Investigaciones genéticas y arqueológicas revelaron cómo antiguas comunidades agrícolas desaparecieron en partes de Europa hace unos 5 mil años.
Análisis de ADN antiguo, tumbas abandonadas y cambios ambientales muestran que epidemias, migraciones y retracción de la agricultura transformaron profundamente regiones como la Cuenca de París y Escandinavia durante el declive neolítico.
Entre cerca de 3300 a.C. y 2900 a.C., el norte de Europa experimentó una reducción significativa de poblaciones agrícolas que ocupaban regiones como la Cuenca de París y partes de Escandinavia, en un proceso que alteró profundamente antiguas estructuras sociales y modos de ocupación.
Al mismo tiempo, análisis recientes de ADN antiguo, evidencias arqueológicas y registros ambientales comenzaron a indicar que epidemias, retracción de la agricultura, reorganización comunitaria y migraciones contribuyeron a transformar estas sociedades hace aproximadamente 5 mil años.
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En la Cuenca de París, la tumba megalítica de Bury, situada a unos 50 kilómetros al norte de la capital francesa, se convirtió en uno de los principales vestigios utilizados para reconstruir esta fase de transformación poblacional observada por arqueólogos y genetistas.
Allí, los investigadores identificaron dos fases distintas de uso funerario, interrumpidas por un intervalo de casi 200 años sin enterramientos, período que coincide justamente con la retracción poblacional registrada en diferentes áreas del noroeste europeo.
ADN antiguo reveló cambio poblacional en la Cuenca de París
Al analizar el material genético de individuos enterrados en Bury, los investigadores identificaron un cambio profundo entre los grupos humanos asociados a las dos fases de ocupación registradas en el monumento funerario.
Antes del declive poblacional, los enterramientos estaban ligados a una comunidad diferente de aquella que volvió a utilizar la tumba siglos después, ya en un contexto de reorganización social y ocupación más dispersa del territorio.
En la segunda fase, los individuos presentaban ascendencia ligada a poblaciones neolíticas provenientes del sur, con fuerte conexión con la Península Ibérica.
El descubrimiento indica que la región no fue solo reocupada por los mismos descendientes locales, sino que recibió nuevos grupos tras el debilitamiento de las antiguas comunidades agrícolas.
Esta sustitución también aparece en los rituales funerarios y en las relaciones familiares observadas en el sitio.
La primera fase muestra estructuras de parentesco más concentradas, mientras que la fase posterior revela otra organización social, sugiriendo cambios en el modo en que estas poblaciones vivían, enterraban a sus muertos y mantenían vínculos comunitarios.
Abandono agrícola permitió avance de los bosques
Además de las evidencias genéticas, los registros ambientales también refuerzan la hipótesis de una reducción poblacional amplia y prolongada en diferentes regiones del noroeste europeo durante el fin del período neolítico.
En diversas áreas anteriormente ocupadas por agricultores y pastores, estudios apuntan a la retracción del cultivo agrícola y al avance gradual de los bosques sobre territorios que antes eran intensamente explotados por las comunidades humanas.
Este retorno de la vegetación no significa un simple desplazamiento local, sino una interrupción más profunda de la ocupación humana en determinados territorios.
Con menos personas trabajando la tierra, campos agrícolas fueron abandonados, asentamientos perdieron continuidad y prácticas culturales asociadas al Neolítico tardío entraron en declive.
La construcción y el uso de tumbas megalíticas también disminuyeron en este período.
Estos monumentos, que dependían de organización colectiva y estabilidad social, dejaron de ser erigidos o usados en varias regiones, lo que sugiere una crisis que afectó tanto a la demografía como a las formas de vida comunitaria.
Enfermedades infecciosas pueden haber acelerado el declive neolítico
En los análisis genéticos realizados en restos humanos del período, los investigadores identificaron vestigios de agentes infecciosos, incluyendo Yersinia pestis, bacteria asociada a la peste, y Borrelia recurrentis, relacionada con la fiebre recurrente.
Con esto, ganó fuerza la hipótesis de que brotes epidémicos puedan haber desempeñado un papel importante en el declive de estas poblaciones, aunque los especialistas resaltan que las enfermedades, por sí solas, no explican toda la dimensión de la crisis.
Estudios anteriores con restos humanos de Escandinavia también encontraron señales de peste en comunidades neolíticas.
En algunos casos, la presencia del patógeno apareció en diferentes generaciones, lo que llevó a los investigadores a considerar la posibilidad de brotes sucesivos en poblaciones ya presionadas por otros factores.
Aun así, los especialistas tratan el colapso como un fenómeno multifactorial.
La combinación de enfermedades, caída en la producción agrícola, cambios ambientales y posible disputa por recursos habría aumentado la vulnerabilidad de estas comunidades, haciendo la recuperación demográfica más difícil.
Migraciones transformaron antiguas comunidades europeas
Tras el período de retracción demográfica, diferentes movimientos poblacionales comenzaron a alterar la composición humana de varias regiones del continente europeo a lo largo de los siglos siguientes.
En la Cuenca de París, por ejemplo, grupos con ascendencia ligada al sur de Europa y a la Península Ibérica ocuparon áreas que anteriormente eran habitadas por antiguas comunidades agrícolas locales.
En Escandinavia y en otras partes de Europa, poblaciones relacionadas con las estepas póntico-caspias ganaron presencia en los siglos siguientes.
Estas migraciones no ocurrieron de forma aislada.
Ellas se insertan en un escenario de fuerte transformación social, en el cual antiguas redes de parentesco, prácticas funerarias y tradiciones agrícolas perdieron espacio para nuevas formas de organización.
El caso de Bury ayuda a mostrar que la desaparición de poblaciones neolíticas no fue necesariamente un evento único y repentino.
La evidencia apunta a un proceso prolongado, con interrupciones, abandono de territorios, llegada de nuevos grupos y reconstrucción gradual de comunidades en áreas antes vaciadas.
Tumba de Bury preservó señales de una crisis demográfica antigua
Gran parte de la relevancia arqueológica de la tumba de Bury está relacionada con la secuencia histórica preservada en el sitio funerario a lo largo de diferentes fases de ocupación humana.
En este contexto, el intervalo sin sepulturas funciona como una marca concreta de la crisis poblacional, mientras que el ADN de los individuos enterrados antes y después de ese período muestra que la población posterior no representaba una continuidad directa de la anterior.
Al reunir genética, arqueología y datos ambientales, los investigadores logran observar una transición rara en detalle.
El lugar muestra el debilitamiento de un grupo, el abandono temporal de una práctica funeraria y la llegada de personas con otro origen ancestral, en un momento de reorganización profunda de la Europa prehistórica.
El descubrimiento también ayuda a explicar por qué tantas tumbas megalíticas dejaron de ser usadas al final del cuarto milenio antes de Cristo.
Sin estabilidad poblacional y con comunidades reducidas o desplazadas, los grandes proyectos colectivos perdieron función social y capacidad de continuidad.
El declive neolítico, por lo tanto, no representa solo la desaparición misteriosa de poblaciones antiguas.
Revela una crisis demográfica y cultural marcada por enfermedades, cambios ambientales, abandono agrícola y migraciones, cuyos efectos alteraron la composición humana de regiones enteras de Europa.

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