El contraste en lo alto de las montañas engaña a primera vista: el blanco de la nieve compartiendo espacio con manchas que parecen sangre en el paisaje. La explicación, sin embargo, está en los árboles. Cuando el frío llega al Hemisferio Sur, las hayas pierden la clorofila y tiñen laderas enteras de rojo y dorado, un espectáculo breve y raro.
Imágenes del satélite Landsat 9 de la NASA revelaron laderas rojizas en el extremo sur de Chile, en un escenario tan impresionante que, a primera vista, parece nieve coloreada. Pero no se trata de nieve roja: el fenómeno es provocado por los bosques de haya del sur de la Patagonia, que adquieren tonos intensos de rojo y naranja durante el otoño austral, creando un contraste notable con el blanco del hielo en los picos de las montañas.
La imagen fue capturada el 12 de abril de 2026, cuando una rara apertura en las nubes permitió al instrumento del satélite registrar las laderas coloridas en la región de Magallanes, en el sur chileno, según el NASA Earth Observatory. Más que un espectáculo visual, el registro muestra cómo la tecnología de observación de la Tierra ayuda a monitorear ecosistemas remotos y a entender los ciclos naturales de una de las regiones más aisladas y singulares del planeta.
Por qué no es nieve roja

A pesar de parecer, a la distancia, que la propia nieve estaría cambiando de color, lo que la NASA registró no tiene nada que ver con el hielo: son las hojas de los árboles de la Patagonia que se transforman, tiñendo de rojo y dorado las laderas de las montañas durante el otoño, mientras la nieve de las cumbres permanece blanca.
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El efecto es puramente óptico, desde el punto de vista de quien observa desde el espacio. Las manchas rojizas que aparecen cerca de las áreas nevadas son, en realidad, vastos bosques que cambian de color todos los años en esta época. Es el mismo fenómeno que hace que las hojas se tornen anaranjadas en el otoño del Hemisferio Norte, solo que aquí ocurre en el extremo sur del continente americano, entre marzo y mayo, el otoño de nuestro lado del mundo.
Qué hace que las hojas cambien de color

En el otoño austral, con la disminución de la luz solar y la llegada del frío, las hayas reducen la producción de clorofila, el pigmento verde responsable de la fotosíntesis, revelando entonces los pigmentos rojos y amarillos que antes estaban ocultos, en un proceso de reabsorción de nutrientes antes de la caída de las hojas.
Es el mismo mecanismo que colorea los famosos otoños de Canadá, Estados Unidos y Japón, solo que protagonizado por especies sudamericanas. Cuando se instalan días más cortos y temperaturas más bajas, el paisaje que suele estar dominado por verdes, marrones y blancos adquiere, por un corto período, pinceladas cálidas de rojo y naranja que se destacan claramente cuando se ven desde el espacio.
La haya del sur, estrella del espectáculo
La protagonista de esta transformación tiene nombre y apellido botánico. La especie principal es la lenga, o haya del sur (Nothofagus pumilio), un árbol extremadamente resistente que soporta temperaturas congelantes y se extiende desde cerca de 36 grados de latitud sur hasta Tierra del Fuego, en el extremo del continente, formando algunos de los bosques más australes del planeta.
En muchos lugares, la lenga es el árbol dominante, por eso laderas enteras cambian de color al mismo tiempo, creando el efecto visto por la NASA. Comparte el protagonismo con el ñire (Nothofagus antarctica), apodado «fuego antártico» por el rojo intenso que produce. Estos árboles marcan el llamado límite de los árboles, la altitud máxima en que pueden sobrevivir, que en el sur de la Patagonia se encuentra alrededor de 600 metros, más bajo que en las regiones más al norte.
El ojo de la NASA en el espacio
La hazaña de capturar este momento fugaz correspondió a un satélite especializado. El Landsat 9, de la NASA, opera a unos 700 kilómetros de altitud y fue diseñado para registrar la superficie de la Tierra de forma continua y comparable a lo largo del tiempo, con cobertura global cada 16 días y más de 700 imágenes captadas por día, utilizando el instrumento conocido como Operational Land Imager.
A diferencia de una cámara común, el Landsat 9 mide con precisión cómo la luz solar es reflejada por la superficie, generando datos científicos valiosos. Justamente por eso, captar los colores del otoño patagónico no fue suerte: fue resultado de un monitoreo constante, que aprovechó una brecha entre las nubes, frecuentes en esa región, para registrar el paisaje en transformación.
Mucho más que una foto bonita
Este tipo de imagen tiene utilidad que va mucho más allá de la belleza. Los datos del Landsat son abiertos y gratuitos, proporcionados por el Servicio Geológico de los Estados Unidos, y ayudan a científicos, gobiernos y empresas a monitorear la salud de los bosques, detectar sequías, seguir cuencas hídricas e identificar deforestación o intervenciones ilegales en áreas protegidas alrededor del mundo.
Seguir una misma ladera a lo largo de los años permite percibir cambios sutiles en la vegetación, que pueden indicar desde alteraciones climáticas hasta riesgos de deslizamientos. Así, las copas rojizas de la Patagonia dejan de ser solo una postal y pasan a funcionar como un termómetro de la salud ambiental, mostrando cómo la observación de la Tierra desde el espacio se ha convertido en una herramienta esencial para la ciencia y para la gestión de los recursos naturales.
Un espectáculo que Brasil también conoce
El fenómeno despierta curiosidad porque dialoga con algo familiar. Aunque Brasil no tiene bosques caducifolios tan exuberantes como los de la Patagonia, las regiones más frías del sur del país también registran cambios estacionales en la vegetación, especialmente en áreas de altitud, donde el otoño y el invierno alteran el paisaje, aunque de forma menos dramática.
Más que eso, el caso chileno muestra el valor de la observación por satélite, una tecnología que Brasil también utiliza, a través de instituciones como el Inpe, para monitorear la Amazonía, la deforestación y los incendios. El encanto de las laderas rojas de la Patagonia, por lo tanto, es también una invitación a valorar la ciencia espacial como aliada en la protección del medio ambiente, un tema cada vez más urgente en todo el planeta.
Las laderas rojizas captadas por la NASA en el sur de Chile son uno de esos regalos que la naturaleza ofrece y que la tecnología nos permite admirar desde un ángulo imposible a simple vista. No es nieve de colores, sino el florecer otoñal de las hayas del sur, un espectáculo breve, anual y lleno de significado científico. Entre la belleza de los colores y la importancia de los datos que revelan, queda la certeza de que mirar la Tierra desde el espacio es, al mismo tiempo, encantador y esencial para entender y preservar nuestro planeta.
¿Y tú, quedaste encantado con las imágenes de las laderas rojas de la Patagonia captadas por la NASA? ¿Sabías que no era nieve de colores, sino el otoño de los bosques? Deja tu comentario, cuenta qué te impresionó más de este espectáculo natural y comparte el artículo con quienes aman la naturaleza, la ciencia y las maravillas de nuestro planeta vistas desde el espacio.

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