La antorcha del flare de una plataforma: la llama que arde 24 horas al día en la parte superior de instalaciones de petróleo y gas es, al mismo tiempo, un dispositivo de seguridad esencial y un símbolo contundente de desperdicio energético y contaminación ambiental
En plataformas de petróleo en medio del océano y en grandes refinerías en tierra, una imagen es constante: una llama solitaria ardiendo en la cima de una torre alta. Esa es la antorcha del flare de una plataforma, un equipo que intriga y genera muchas dudas. Por un lado, es un guardián silencioso, un dispositivo de seguridad vital para proteger instalaciones complejas contra explosiones. Por otro, es la representación visual de un enorme desperdicio y un grave problema ambiental.
La práctica de quemar gas como residuo existe desde hace más de 160 años. Anualmente, el volumen de gas quemado en todo el mundo contiene energía suficiente para abastecer todo el continente de África Subsahariana, donde millones de personas aún viven sin electricidad. Entender cómo y por qué este fuego nunca se apaga es fundamental para comprender los desafíos de la industria energética.
¿Qué es y cómo funciona un sistema de flare?
La llama en la cima de la torre es solo la parte final de un sistema de ingeniería complejo. La función principal de un sistema de flare es servir como la última línea de defensa contra el exceso de presión en una planta industrial. Si la presión en un equipo sube a un nivel peligroso, las válvulas de seguridad se abren automáticamente y dirigen el gas hacia el flare, donde se quema de manera controlada.
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Para que esto funcione, el sistema cuenta con varios componentes. Uno de los más importantes es el Vaso de Separación (o «Knockout Drum»), un gran tanque que elimina gotas de líquido del flujo de gas. Esto evita que líquidos inflamables lleguen a la llama, lo que podría causar bolas de fuego peligrosas. En la cima de la torre, uno o más pilotos arden continuamente, como la llama de una estufa, asegurando que cualquier gas liberado se encienda de inmediato y no escape a la atmósfera.
¿Seguridad necesaria o desperdicio? Los dos tipos de quema

Es crucial entender que existen razones diferentes para la quema de gas. La primera es la quema de seguridad, que es esencial e inevitable. Ocurre en emergencias, como fallas de equipos o paradas para mantenimiento, para aliviar la presión del sistema de manera segura.
El verdadero problema, sin embargo, es la quema de rutina. Se trata de la quema continua del gas natural que sube junto con el petróleo. La decisión de quemarlo es un cálculo puramente económico: para las empresas, en lugares remotos, es más barato tratar el gas como basura que invertir en la infraestructura para aprovecharlo. Es esta práctica la que la iniciativa «Zero Routine Flaring by 2030» del Banco Mundial y otras organizaciones ambientales buscan eliminar.
La escala global, ¿cuánto gas quema el mundo por año?
Gracias a la monitorización por satélite, la escala del problema es conocida. Según los datos más recientes del Banco Mundial, en 2023, se quemaron 148 mil millones de metros cúbicos de gas — para tener una idea, este volumen es casi cinco veces superior a todo el consumo de gas natural de Brasil en un año. en todo el mundo. Este volumen representa un aumento del 7% en comparación con 2022, revirtiendo una tendencia de caída.
El problema está altamente concentrado. Solo nueve países son responsables del 75% de toda la quema global: Rusia, Irak, Irán, Estados Unidos, Venezuela, Argelia, Libia, Nigeria y México.
Las emisiones de la antorcha del flare de una plataforma
La justificación para quemar el gas en lugar de simplemente liberarlo es que la combustión transforma el metano (principal componente del gas) en CO₂. El metano es un gas de efecto invernadero con un poder de calentamiento más de 80 veces superior al del CO₂ en un período de 20 años. El problema es que esta quema rara vez es perfecta.
En la práctica, la quema nunca es perfecta. Los estudios de campo muestran que la eficiencia real de la antorcha del flare de una plataforma es de solo 91-92%, y no el 98% que consta en los cálculos oficiales. Esta pequeña diferencia en el papel tiene un efecto gigantesco en el clima: un flare operando con esta eficiencia ‘real’ libera en la atmósfera ocho veces más metano, un supercontaminante, de lo que se creía. Además, la quema incompleta produce Carbono Negro (suciedad), un contaminante que, al depositarse en el Ártico, acelera el derretimiento del hielo. La llama también libera otros compuestos tóxicos que afectan la salud de las comunidades que viven cerca de estas instalaciones.
¿Es posible apagar la llama? El modelo de Noruega como solución
Noruega es la prueba de que eliminar la quema de rutina es posible. El país, un gran productor de petróleo, tiene la menor intensidad de quema del mundo. La solución no fue una tecnología milagrosa, sino una decisión política y económica.
En 1971, el gobierno noruego simplemente prohibió la quema de gas no emergencial, tratando el gas asociado como un recurso valioso, no como basura. La medida más importante, sin embargo, vino en 1991, con la creación de un pesado impuesto sobre las emisiones de carbono provenientes de la quema. La medida cambió las reglas del juego: se volvió más caro contaminar que invertir en la solución. El caso noruego prueba que el problema de la antorcha del flare de una plataforma no es técnico, sino de voluntad política. La llama solo continúa encendida donde quemar el futuro aún es gratis.

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