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Querían inteligencia artificial, pero secaron el agua de una aldea en México: el consumo de agua de los centros de datos provocó un brote de hepatitis y las big techs Amazon, Microsoft y Google se vieron obligadas a frenar proyectos millonarios.

Escrito por Bruno Teles
Publicado el 20/06/2026 a las 06:46
Actualizado el 20/06/2026 a las 06:48
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La carrera por la inteligencia artificial cobró un precio inesperado. En La Esperanza, en México, el consumo de agua de los data centers ayudó a dejar a una comunidad entera sin lo básico, abrió espacio para un brote de hepatitis y expuso la cuenta ambiental que las big techs prefieren no mostrar. Ahora ellas retroceden.

Fue en el verano de 2025 que los habitantes de La Esperanza, un pequeño pueblo cerca de Querétaro, en México, se dieron cuenta de que algo estaba muy mal. El agua que ya era escasa desapareció por completo, y sin ella fue imposible lavarse las manos o mantener la higiene mínima dentro de casa. En poco tiempo, unas cincuenta personas enfermaron. El diagnóstico fue hepatitis, una enfermedad que se propaga exactamente donde falta agua limpia, y el detonante fue la sede de un vecino gigante: una instalación de Microsoft erigida cerca para alimentar la inteligencia artificial.

Quien narra el episodio es Víctor Bárcenas, director de una clínica de salud local, que culpó a los gobiernos estatales por no haber negociado ningún apoyo para la población. El caso de La Esperanza se convirtió en símbolo de un problema que creció demasiado rápido. Los data centers que sustentan la inteligencia artificial consumen volúmenes absurdos de agua para refrigerarse, y cuando se instalan en regiones ya vulnerables, es la comunidad la que paga la cuenta. La reacción, sin embargo, finalmente llegó, y las big techs comenzaron a frenar sus propios planes.

El pueblo que se quedó sin agua y enfermó

Consumo de agua dos data centers de inteligência artificial causou surto de hepatite no México e fez big techs recuarem em projetos bilionários.
Sin agua corriente, la higiene básica se desploma, y enfermedades que parecían controladas vuelven con fuerza, como la propia hepatitis que se propagó por allí.

La historia de La Esperanza tiene todo lo que suele pasar desapercibido en los anuncios billonarios de tecnología. De un lado, una promesa de futuro, empleos y modernidad. Del otro, un grifo seco y gente enferma. El brote de hepatitis no fue un accidente aislado, sino la consecuencia directa de un recurso agotado. Sin agua corriente, la higiene básica se desploma, y enfermedades que parecían controladas vuelven con fuerza, como la propia hepatitis que se propagó por allí.

El médico que atendió los casos fue directo al señalar la falla. Para él, les faltó a los gobiernos el valor de exigir a las empresas algún retorno concreto para la comunidad que cedería su agua. Mientras los servidores ejecutaban modelos de inteligencia artificial sin parar, las casas alrededor enfrentaban lo opuesto a la abundancia, y el alto consumo de agua de la estructura tecnológica contrastaba con la sed del vecindario. Este contraste, entre la abundancia de procesamiento y la falta de lo más elemental, es el corazón del problema que ahora presiona a las big techs en todo el mundo.

Por qué la inteligencia artificial consume tanta agua

Consumo de agua de los data centers de inteligencia artificial causó brote de hepatitis en México y obligó a las big techs a retroceder en proyectos multimillonarios.
Centro de datos en construcción en Querétaro, México. 25 de julio de 2025. Thomson Reuters Foundation/Miguel Tovar

Puede sonar extraño que algo tan digital dependa de algo tan físico, pero la explicación es simple. Los chips que entrenan y ejecutan la inteligencia artificial se calientan mucho, y el calor es enemigo del equipo. La forma más común de enfriar estos ambientes es precisamente con agua, que circula, absorbe el calor y en gran parte se pierde por evaporación. Cuanto más potente es el modelo, más sed tiene. Se estima que el ChatGPT gasta cerca de medio litro de agua para generar unas cien palabras de respuesta.

En la escala de los gigantes, los números asustan. Solo los data centers norteamericanos consumieron casi 1 billón de litros de agua en 2025, volumen parecido con la demanda anual de una ciudad como Nueva York. La Agencia Internacional de Energía proyecta que el consumo de agua global de este sector pase de 560 mil millones de litros por año a 1,2 billones de litros hasta 2030. El detalle cruel es que muchas empresas eligen instalar sus data centers en regiones áridas, buscando ventajas logísticas y fiscales, justamente donde cada gota ya hacía falta. El consumo de agua en estos lugares deja de ser estadística y se convierte en escasez en la vida real.

Las gigantes de la tecnología en retroceso

La novedad es que la presión comenzó a funcionar. Después de años avanzando casi sin resistencia, las big techs están siendo obligadas a retroceder ante comunidades organizadas e inversores incómodos. Amazon desistió de un proyecto de 4 mil millones de euros en Ennis, Irlanda, tras fuerte oposición de grupos ambientales y residentes, y respondió solo que quiere ser una buena vecina. Google, por su parte, abandonó planes en Chile ante protestas de activistas preocupados por el agotamiento de las reservas de agua.

La ola de restricciones no se detiene ahí. En Irlanda, las autoridades limitaron nuevos centros de datos en la región de Dublín por riesgo al suministro de energía, y en los Países Bajos algunas obras fueron interrumpidas por preocupaciones ambientales. En Estados Unidos, decenas de gobiernos locales aprobaron moratorias contra nuevas instalaciones a lo largo de 2025 y 2026. La presión también vino desde dentro del mercado, con gestoras como Trillium Asset Management exigiendo transparencia sobre el consumo de agua. No es casualidad: Meta, por sí sola, vio su uso de agua aumentar más del 50% en cuatro años. Las big techs que prometían un futuro limpio ahora necesitan explicar por qué está tan mojado.

Brasil en la ruta de la sed de los centros de datos

La discusión llega a Brasil en un momento decisivo, porque el país quiere atraer estas inversiones. El gobierno federal creó el Redata, un paquete de exenciones de impuestos para equipos de centros de datos, transformado después en el Proyecto de Ley 278 de 2026. La idea es hacer de Brasil un polo de la inteligencia artificial, pero los especialistas advierten que la cuenta de agua puede salir cara si nadie mira el mapa hídrico antes de firmar los incentivos.

Hoy ya existen cerca de 200 centros de datos en el país, con más de 80 concentrados entre São Paulo y Campinas, exactamente sobre cuencas que viven al límite. El hidrólogo Rodrigo Manzione, de la Unesp, recuerda que la cuenca del PCJ es naturalmente deficitaria porque cede agua al sistema Cantareira, que abastece la capital paulista, y cuestiona el uso de agua subterránea filtrada a lo largo de 15 mil años solo para enfriar servidores. El científico de la computación Leopoldo Lusquino, también de la Unesp, explica que el agua sigue siendo la principal estrategia de refrigeración de estos ambientes. Sume a eso la apuesta brasileña en gas natural para alimentar megacomplejos en Río de Janeiro, en Río Grande del Sur y en Paraná, y queda claro que el brote de hepatitis en México es menos distante de lo que parece. La pregunta que La Esperanza deja es si Brasil aprenderá del error ajeno o lo repetirá.

Por qué esto importa para todo el mundo

Video de YouTube

En el fondo, este es uno de esos casos en los que la tecnología más avanzada del planeta choca con la necesidad más antigua de la humanidad, que es beber agua limpia. La inteligencia artificial no va a dejar de crecer, y nadie está proponiendo eso. El punto es otro: decidir quién asume el costo invisible de este avance. Cuando una aldea enferma con un brote de hepatitis para que los servidores funcionen del otro lado del muro, algo en la cuenta está mal, y el consumo de agua necesita convertirse en parte central de la decisión.

El retroceso de las big techs muestra que comunidades e inversores juntos pueden cambiar el rumbo de proyectos multimillonarios, algo que parecía imposible hace poco tiempo. Para Brasil, que sueña con surfear la ola de la inteligencia artificial, la lección de La Esperanza es una invitación a planificar antes de correr. Crecer con data centers es posible, siempre que el consumo de agua se tenga en cuenta desde el primer día, y no después de que el grifo se seque y la enfermedad llegue.

La carrera de la inteligencia artificial acaba de ganar un capítulo que nadie preveía, escrito no en las oficinas de las big techs, sino en el grifo seco de una aldea mexicana. Y tú, ¿crees que Brasil debería atraer data centers a cualquier costo o poner el agua de la población en primer lugar antes de liberar los proyectos? Cuéntanos en los comentarios cómo ves este dilema.

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Bruno Teles

Hablo sobre tecnología, innovación, petróleo y gas. Actualizo diariamente sobre oportunidades en el mercado brasileño. Con más de 7.000 artículos publicados en los sitios web CPG, Naval Porto Estaleiro, Mineração Brasil y Obras Construção Civil. ¿Sugerencias de temas? Envíalas a brunotelesredator@gmail.com

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