo que combina con sus proyectos. Transformar basura electrónica en piezas útiles es, por sí solo, una habilidad considerable.

Para financiar esta búsqueda, también trabaja. Según los reportajes, Jibril actúa en el mercado para reunir el dinero necesario y comprar los materiales que necesita. Es decir, el mismo lugar que proporciona la chatarra es el que le da ingresos para continuar con los robots.

Este ciclo le da al proyecto una lógica sostenible. Reutilizar chatarra electrónica reduce costos, evita que el material se convierta en basura y además alimenta la creación de tecnología. Sin saberlo, Jibril practica una especie de economía circular casera, dando nueva vida a lo que sería descartado.

Los mercados de chatarra son un universo aparte. En ellos, aparatos rotos cambian de manos, piezas son separadas y revendidas, y quien entiende del asunto encuentra verdaderos tesoros. Para el joven sudanés, este comercio popular funciona como una tienda de electrónicos improvisada, solo que mucho más barata.

De estudiante de ingeniería a inventor autodidacta

La salida de la universidad podría haber terminado el sueño, pero hizo lo contrario. Impedido de concluir el curso de ingeniería por falta de recursos, Jibril decidió continuar aprendiendo solo. La formación formal dio lugar a una escuela práctica, montada dentro de casa.

Este tipo de recorrido tiene sus propios méritos. Aprender tecnología sin profesor, solo con investigación y experimentación, desarrolla una comprensión profunda de cómo funcionan las cosas. Cada robot montado enseña algo nuevo sobre electrónica, mecánica y programación.

El caso también expone una barrera real. Mucha gente talentosa se queda en el camino por falta de dinero para estudiar, perdiendo el acceso a la educación técnica. La historia de Jibril muestra lo que se pierde cuando la enseñanza no llega a todos, y lo que se gana cuando alguien insiste de todas formas.

Más que superación individual, el punto central es el conocimiento. El joven demostró, en la práctica, que es posible dominar conceptos avanzados de tecnología con estudio y persistencia. El diploma quedó en el camino, pero la competencia fue construida pieza por pieza.

Vale reforzar que esto no es un caso aislado en el Sudán. El país enfrenta años de inestabilidad económica, lo que pesa sobre los estudiantes y sobre el acceso a la tecnología. En este contexto, aprender a hacer robots con chatarra se convierte también en una forma de sortear la falta de oportunidades.

Lo que convierte el e-desecho en una fuente de piezas

Para entender el logro, es necesario mirar el desecho electrónico. Aparatos descartados, como celulares, computadoras y televisores, son verdaderos baúles de componentes que aún funcionan o pueden ser recuperados. Para quien sabe buscar, la chatarra se convierte en un stock de piezas baratas.

Dentro de un aparato viejo hay mucha tecnología aprovechable. Placas de circuito, motores pequeños, sensores, baterías, cables y conectores pueden ser retirados y reutilizados en nuevos proyectos. Es como desmontar un rompecabezas y usar las piezas para armar otro diferente.

Este reaprovechamiento tiene un valor que va más allá del bolsillo. El desecho electrónico es uno de los que más crecen en el mundo y uno de los más difíciles de tratar, lleno de materiales tóxicos y metales valiosos. Dar utilidad a esta chatarra ayuda a reducir el desperdicio y la contaminación.

Por eso, el trabajo de Jibril tiene una capa ambiental. Al construir robots con componentes que irían a la basura, él muestra, en la práctica, cómo el e-lixo puede convertirse en recurso. Es una lección de ingeniería y de sostenibilidad al mismo tiempo, nacida de la necesidad.

Dentro de la basura electrónica hay incluso metales preciosos. Placas y conectores contienen pequeñas cantidades de oro, plata y cobre, además de componentes que cuestan caro cuando son nuevos. Es por eso que la chatarra electrónica es disputada, tanto por recicladores como por inventores como el joven de Omdurman.

Impulsado por películas de inventores

La chispa inicial del proyecto vino de las pantallas. Según la Anadolu, Jibril comenzó a interesarse por robots después de ver muchas películas que hablaban de inventores y de máquinas. La ficción despertó en él el deseo de crear algo real.

Esa inspiración dice mucho sobre el poder de las referencias. Ver historias de gente que construye e inventa puede plantar en alguien la idea de que también es capaz de hacer lo mismo. En el caso del joven sudanés, el cine se convirtió en el primer empujón hacia la tecnología.

De la inspiración a la práctica, sin embargo, fue un largo camino. Transformar la admiración por robots de película en máquinas de verdad exigió años de estudio y de trabajo con chatarra. El sueño inicial solo se sostuvo porque vino acompañado de esfuerzo diario y mucha tenacidad.

Es esta combinación la que hace que el caso sea notable. Una idea nacida de películas, alimentada por piezas de mercado y construida en un cuarto de barro resultó en un proyecto que duró casi una década. Pocos sueños resisten tanto tiempo con tan pocos recursos.

Este detalle refuerza el papel de la divulgación científica. Películas, videos e historias de inventores pueden despertar vocaciones y mostrar caminos, sobre todo para jóvenes sin acceso a laboratorios. En el caso del Sudán, una pantalla fue suficiente para encender el interés por la tecnología y por los robots.

África y la ingeniosidad de transformar basura en máquina

El caso del Sudán no es aislado en el continente. Por toda África, es común encontrar jóvenes que crean tecnología a partir de chatarra, ante la falta de acceso a componentes nuevos y a laboratorios. La creatividad suple, en parte, la ausencia de estructura.

Este tipo de ingeniosidad tiene raíces prácticas. Donde los recursos son escasos, aprender a reparar, adaptar y reutilizar se convierte en una habilidad esencial del día a día. Transformar basura electrónica en algo útil es una extensión natural de esta cultura de hacer mucho con poco.

También hay un trasfondo global en esta historia. Buena parte de la basura electrónica del mundo termina en países más pobres, generando problemas ambientales, pero también abriendo, involuntariamente, un stock de piezas para inventores locales. Es una contradicción que casos como el de Jibril ponen de manifiesto.

Lo que falta, muchas veces, es apoyo. Talentos como el del joven de Omdurman suelen necesitar inversión, formación y oportunidades para crecer, algo no siempre disponible. Reconocer estas historias es un primer paso para que no se pierdan.

Ejemplos no faltan en el continente. Desde jóvenes que montan generadores y radios con piezas recuperadas hasta polos de tecnología que reciclan e-basura, África muestra cómo la escasez puede convertirse en motor de creatividad. Los robots de chatarra de Sudán encajan en esta misma lógica de inventar con lo que existe.

El volumen de e-basura crece cada año en el mundo, impulsado por el cambio cada vez más rápido de celulares y computadoras. Buena parte de este material termina en vertederos o en depósitos informales, donde la chatarra se separa, muchas veces, sin seguridad. Aprovecharla con técnica, como hace el joven sudanés, es una salida mucho más inteligente.

¿Qué tiene que ver esto con Brasil?

Brasil también produce montañas de basura electrónica. El país está entre los mayores generadores de e-basura del mundo, con millones de aparatos descartados cada año, buena parte sin reciclaje adecuado. Esta chatarra es, al mismo tiempo, un problema y una oportunidad.

Las cifras brasileñas ayudan a dimensionar el escenario. El país genera más de 2 millones de toneladas de basura electrónica al año, según levantamientos del sector, y recicla solo una fracción de eso. Buena parte de esta chatarra podría alimentar proyectos de tecnología en escuelas y comunidades, en lugar de convertirse en contaminación.

Por aquí, también hay inventores que nacen de la necesidad. En periferias y ciudades del interior, jóvenes montan proyectos de tecnología con material reutilizado, muchas veces sin acceso a buenos laboratorios. La historia de Sudán resuena con la realidad de muchos talentos brasileños.

El caso refuerza la importancia de la educación técnica. Así como Jibril fue detenido por la falta de dinero, muchos estudiantes brasileños enfrentan dificultades para concluir cursos y desarrollar sus ideas. Invertir en enseñanza y en espacios de creación, los llamados laboratorios makers, puede revelar nuevos inventores.

Ya hay señales prometedoras por aquí. Clubes de robótica y laboratorios makers en escuelas públicas muestran cómo la tecnología puede llegar a quienes tienen poco. Con chatarra, placas de bajo costo y creatividad, estudiantes brasileños montan robots y proyectos, en un camino que acerca la educación técnica a la realidad de casos como el de Sudán.

Finalmente, queda la lección sobre reutilización. Transformar chatarra electrónica en robots y proyectos útiles es un camino que combina innovación, economía y cuidado del medio ambiente. Para un país lleno de e-basura y de gente creativa como Brasil, es una idea que tiene todo el sentido.

¿Y tú, alguna vez has imaginado construir un robot con piezas de basura electrónica?

La historia de Moatasem Jibril muestra lo que la curiosidad y la persistencia pueden hacer con poquísimos recursos. Sin concluir la ingeniería, el joven de Sudán pasó cerca de diez años construyendo robots con chatarra electrónica recolectada en mercados, dentro de un cuarto de barro, demostrando que la tecnología puede nacer en los lugares más improbables.

¿Y tú, has pensado en cuánta tecnología aprovechable existe dentro de un celular o computadora vieja? Cuéntanos aquí en los comentarios qué opinas de la trayectoria del inventor sudanés y si crees que proyectos con chatarra electrónica podrían ganar más espacio en las escuelas y periferias de Brasil.

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Maria Heloisa Barbosa Borges

Hablo sobre construcción, minería, minas brasileñas, petróleo y grandes proyectos ferroviarios y de ingeniería civil. Diariamente escribo sobre curiosidades del mercado brasileño.

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