Décadas Después de Ser Internada a la Fuerza, Lana Ponting Mueve Acción Colectiva Contra el Hospital y la Universidad McGill por Participación en Experimentos Ilegales del Proyecto MK-Ultra Financiado por la CIA Durante la Guerra Fría
El olor del Instituto Memorial Allan, en Montreal, aún permanece en la memoria de Lana Ponting. El lugar, que un día perteneció a un magnate escocés del sector naval, se convirtió en su hogar forzado por un mes en 1958. En ese momento, un juez ordenó que la joven de apenas 16 años fuera internada por comportamiento considerado “desobediente”. La información es de la BBC.
Ponting apenas imaginaba que sería utilizada como cobaia en experimentos secretos conducidos bajo el proyecto MK-Ultra, de la CIA.
La investigación, creada durante la Guerra Fría, probaba drogas psicodélicas, electrochoques y técnicas de lavado cerebral sin el consentimiento de los participantes.
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Una Joven Común Llevada al Infierno Científico
Según registros médicos obtenidos recientemente, Ponting había comenzado a huir de casa y a convivir con amigos que sus padres no aprobaban. Para los jueces de la época, esto era suficiente para considerarla rebelde.
Según el reporte de la BBC, al llegar al Allan, fue sometida a sesiones de experimentación conducidas por Ewen Cameron, investigador de la Universidad McGill.
Cameron creía que podía “reprogramar” la mente humana, destruyendo memorias y comportamientos no deseados a través de drogas, ruidos repetitivos y privación sensorial.
Ponting recuerda haber escuchado grabaciones sin parar, siempre con la misma frase: “Eres una buena niña, eres una niña mala”. Esta técnica, llamada “dirección psíquica”, buscaba condicionar el subconsciente.
Drogas, Electrochoques y Privación Sensorial en el Experimento
Los documentos muestran que Ponting recibió dosis de LSD, amital sódico, desoxina y gas hilarante. Cameron registró que, el 30 de abril de 1958, ella reaccionó con violencia al óxido nitroso, gritando y lanzándose de la cama.
Otros pacientes también fueron sometidos a largos períodos de coma inducido y privación sensorial, mientras escuchaban grabaciones repetitivas miles de veces.
Según los investigadores, el objetivo era borrar memorias y reconstruir la personalidad desde cero.
Más de cien instituciones en Estados Unidos y Canadá participaron del programa. Pero el Instituto Allan, bajo el mando de Cameron, se convirtió en el epicentro del horror.
Justicia Aplazada, Pero No Olvidada
Ahora, más de seis décadas después, Ponting es una de las autoras de una acción colectiva contra el Hospital Royal Victoria y la Universidad McGill.
El jueves, 13 de noviembre, un juez rechazó el recurso del hospital, permitiendo que el proceso avance.
Otras víctimas ya habían buscado reparación judicial antes. En los años 1980, nueve de ellas recibieron indemnizaciones de US$ 67 mil tras una decisión de un tribunal canadiense.
En 1992, el gobierno de Canadá pagó 100 mil dólares canadienses a 77 personas, alegando motivos “humanitarios”, sin reconocer culpa.
Ponting no fue incluida en esos acuerdos porque, en ese momento, aún desconocía su involucramiento. Ella solo descubrió su participación años después, cuando tuvo acceso a sus propios registros médicos.
El Experimento Mental: Marcas que Nunca Desaparecieron
Hoy, viviendo en Manitoba, casada y con cuatro nietos, Ponting afirma que aún sufre con las consecuencias psicológicas de lo que vivió en el Allan.
Toma medicamentos desde joven y relata pesadillas recurrentes sobre los días en que fue drogada y aislada.
“A veces me despierto gritando en medio de la noche por lo que sucedió”, cuenta. Ella dice que, aunque ha logrado reconstruir parte de su vida, nunca superó el trauma.
El hospital y la universidad no comentaron el caso, citando el proceso en curso. El gobierno canadiense reiteró que el acuerdo de 1992 no representó una admisión de culpa.
Responsabilidad Ética y Legado Sombrío
La doctoranda Jordan Torbay, que estudia la historia de los experimentos de Cameron, afirma que las víctimas buscan más que dinero: quieren reconocimiento.
Según ella, no hay dudas de que las prácticas eran antiéticas, incluso si Cameron no sabía que el financiamiento provenía de la CIA.
El trabajo del investigador terminó en 1964, y él murió en 1967. Pero, para Torbay, eso no reduce su responsabilidad. “Él sabía que estaba manipulando a personas vulnerables, y eso por sí solo ya era inaceptable”, afirma.
Ponting ve el proceso como una oportunidad para cerrar un ciclo. “A veces me siento en mi sala y pienso en todo lo que pasó. Cada vez que veo la foto de Cameron, me da mucha rabia”, desahoga.
Torbay cree que, aunque la justicia no devolverá lo que se perdió, puede evitar que historias similares se repitan. “El sufrimiento de ellos no puede haber sido en vano. El mundo necesita aprender de esto”, concluye.
Con información de la BBC.

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