En el punto más frío y remoto del planeta, el Polo Sur, un observatorio llamado IceCube ha transformado más de un kilómetro y medio de hielo antártico en un gigantesco detector para cazar las partículas más fantasmagóricas del universo y descubrir si la gravedad obedece a las extrañas reglas de la física cuántica.
De todos los instrumentos científicos que existen, el IceCube quizás sea el más improbable. En lugar de ser una máquina construida en laboratorio, utiliza el propio hielo de la Antártida como parte del equipo. Allí en el fondo, a más de un kilómetro y medio de profundidad, hay miles de sensores ópticos congelados dentro del hielo, esparcidos por un volumen inmenso, todos vigilando la oscuridad a la espera de un destello rarísimo.
Lo que estos sensores buscan son los neutrinos, apodados partículas-fantasma por una buena razón. Atraviesan prácticamente todo sin dejar rastro, pasando por planetas enteros como si fueran aire. Cada segundo, miles de millones de ellos cruzan tu cuerpo sin que sientas nada. Justamente por ser tan esquivos, capturarlos es uno de los mayores desafíos de la física, y requiere un detector del tamaño de una montaña.
Y vale entender de dónde vienen estos mensajeros invisibles. Los neutrinos de altísima energía que el IceCube busca no nacen aquí cerca, son lanzados por los eventos más violentos del universo, como explosiones de estrellas, el entorno de agujeros negros gigantes y fenómenos que liberan más energía en segundos que el Sol en miles de millones de años. Al atravesar el cosmos casi sin ser perturbados, llegan hasta nosotros cargando información intacta sobre esos cataclismos distantes, algo que la luz común, fácilmente bloqueada por polvo y gas, no siempre puede traer. Captar un neutrino de estos es recibir noticias de primera mano de un rincón remoto y extremo del universo, algo imposible de obtener de cualquier otra forma.
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Por qué usar hielo como instrumento
La idea detrás del IceCube es genial en su audacia. Como los neutrinos casi nunca interactúan con la materia, se necesita una cantidad enorme de material para que, de vez en cuando, uno de ellos choque con algo y produzca una señal. ¿Y qué material mejor, abundante y transparente que el hielo profundo de la Antártida, formado a lo largo de milenios y tan puro y cristalino que deja que la luz viaje lejos dentro de él?
Cuando un neutrino, rarísima excepción, colisiona con el hielo, genera un brevísimo destello de luz azul. Los sensores enterrados captan ese destello y, cruzando los datos de varios de ellos, los científicos pueden reconstruir de dónde vino la partícula y cuánta energía llevaba. Es como montar un telescopio gigante, solo que enfocado no en la luz, sino en estos mensajeros invisibles del cosmos.

Perforar el hielo del fin del mundo
Instalar estos sensores fue una hazaña de ingeniería tan grande como la ciencia que sirven. Para colocarlos en su lugar, fue necesario perforar el hielo a más de un kilómetro y medio de profundidad, derritiendo la columna con agua caliente para abrir los pozos y bajar los equipos antes de que todo se congelara de nuevo, atrapando los sensores para siempre. Cada perforación es una operación delicada, realizada en uno de los ambientes más hostiles del planeta.
El trabajo de campo reciente, que tomó varias temporadas de diez semanas a lo largo de los últimos años, requirió equipos viviendo en el Polo Sur para perforar el hielo y ampliar el detector. Confieso que tengo un respeto enorme por quienes enfrentan meses en ese frío absoluto, trabajando para enterrar instrumentos que van a estudiar el universo desde el lugar más inhóspito de la Tierra. Es ciencia hecha al límite de la resistencia humana.

La gravedad en la mira
Lo que el IceCube persigue ahora es una de las preguntas más profundas de la física, la de saber si la gravedad sigue o no las reglas extrañas del mundo cuántico. Este es uno de los grandes misterios no resueltos de la ciencia, porque las dos grandes teorías que describen la realidad, la que gobierna lo muy grande y la que gobierna lo muy pequeño, simplemente no encajan. Y los neutrinos de altísima energía pueden ser la clave para probar esto.
La idea es que, al viajar distancias cósmicas, estos neutrinos podrían sufrir efectos minúsculos si la gravedad tuviera una naturaleza cuántica, y el IceCube es lo suficientemente sensible para intentar detectar estos efectos. Si lo logra, estaría abriendo una ventana a una física que une las dos teorías, algo que los científicos persiguen desde hace casi un siglo sin éxito. Es una apuesta ambiciosa, del tamaño del detector.

El telescopio hecho de hielo
Me imagino la extrañeza poética de todo esto, uno de los mayores telescopios del planeta no apunta al cielo, está enterrado en el hielo del Polo Sur, mirando hacia abajo, dejando que partículas-fantasma lo atraviesen para contar secretos sobre el origen y las leyes del universo. Es el tipo de artilugio que parece ficción, pero es ciencia de vanguardia sucediendo ahora.
Cada neutrino capturado es una carta llegada de algún rincón distante del cosmos, tal vez de una explosión estelar o del entorno de un agujero negro. Y es en el silencio congelado de la Antártida donde la humanidad ha montado el oído capaz de escuchar estos mensajes. Pocos lugares muestran tan bien hasta dónde la curiosidad humana es capaz de ir para entender de dónde venimos, y por ahora sigue allí, en el fin del mundo, escuchando el hielo en silencio absoluto.
¿Imaginabas que uno de los mayores telescopios del mundo estaba enterrado en el hielo, mirando hacia abajo en lugar del cielo?

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