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Siete potencias mundiales, incluyendo EE. UU., China y Rusia, gastan 22 mil millones de euros en un reactor en el sur de Francia que pretende confinar plasma a 150 millones de grados Celsius, diez veces la temperatura del centro del Sol, usando un campo magnético capaz de levantar un portaaviones entero.

Publicado el 09/05/2026 a las 01:02
Actualizado el 09/05/2026 a las 01:04
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Según la Revista Fórum, el reactor ITER recibió los componentes finales del imán más grande jamás construido para confinar plasma diez veces más caliente que el centro del Sol, en una apuesta de fusión nuclear financiada por EE. UU., China, Rusia y otras cuatro potencias que promete allanar el camino hacia energía limpia y prácticamente ilimitada si el campo magnético funciona según lo diseñado.

El mayor experimento energético de la historia moderna acaba de cruzar un hito que parecía lejano. El reactor ITER, instalado en Cadarache, en el sur de Francia, recibió el último módulo del gigantesco imán que formará el corazón del sistema de fusión nuclear más ambicioso jamás intentado por la humanidad. Siete potencias mundiales, incluyendo Estados Unidos, China, la Unión Europea, India, Japón, Rusia y Corea del Sur, comparten la factura de 22 mil millones de euros de este proyecto que pretende demostrar algo que ninguna instalación ha logrado hasta hoy: generar más energía de la que consume al reproducir el proceso que alimenta el Sol.

La escala del proyecto es proporcional a la audacia del objetivo. El reactor necesita confinar plasma a temperaturas superiores a 150 millones de grados Celsius, un nivel diez veces más alto que el registrado en el centro del Sol, utilizando un campo magnético tan poderoso que sería capaz de levantar un portaaviones entero. Ningún material sólido conocido resiste el contacto directo con este ambiente, y por eso el plasma necesita flotar magnéticamente suspendido en el interior de la máquina, sin tocar jamás sus paredes.

Qué es el ITER y por qué siete potencias comparten la factura

– ITER. Créditos: Wikipedia

El ITER, sigla de International Thermonuclear Experimental Reactor, nació como idea en los años 80, período en que la diplomacia entre Estados Unidos y la Unión Soviética buscaba terrenos comunes incluso en el apogeo de las tensiones geopolíticas. La fusión nuclear apareció como uno de esos terrenos: una tecnología con un potencial transformador demasiado grande para ser desarrollada por una única nación. La construcción física, sin embargo, solo comenzó en 2007, después de décadas de negociaciones, revisiones de proyecto y la adhesión de nuevos socios.

Hoy, el consorcio que financia y opera el reactor reúne a siete miembros que, juntos, representan más de la mitad de la población mundial y una porción aún mayor del PIB global. Cada socio contribuye con componentes específicos fabricados en sus propios territorios, lo que distribuye los costos pero también multiplica la complejidad logística. El campo magnético central, por ejemplo, depende de módulos producidos en Estados Unidos, mientras que otras piezas críticas provienen de Europa, Asia y Rusia. El presupuesto total proyectado de 22 mil millones de euros convierte al ITER en el proyecto de ingeniería científica más caro jamás emprendido en el campo de la energía, superando incluso al Gran Colisionador de Hadrones del CERN.

Fusión nuclear: la reacción que alimenta las estrellas

Para entender lo que el reactor intenta replicar, es preciso mirar al Sol. En el interior de la estrella, núcleos atómicos de hidrógeno colisionan bajo presión y temperatura colosales, se fusionan en núcleos más pesados y liberan cantidades extraordinarias de energía en el proceso. Esta reacción de fusión nuclear es la fuente que mantiene al Sol brillando desde hace unos 4.6 mil millones de años, y reproducirla de forma controlada en la Tierra es el objetivo central del ITER.

El enfoque del reactor utiliza dos isótopos de hidrógeno, deuterio y tritio, como combustible. Cuando se calientan a temperaturas extremas, estos núcleos ligeros superan la repulsión eléctrica natural entre partículas positivas y se fusionan, generando helio y un neutrón de alta energía. La fusión nuclear se diferencia radicalmente de la fisión, proceso empleado en las centrales nucleares convencionales, porque no produce residuos radiactivos de larga duración ni emite gases de efecto invernadero. Según la Agencia Internacional de Energía Atómica, pocos gramos de este combustible podrían generar energía equivalente a toneladas de carbón o petróleo, lo que convierte la promesa de energía limpia y prácticamente inagotable en algo más que retórica.

Plasma a 150 millones de grados y el campo magnético que lo aprisiona

El plasma es el cuarto estado de la materia, formado cuando un gas se calienta a temperaturas tan extremas que sus átomos pierden electrones y se convierten en una nube de partículas cargadas eléctricamente. En el interior del reactor ITER, este plasma necesita alcanzar más de 150 millones de grados Celsius para que ocurra la fusión nuclear. Esta temperatura es aproximadamente diez veces superior a la del núcleo del Sol, y confinarla es el desafío de ingeniería que define toda la arquitectura del proyecto.

La solución encontrada fue el tokamak, un dispositivo en formato toroidal originalmente concebido por físicos soviéticos durante la Guerra Fría. Dentro del tokamak, bobinas superconductoras generan un campo magnético de intensidad colosal que mantiene el plasma flotando en el centro de la cámara, impidiendo cualquier contacto con las paredes metálicas. El campo magnético diseñado para el ITER será lo suficientemente potente como para suspender un portaaviones, una analogía que los propios ingenieros del proyecto utilizan para dar dimensión a la fuerza invisible que necesita contener una nube más caliente que cualquier estrella cercana.

El solenoide central: la pieza que faltaba en el reactor

El componente que completó el rompecabezas es el llamado solenoide central, desarrollado por el Oak Ridge National Laboratory, vinculado al Departamento de Energía de los Estados Unidos. La pieza tiene aproximadamente 18 metros de altura y 4,2 metros de ancho, compuesta por seis módulos independientes que pesan más de 122 toneladas cada uno. Son más de seis kilómetros de cables superconductores fabricados con una superaleación de niobio y estaño que recorren el interior de la estructura.

Estos cables superconductores operan a temperaturas criogénicas extremadamente bajas, condición que les permite conducir corrientes eléctricas gigantescas sin presentar resistencia. Es esta propiedad la que hace posible el campo magnético necesario para aprisionar el plasma en el corazón del reactor. Con la entrega del último módulo, el ITER completa la pieza central de su sistema magnético, y el proyecto avanza hacia la fase de montaje final que precede a las primeras pruebas operativas del tokamak con plasma real.

La meta de los 500 megavatios y el camino hacia la energía ilimitada

El objetivo técnico del reactor ITER es demostrar que la fusión nuclear puede producir significativamente más energía de la que consume. Los números proyectados son ambiciosos: generar 500 megavatios de energía térmica consumiendo solo 50 megavatios para calentar el plasma, una proporción de diez a uno que ningún experimento anterior ha logrado alcanzar. Si esta meta se logra, el ITER probará que la fusión nuclear es comercialmente viable, abriendo el camino para la construcción de centrales capaces de abastecer ciudades enteras con energía limpia.

El impacto potencial de este resultado trasciende la física. Una fuente de energía que no emite gases de efecto invernadero, no depende de condiciones climáticas y utiliza combustible abundante en los océanos representaría una transformación estructural en la matriz energética global. El plasma confinado por el campo magnético del reactor dejaría de ser un experimento y pasaría a ser la base de una nueva era energética, en la que la electricidad prácticamente infinita podría distribuirse sin huella de carbono. Los 22 mil millones de euros invertidos por las siete potencias serían, en este escenario, uno de los mejores retornos que la ciencia ha proporcionado a la humanidad.

Y tú, ¿crees que el reactor ITER logrará cumplir lo que promete? ¿Será la fusión nuclear realmente la energía del futuro o el plasma a 150 millones de grados seguirá confinado solo en los laboratorios? Deja tu comentario y dinos si este campo magnético multimillonario vale la inversión de las siete potencias.

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Maria Heloisa Barbosa Borges

Hablo sobre construcción, minería, minas brasileñas, petróleo y grandes proyectos ferroviarios y de ingeniería civil. Diariamente escribo sobre curiosidades del mercado brasileño.

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