Indicadores tradicionales de CI muestran señales de caída entre jóvenes, pero especialistas señalan que pruebas antiguas miden solo parte de la inteligencia humana en un mundo transformado por tecnología, nuevas competencias profesionales y cambios profundos en la forma de aprender, trabajar y relacionarse.
La caída en algunos resultados promedio de pruebas cognitivas reavivó el debate sobre inteligencia entre los jóvenes, pero la idea de que la Generación Z estaría simplemente “más tonta” no encuentra suficiente respaldo en los estudios disponibles.
Lo que las investigaciones indican, de manera más específica, es que parte de los indicadores tradicionales de CI dejó de crecer al ritmo observado a lo largo del siglo XX y, en algunos países, comenzó a caer.
Conocido como reversión del efecto Flynn, el fenómeno describe la interrupción o la inversión de la tendencia histórica de aumento de las puntuaciones en pruebas de inteligencia a lo largo de las generaciones.
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En 2018, un estudio publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences analizó datos de hombres noruegos nacidos entre 1962 y 1991 e identificó avance hasta la cohorte de 1975, seguido de caída en los grupos posteriores.
Conducida por Bernt Bratsberg y Ole Rogeberg, la investigación no atribuyó el cambio a factores genéticos, lo que hace inadecuada cualquier conclusión simple sobre pérdida natural de capacidad intelectual.
Por el contrario, los autores señalaron que las variaciones observadas también aparecen dentro de las familias, reforzando la influencia de factores ambientales, como educación, repertorio cultural y formas de exposición a estímulos cognitivos.
Caída en el CI no significa caída general de inteligencia
Transformar un dato técnico en diagnóstico generacional es una lectura apresurada, especialmente cuando las pruebas de CI evalúan solo parte de las capacidades asociadas al desempeño intelectual.
Las pruebas de CI miden determinadas habilidades, como razonamiento lógico, memoria, lenguaje y resolución de problemas estandarizados, pero no pueden capturar toda la complejidad de la inteligencia humana en contextos reales.
Este límite importa porque los instrumentos clásicos de evaluación cognitiva nacieron en otro momento histórico, cuando escuela, trabajo, comunicación y acceso a la información funcionaban de manera muy diferente.
Asociado a Alfred Binet y Théodore Simon, la prueba creada a principios del siglo XX buscaba evaluar desempeño intelectual en tareas específicas, no resumir todas las competencias de una persona en un número definitivo.
A lo largo de las décadas, el CI ganó peso en escuelas, procesos selectivos e investigaciones académicas, convirtiéndose en una referencia importante para medir determinadas capacidades cognitivas.
Aun así, la evolución del trabajo y de la educación mostró que el desempeño humano involucra habilidades más amplias, incluyendo comunicación, adaptación, creatividad, autocontrol y capacidad de cooperación.
Por eso, la discusión sobre la Generación Z exige cautela, ya que los jóvenes nacidos en un entorno digital pueden tener un desempeño menor en ciertas tareas tradicionales y desarrollar competencias en otras áreas.
Entre estas habilidades están la navegación en redes, creación de contenido, lectura de interfaces, colaboración remota y respuesta rápida a cambios, capacidades poco representadas en los modelos clásicos de evaluación.
El mercado laboral valora habilidades más allá del CI
La transformación del mercado laboral ayuda a explicar por qué las comparaciones entre generaciones no pueden depender solo de pruebas estandarizadas o de indicadores aislados.
En el Informe sobre el Futuro de los Empleos 2025, el Foro Económico Mundial señala que el pensamiento analítico sigue siendo la habilidad central más demandada por los empleadores, considerada esencial por siete de cada diez empresas encuestadas.
Además de este punto, el mismo informe sitúa la resiliencia, flexibilidad, agilidad, liderazgo e influencia social entre las principales competencias valoradas en el entorno profesional contemporáneo.
Estas habilidades no sustituyen el conocimiento técnico, pero indican que las empresas buscan profesionales capaces de interpretar problemas, lidiar con presión, colaborar y aprender continuamente en entornos afectados por automatización e inteligencia artificial.
Con este escenario, una eventual caída en índices medios de CI no puede ser interpretada automáticamente como un empobrecimiento absoluto de la capacidad humana.
En la práctica, las organizaciones han comenzado a combinar criterios técnicos y comportamentales para evaluar el desempeño, especialmente en funciones que exigen adaptación rápida y toma de decisiones en contextos inciertos.
La inteligencia artificial también cambia el peso relativo de ciertas competencias, ya que cálculos, búsquedas, resúmenes y tareas repetitivas pueden ser ejecutados por sistemas automatizados en pocos segundos.
Mientras tanto, el juicio, creatividad aplicada, negociación, empatía y lectura de contexto siguen dependiendo de capacidades humanas difíciles de estandarizar y aún más difíciles de sustituir por completo.
La Generación Z creció conectada y cambió la forma de aprender
Crecida en un entorno de acceso constante a la información, la Generación Z desarrolló formas de aprendizaje diferentes a las observadas en períodos anteriores.
Antes incluso de entrar en el mercado laboral, muchos jóvenes ya producen videos, administran perfiles, participan en comunidades digitales, aprenden por plataformas en línea e interactúan con personas de diferentes países.
Aunque estas experiencias no aparezcan directamente en una prueba tradicional de CI, pueden desarrollar repertorios de comunicación, noción de audiencia y capacidad de adaptación visual.
También se incluyen en este conjunto la respuesta a retroalimentación, el dominio de lenguajes digitales y la familiaridad con herramientas usadas en sectores como tecnología, marketing, educación, juegos y economía creativa.
Este diagnóstico, sin embargo, no elimina preocupaciones legítimas con lectura, concentración y rendimiento académico, especialmente cuando aparecen asociadas a cambios de hábito, exceso de pantallas y desigualdades educativas.
La caída en indicadores ligados al aprendizaje formal merece atención de familias, escuelas y gestores públicos, sin que esto se convierta en una etiqueta simplista contra toda una generación.
El punto central es evitar una conclusión automática, pues una generación puede presentar fragilidades en ciertas métricas y demostrar fuerza en competencias poco valoradas cuando se crearon las pruebas clásicas.
En este sentido, el debate gana calidad cuando se reconoce que diferentes ambientes desarrollan diferentes habilidades, sin transformar cada variación de rendimiento en señal definitiva de avance o decadencia intelectual.
La educación necesita medir más que memorización
En la educación, el dilema se repite de forma directa, porque evaluar solo respuestas estandarizadas puede dejar fuera talentos ligados a la colaboración, creatividad y resolución práctica de problemas.
También quedan menos visibles competencias como liderazgo, pensamiento espacial, expresión artística e inteligencia emocional, que influyen en trayectorias académicas y profesionales incluso cuando no aparecen en pruebas tradicionales.
Esto no significa abandonar métricas académicas, ya que lectura, escritura, razonamiento matemático y concentración continúan siendo esenciales para cualquier trayectoria educativa consistente.
El desafío está en combinar estas bases con instrumentos capaces de reconocer otras dimensiones del desarrollo humano, sin reducir toda la formación a índices numéricos.
Cuando el debate público reduce la cuestión a “jóvenes más tontos”, se pierde la oportunidad de discutir con precisión lo que realmente ha cambiado en la forma de aprender y trabajar.
Hay señales de alerta en indicadores cognitivos, pero también hay evidencias de que el trabajo ha pasado a exigir competencias más amplias que aquellas capturadas por pruebas creadas para otra época.
Más que comparar generaciones por un único número, el debate más preciso implica saber si escuelas, empresas y familias están preparadas para equilibrar habilidades cognitivas tradicionales con competencias humanas valoradas por la economía digital.

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