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¿Te Atreverías a Vivir y Trabajar en la Antártida? Bases del Reino Unido y de EE. UU. Están Reclutando «Gente Común», Con Vacantes de Electricista, Carpintero, Chef e Incluso Peluquero, en un Continente de Frío Brutal, Rutina Intensa y Aislamiento Total.

Publicado el 24/02/2026 a las 11:40
Actualizado el 24/02/2026 a las 11:44
Antártida abre vagas para trabalhar na Antártida em bases de pesquisa como Halley VI do British Antarctic Survey com rotina extrema e isolamento.
Antártida abre vagas para trabalhar na Antártida em bases de pesquisa como Halley VI do British Antarctic Survey com rotina extrema e isolamento.
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Reino Unido y EE. UU. reclutan para la Antártida profesionales fuera de la ciencia: electricistas, carpinteros, chefs, fontaneros, médicos y hasta peluqueros. Los salarios británicos comienzan en £31.244, con viaje y alojamiento. En bases como Halley VI, frío de -40°C, luz continua y dormitorios compartidos moldean la rutina y la convivencia sin descanso semanal.

La Antártida volvió a aparecer en el radar de quienes nunca se imaginaron en un laboratorio: bases británicas y estadounidenses están abriendo espacio para profesionales operativos que mantienen una estación viva cuando el hielo dicta las reglas. De acuerdo con el portal de g1, no es una “expedición turística” disfrazada de empleo: es trabajo de verdad, con rutina intensa, protocolos rígidos y convivencia sin escapatoria.

En el centro de este engranaje está una pregunta que casi nadie hace en voz alta antes de postularse: ¿qué pesa más, el frío brutal o el aislamiento total? Entre salarios pagados en libras, alojamiento cubierto y la promesa de un escenario único, la experiencia coloca a personas comunes frente a un ambiente donde lo básico (sueño, privacidad, silencio) se convierte en lujo.

Un reclutamiento que no es para científicos, pero tampoco es “cualquier empleo”

La mayoría de los empleados británicos en la Antártida van allí durante el verano del continente — Foto: BAS

Cuando una estación de investigación funciona en el límite del planeta, depende menos del glamour del descubrimiento y más de lo que nadie ve: mantenimiento, alimentación, energía, agua, salud y seguridad.

Por eso, tanto el British Antarctic Survey (BAS) como el programa estadounidense reclutan profesionales de áreas prácticas para “ir al sur”, incluidos electricistas, carpinteros, fontaneros, chefs, paramédicos, médicos y hasta peluqueros. La Antártida necesita gente que resuelva problemas antes de que se conviertan en riesgos.

En el caso británico, el BAS administra cinco estaciones y recluta hasta 150 nuevos profesionales al año. La composición del equipo llama la atención: las funciones científicas y de ingeniería especializada sustentan la investigación, pero cerca del 70% de las vacantes son operativas, justo las que mantienen el calefacción, alimentación, comunicación e infraestructura funcionando con previsibilidad, incluso cuando el ambiente es impredecible.

Halley VI: la base sobre hielo en movimiento y la logística de mantener todo funcionando

La estación Halley VI, dirigida por Dan McKenzie, da una medida real de lo que significa trabajar en la Antártida.

A los 38 años, después de una trayectoria en lugares remotos y una carrera anterior como ingeniero naval, describe la función como la más aislada y desafiante. Dirigir una base no es solo comandar: es impedir que pequeños problemas se conviertan en emergencias.

En el verano antártico, la Halley VI opera con un equipo de alrededor de 40 personas, en una temporada que va de noviembre a mediados de febrero.

Está instalada en la plataforma de hielo Brunt, una vasta masa de hielo que se desprendió del continente y flota en el océano, moviéndose a un ritmo de 400 metros por año.

Este detalle no es solo curioso: condiciona la planificación, posicionamiento, seguridad y la forma en cómo la infraestructura está pensada para existir sobre un “suelo” que se desplaza.

La misión de la Halley VI incluye la recolección de datos espaciales y atmosféricos y el monitoreo del agujero en la capa de ozono.

Solo que esta investigación depende de tareas diarias que recuerdan cualquier ciudad, con un agravante: no hay asistencia externa rápida.

El jefe de estación es responsable de suministros, protocolos de salud y seguridad, capacitación de equipo y gestión de incidentes, además de mediar conflictos y apoyar emocionalmente a quienes sienten el peso del aislamiento.

Frío brutal, luz sin fin y luego oscuridad: el cuerpo necesita reaprender la rutina

El clima en la Antártida no es solo un número en el termómetro; es un factor que reorganiza el día. En un día de verano, McKenzie habló con temperatura de -15°C, describiendo que “menos cinco” sería el máximo que suele ocurrir, con posibilidad de caer hasta -40°C y media en torno a -20°C.

Incluso lo “tolerable” en la Antártida es extremo para estándares comunes, y eso se traduce en capas de ropa, equipos adecuados y reglas de exposición.

El verano, sin embargo, trae un desafío que parece contradictorio: la luz del día ininterrumpida. El ciclo natural se distorsiona y el atardecer puede durar semanas. Esto afecta el sueño, el estado de ánimo y la percepción del tiempo, especialmente en ambientes de trabajo que operan en escala de siete días.

El cuerpo intenta imponer un reloj biológico, pero el paisaje no coopera, exigiendo disciplina para mantener la rutina y la salud.

Cuando el verano termina, la experiencia se convierte en otra cosa. Alrededor de 50 personas permanecen durante el invierno, cuando el continente se sumerge en la oscuridad.

Para muchos, este es el punto de giro: menos gente, menos movimiento, más silencio y una sensación paradójica de libertad, no porque haya más opciones, sino porque el mundo exterior desaparece casi por completo.

Convivencia intensa: el “estrés positivo” y el riesgo invisible de los conflictos

Entre frío y tormentas, el factor que más desgasta no siempre es físico. Mariella Giancola, directora de Recursos Humanos del BAS, señala que la convivencia constante y la rutina estructurada suelen generar más dificultades de las que el clima.

Ella compara la experiencia a “volver a la universidad”: dormitorios compartidos, poca privacidad, reglas claras y la percepción de que alguien está siempre cerca. En la Antártida, la intimidad no es una elección; es una condición.

El psicólogo clínico Duncan Precious, con experiencia en fuerzas armadas británicas y australianas, refuerza esta idea desde otro ángulo: incluso con riesgo físico elevado, la dinámica social puede ser aún más problemática, porque los conflictos persistentes en un ambiente cerrado son difíciles de reparar y controlar.

Al mismo tiempo, observa que quienes se sienten atraídos por este tipo de trabajo tienden a prosperar bajo “estrés positivo”, similar a lo que sucede con perfiles que eligen la vida militar: personas que funcionan bien con misión, rutina y reglas.

En la práctica, esto significa que la habilidad técnica no es suficiente. Saber hacer una instalación eléctrica, cocinar para decenas o mantener sistemas funcionando es esencial, pero lidiar con la fricción humana es parte del paquete.

El propio jefe de estación relata situaciones comunes de cualquier ambiente laboral: malentendidos, días difíciles, noticias difíciles de casa, solo que amplificadas por un detalle brutal: no existe “irse para calmar la cabeza”.

Lo que el BAS busca y cómo el proceso selectivo intenta prever el invierno social

El BAS no trata la ida a la Antártida como una simple contratación para “lugar remoto”. Hay pruebas orientadas a la capacidad de lidiar con conflictos y resolver problemas, seguidos de un riguroso entrenamiento previo.

La lógica es directa: en un lugar donde la logística es limitada y las rutas de apoyo son complejas, prevenir es más seguro que remediar. La selección intenta medir temperamento tanto como competencia.

Las condiciones de vida forman parte del filtro, incluso antes del contrato: los alimentos frescos son escasos, el consumo de alcohol es limitado y el alojamiento incluye dormitorios compartidos.

La escala de trabajo en siete días también cambia la percepción de descanso y vida personal. A cambio, el BAS ofrece un paquete que incluye viaje, alojamiento, alimentación y equipos apropiados para las temperaturas extremas, con salarios a partir de £ 31.244 por año.

Otro aspecto relevante es entender que la temporada tiene inicio, medio y fin, y eso impacta las expectativas.

McKenzie, por ejemplo, comenzó en la Antártida en 2019 como ingeniero de mantenimiento mecánico en la estación Rothera, a unos 1.600 km de la Halley VI, antes de asumir la dirección.

Parte del equipo regresa al Reino Unido hasta finales de mayo, y, en el resto del año, se queda basado en la sede del BAS, en Cambridge. Esta alternancia crea ciclos de adaptación: volver a casa puede ser tan desafiante como ir.

Por qué tanta gente acepta ir: investigación ambiental, fauna y una sensación rara de “vida concentrada”

A pesar de las exigencias, la Antártida atrae por motivos que no caben en una lista de beneficios. McKenzie describe la satisfacción de contribuir a la investigación ambiental y admite que la adaptación puede comenzar mal: compartir habitación, enfrentar clima desagradable y pensar, en el primer mes, que tal vez “no es para mí”. El giro, para algunos, llega cuando el lugar deja de ser solo duro y pasa a ser extraordinario.

Él cita experiencias que pocos tendrán en la vida: ver ballenas, focas, islas en paseos en barco, pequeños vuelos en aeronaves ligeras y, en uno de los años, una colonia de pingüinos emperadores.

No se trata de romantizar lo cotidiano porque lo cotidiano sigue siendo exigente, sino de reconocer que la Antártida ofrece momentos que reconfiguran la percepción de trabajo, tiempo y propósito.

En el panorama más grande, hay una dimensión colectiva: alrededor de 5.000 personas trabajan en la Antártida durante los meses de verano, distribuidas en 80 estaciones de investigación operadas por aproximadamente 30 países. Esto ayuda a entender por qué existen y se renuevan las vacantes operativas: el continente no “se detiene” en verano, acelera.

Y para que la ciencia ocurra, alguien debe garantizar que luz, calor, comida, agua, comunicación y seguridad estén de pie.

Conclusión: la valentía no es solo soportar el frío, es aguantar la propia rutina sin fuga

La Antártida no selecciona solo por currículum; expone hábitos, límites y la forma en que cada uno reacciona cuando el mundo se convierte en un corredor, un comedor y un dormitorio compartido.

El frío puede ser el primer choque, pero la convivencia continua suele ser la prueba más larga. Y, aun así, hay quienes regresan diciendo que nunca se sintieron tan libres, precisamente porque la vida se vuelve intensa, concentrada y sin distracciones fáciles.

Si tuvieras la oportunidad de trabajar en la Antártida, ¿cuál sería el punto decisivo: compartir habitación durante meses, trabajar en escala de siete días, pasar semanas con luz constante o enfrentar el invierno de oscuridad con un grupo pequeño?

Y, más personal aún: ¿qué tipo de profesional serías cuando el aislamiento se convierte en rutina: el que resuelve, el que cuida, o el que necesita ser cuidado?

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Maria Heloisa Barbosa Borges

Falo sobre construção, mineração, minas brasileiras, petróleo e grandes projetos ferroviários e de engenharia civil. Diariamente escrevo sobre curiosidades do mercado brasileiro.

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