A los 24 años, Tom Robinson partió de Perú en julio de 2022 en un barco de madera diseñado por él mismo. Fueron más de 260 días remando 13 mil kilómetros solo por el Pacífico hasta naufragar a pocos días de llegar al destino final.
La madrugada del 6 de octubre de 2023 casi terminó la historia de Tom Robinson de la peor forma posible. Solo en medio del océano Pacífico, el australiano de 24 años estaba aferrado al casco de su propio barco volcado, completamente desnudo, temblando de frío y sin saber si alguien vendría a rescatarlo. Meses antes, el 2 de julio de 2022, había dejado Perú en una embarcación de madera que había diseñado y construido con sus propias manos, decidido a realizar un sueño que llevaba desde los 14 años: convertirse en la persona más joven en cruzar el Pacífico a remo.
Lo que motivó la empresa no fue un impulso pasajero. Robinson creció a orillas del río Brisbane, en Australia, remando todos los días después de la escuela y devorando libros sobre marineros y exploradores. La decisión de atravesar el mayor océano del planeta nació frente a un espejo, aún adolescente, y lo transformó en un joven obsesionado con ese viaje. En una entrevista para el programa de radio Outlook, del Servicio Mundial de la BBC, conducida por el periodista Mobeen Azhar, recordó cada detalle del viaje que cambiaría su forma de ver la vida.
Un barco construido a mano y bautizado en lengua aborigen

Robinson quería el mayor desafío posible, y cruzar el Pacífico Sur representa básicamente la travesía oceánica a remo más larga que alguien puede emprender. Por eso, decidió que él mismo diseñaría y construiría el barco. Fueron sus dibujos los que se hicieron realidad, fueron sus manos las que dieron forma a la madera. Todo el viaje, según el propio aventurero, consistía en expresarse al máximo, y la construcción formaba parte de eso.
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El proyecto se basó en los barcos balleneros del siglo 18, que partían por el Pacífico para cazar ballenas. Una noche, leyendo un libro con los planos de esas embarcaciones, Robinson concluyó que ese era exactamente el tipo de barco que necesitaba. El razonamiento tenía lógica: el mar y las olas no han cambiado en 250 años, por lo que el modelo no requeriría adaptaciones. Le dio al barco el nombre de Maiwar, que en lengua aborigen significa «río Brisbane», un homenaje directo al lugar donde todo comenzó.
El precio emocional de una decisión radical
Preparar la mente para algo de esa magnitud era imposible, y Robinson lo sabía. Antes de partir, tomó medidas para garantizar que no extrañaría su hogar. La estrategia fue dura: cortar lazos y relaciones para estar totalmente en paz consigo mismo durante la travesía, sin la sensación de que debería estar en otro lugar por alguien. Para él, cualquier contacto con la vida anterior perjudicaría sus sentimientos a lo largo de toda la jornada.
La consecuencia más pesada de esta elección fue el fin de una relación. Robinson tenía una novia cuando decidió que la travesía tendría prioridad sobre todo, y terminó la relación antes de viajar. Fue, en sus palabras, una de las grandes tragedias del viaje, aunque ambos ya sabían que eso sucedería. Amigos y familiares tampoco lo visitarían en el camino. El viaje, en la definición del aventurero, comenzaba cuando él embarcara en el avión de Brisbane rumbo a Lima y solo terminaría al regresar a la misma ciudad.
De la euforia inicial a la lucha por la supervivencia

La comunidad del club náutico de Lima acudió para despedirse, había cámaras de televisión por todas partes y una banda naval peruana llegó a tocar canciones tradicionales mientras Robinson daba la primera de millones de remadas. Los primeros 75 días fueron pura felicidad, exactamente lo que había soñado: estar en su propio barco, en medio del Pacífico, pescando la cena y viviendo del océano.
El plan original preveía una parada en el archipiélago de las Marquesas, en la Polinesia Francesa, con llegada estimada en unos 100 días. Entonces un viento fortísimo del sureste sopló durante días seguidos y empujó el barco cada vez más hacia el norte, alejándolo del destino. Frente a una enorme carta náutica, Robinson buscó la isla habitada más cercana, ya que necesitaría quedarse atrapado en algún lugar durante la temporada de ciclones. Encontró Penrhyn, también llamada Tongareva, en las islas Cook, solo un punto en el mapa. A partir de ahí, comenzó a remar como loco, alrededor de 14 horas al día, solo para sobrevivir.
Penrhyn y un nuevo nombre en medio del océano
En el día 160 de viaje, después de remar casi 5 mil millas náuticas, Robinson finalmente avistó tierra y un barco repleto de gente se acercaba. La euforia era indescriptible. Los habitantes lo remolcaron por la laguna hasta Omoka, la ciudad más grande de la isla, con 140 habitantes y casas de ladrillos y hoja. Al desembarcar, se dio cuenta de que daba su primer paso en más de 150 días y, mareado, caminaba como un marinero ebrio, apoyado por hombres de la comunidad.
La recepción fue con los brazos abiertos. Uno de los ancianos de la ciudad se acercó para avisar que ese era el primer barco internacional en llegar allí en tres años y que Robinson había ganado un nuevo nombre. A partir de ese momento, pasaba a ser Mahuta Hoi Ho Asanga, expresión que en el idioma local significa «el guerrero que remó desde lejos». La despedida fue difícil, y Robinson afirma haber hecho allí amigos y familia para toda la vida. El contacto con esa gente, viviendo de forma tan diferente y en paz, lo llevó a cuestionar sus propias decisiones diarias.
La ola que lo puso todo patas arriba
Después de más de 260 días en el mar y cerca de 7 mil millas náuticas recorridas, Robinson creía estar a unos 50 días de realizar el sueño de infancia. Ese día, remó con tranquilidad y decidió recoger los remos un poco antes, entrando en la cabina. El calor intenso cerca del Ecuador lo llevó a cometer un error decisivo: dejar la escotilla abierta para no sentirse asfixiado. Estos barcos oceánicos están diseñados para enderezarse solos justamente por el aire atrapado en la cabina cerrada, y la apertura anulaba esa protección.
El desastre vino sin aviso. Acostado, pensando en la cena, Robinson escuchó un estruendo enorme y sintió el barco ser sacudido por una ola gigante que lo volcó completamente. La cabina se inundó en segundos. Sin alternativa, nadó por la escotilla entreabierta y se aferró al costado de la embarcación volcada. Intentó enderezarla con una cuerda, pero el peso hizo la tarea imposible. Recuperó el transpondedor de emergencia buceando por debajo del barco, lo ató a la muñeca y subió al casco, donde se aferró, desnudo y temblando, consciente de que nada podría resolverse durante la noche.
Catorce horas entre la desesperación y la esperanza
Fueron cerca de 14 horas aferrado al casco volcado, y muchas cosas pasaron por la mente del joven. Al principio, solo pesimismo: la sensación de que no solo el viaje, sino la propia vida había llegado a su fin. El pensamiento era angustiante, hasta que Robinson cambió de perspectiva y trató la situación como otro contratiempo a superar. Al fin y al cabo, toda la travesía había consistido en vencer dificultades, y no había razón para no atravesar también esa noche.
La estrategia fue la misma que lo sostuvo en el mar: pequeñas metas. El gran objetivo pasó a ser soportar hasta el amanecer y ver el nacimiento de la luna, que él decidió que sería el más bello de su vida. El transpondedor emitía pitidos y destellos, pero Robinson no tenía idea de si alguien lo buscaba. Cuando el horizonte al este cambió la oscuridad total por un tono púrpura que se aclaraba poco a poco, tuvo la fuerte sensación de que todo estaría bien. Poco después de que el sol saliera, avistó un punto negro a la distancia y supo que el viaje había llegado a su fin.
Un crucero, cientos de cámaras y el rescate
El punto negro que Robinson imaginó ser un carguero rumbo a China resultó ser un barco de crucero de la empresa P&O. No pudo evitar reír, y solo entonces se dio cuenta de su propia desnudez. Mientras la embarcación se acercaba, cientos de pasajeros se aglomeraban en las cubiertas, armados con cámaras con grandes objetivos y binoculares, registrando la escena improbable de aquel joven en el diminuto bote de remos.
El capitán maniobró el barco con habilidad hasta que el pequeño Maiwar tocó el costado, bajo olas que subían y bajaban por el casco. Robinson tuvo que dar un voto de confianza, abandonar el bote de remos y saltar a una escalera de cuerda bajada por la tripulación. Reunió fuerzas para subir y fue recibido por un corredor lleno de tripulantes y empleados que lo miraban tan atónitos como él mismo. La situación, según el aventurero, era absolutamente surrealista.
Un récord mundial y un vacío difícil de llenar
Aunque no completó el viaje hasta el destino final, Robinson había cruzado suficiente océano para recibir del Guinness el récord de la persona más joven en atravesar el Pacífico a remo. El sueño de infancia estaba, de cierta forma, realizado. Los restos dañados del Maiwar fueron encontrados meses después en la costa de una isla de Papúa Nueva Guinea. Pero la conquista vino acompañada de un peso inesperado.
Los 12 meses siguientes al regreso fueron, según él, el período más difícil de toda su vida. Retomar el ritmo normal se mostró imposible, y haber realizado algo tan importante dejó un vacío enorme. Robinson llegó a preguntarse si el viaje había valido la pena, pero terminó aceptándolo de la misma forma que aceptaba cada día de remadas. Hoy, ha vuelto a trabajar, construyó un pequeño negocio y sigue construyendo barcos. Aun así, una pregunta lo persigue: cuándo podrá volver al mar.
La travesía también le dejó algo que él describe como raro y bonito. Cerca del 120º día, sintió un brillo interior que, en sus palabras, irradiaba por todo el mundo, dos o tres días de paz absoluta que algunos llamarían nirvana. Robinson cree que tal vez nunca vuelva a sentir aquello, pero guarda la certeza de que ese estado es posible.
¿Y tú, enfrentarías una travesía solitaria como la de Tom Robinson o crees que este tipo de aventura cobra un precio demasiado alto? Cuéntanos aquí en los comentarios qué harías en su lugar.

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