¿Sabías que la viruela mató a 300 millones de personas en el siglo XX? Entiende cómo vencimos a este enemigo invisible con la fuerza de la vacunación.
Imagina que tienes una pila de arroz muy grande frente a ti. Cada grano representa a una persona que nació entre 1901 y el año 2000. Son 10 mil millones de personas. La mitad de ellas aún está viva. La otra mitad, 5 mil millones, ya no está. Y buena parte de esas muertes, sorprendentemente, podrían haberse evitado con la medicina que tenemos hoy.
Entre enfermedades cardíacas, cáncer, accidentes y guerras, hubo una causa de muerte que marcó profundamente el siglo XX: las enfermedades infecciosas. Solo ellas mataron alrededor de 1,5 mil millones de personas en el siglo pasado. Y entre estas enfermedades, una se destacó como la más cruel y letal: la viruela. Solamente, se llevó la vida de aproximadamente 300 millones de personas. Más que cualquier guerra o catástrofe natural en la historia.
¿Y lo más sorprendente? Hoy en día no necesitamos preocuparnos más por ella.
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La viruela: una amenaza que duró milenios
La viruela no hacía distinciones. Mataba a faraones, reyes y personas comunes. Una vez infectada, la persona presentaba fiebre, dolor de cabeza, vómitos y, en pocos días, el cuerpo se cubría de ampollas de pus. Una de cada tres personas moría. Y entre los que sobrevivían, muchos quedaban ciegos o con la cara desfigurada para el resto de sus vidas.
Tenemos registros de la enfermedad desde el antiguo Egipto; el faraón Ramsés V, por ejemplo, fue encontrado momificado con marcas en la cara que coinciden con los síntomas de la viruela.
Cuando los colonizadores europeos llegaron a América en el siglo XVI, trajeron el virus con ellos. Para los pueblos indígenas, que nunca habían tenido contacto con este tipo de enfermedad, el impacto fue devastador. Se estima que alrededor del 90% de la población nativa murió debido a infecciones como la viruela. Fue un verdadero genocidio biológico.

El inicio del cambio: ciencia y coraje
Durante siglos, las personas notaron algo curioso: quienes contraían viruela una vez, no la contraían de nuevo. En China, alrededor del año 1000, ya existía una práctica llamada variolación, donde costras de la herida de alguien que había tenido la enfermedad eran inhaladas o insertadas en la piel de otra persona sana. Era una forma de intentar desarrollar inmunidad, y aunque funcionaba en algunos casos, también era bastante arriesgada, ya que podía causar la enfermedad misma.
Pero fue en el siglo XVIII cuando las cosas comenzaron a cambiar de verdad. El médico inglés Edward Jenner observó que las mujeres que trabajaban con vacas, y contraían una versión más leve de la viruela, la llamada viruela bovina, parecían volverse inmunes a la versión más grave de la enfermedad.
En 1796, realizó un experimento que cambió la historia. Tomó el pus de una mujer infectada con viruela bovina y lo aplicó en un niño de 8 años, llamado James Phipps. El niño tuvo síntomas leves y pronto se recuperó. Meses después, Jenner lo expuso a la viruela humana, y no pasó nada. Estaba inmune.
Así nació la primera vacuna de la historia. Y, de hecho, es de ahí de donde viene el nombre: “vacuna” proviene del latín vacca, debido al origen bovino de la inmunización.
Un plan audaz para acabar con la enfermedad
Con el tiempo, la vacunación contra la viruela comenzó a expandirse. A principios del siglo XX, muchos países ya tenían campañas regulares de inmunización. Y en 1950, la Organización Panamericana de la Salud logró eliminar la enfermedad en casi toda América, con la excepción de países como Brasil, Argentina, Colombia y Ecuador, donde existían comunidades más aisladas, de difícil acceso.
Fue entonces que, en 1958, un médico soviético llamado Viktor Zhdanov propuso a la Organización Mundial de la Salud algo impensable: erradicar la viruela del planeta entero. En ese momento, aún existían 50 millones de casos al año.
El mundo aceptó el desafío. La campaña de vacunación global fue una de las mayores movilizaciones de la historia de la salud. Médicos y voluntarios fueron enviados a los lugares más remotos del planeta. Aldeas fueron visitadas en barco, en avión, a pie. Cada brote era rodeado con vacunación masiva, creando un «muro inmunológico» alrededor de la enfermedad.
Y funcionó.
En octubre de 1977, el último caso natural de viruela mortal fue registrado en Somalia. En diciembre de 1979, la viruela fue oficialmente erradicada del mundo. Es, hasta hoy, la única enfermedad humana que hemos logrado eliminar completamente.
¿Qué significa esto?
Parece normal vivir en un mundo donde no necesitas preocuparte por la viruela. Pero hace menos de 100 años, era casi seguro que conocías a alguien que había tenido la enfermedad — y tal vez incluso habías perdido a alguien querido a causa de ella.
La victoria contra la viruela solo fue posible gracias a la ciencia, la colaboración internacional y la increíble invención de las vacunas. Gracias a ellas, el sistema de salud pudo dirigir sus esfuerzos hacia otras enfermedades, como el cáncer y los problemas cardíacos, que hoy son las principales causas de muerte.
Y ni siquiera Edward Jenner, quien comenzó todo esto, sabía exactamente cómo funcionaba la inmunidad. Fue solo muchos años después que los científicos entendieron que nuestro cuerpo tiene un sistema de defensa que «memorizaba» a los invasores y se preparaba para atacarlos en caso de que volvieran. Las vacunas funcionan como un entrenamiento: presentan una versión debilitada o inofensiva del virus para que nuestro cuerpo aprenda a combatirlo sin tener que enfermarse.
Un recordatorio necesario
En tiempos de fake news, desinformación y miedo infundado sobre las vacunas, vale la pena recordar: las vacunas salvan vidas. Son, quizás, el mayor invento de la medicina moderna. Y la erradicación de la viruela es prueba viva de ello.
La próxima vez que te vacunes o lleves a alguien a vacunarse, recuerda: estás participando de uno de los mayores logros de la historia de la humanidad. Gracias a las vacunas, vivimos en un mundo donde enfermedades que mataban millones se convirtieron en solo capítulos de un libro de historia.
Y qué bueno que sea así.


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