El mundo necesitará añadir o renovar más de 80 millones de kilómetros de redes eléctricas hasta 2040 para sostener coches eléctricos, energía solar y eólica.
La transición energética suele estar representada por paneles solares, turbinas eólicas y coches eléctricos, pero la infraestructura decisiva es mucho menos visible. Según la Agencia Internacional de Energía, el mundo necesitará añadir o renovar más de 80 millones de kilómetros de redes eléctricas hasta 2040, el equivalente a reconstruir toda la red global existente hoy. Sin esta expansión, la electrificación del transporte, el avance de las renovables y el aumento de la demanda eléctrica pueden toparse con un cuello de botella estructural.
El desafío no es marginal. La propia IEA afirma que las redes se están convirtiendo en uno de los puntos más frágiles de la transición hacia sistemas energéticos más limpios y seguros. En lugar de ser solo un detalle técnico, la malla de transmisión y distribución ha pasado a ser una de las mayores obras de infraestructura del siglo.
Coches eléctricos, energía solar y eólica dependen de una red eléctrica mucho mayor
Según la IEA, la rápida adopción de tecnologías como vehículos eléctricos, bombas de calor y nuevas fuentes renovables está ampliando el papel de la electricidad en áreas antes dominadas por combustibles fósiles. Esto eleva la presión sobre las redes y exige más líneas, más conexiones y sistemas más modernos para llevar energía hasta ciudades, industrias y centros de consumo.
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Al mismo tiempo, muchos proyectos de energía limpia están lejos de los grandes mercados consumidores. Plantas solares en áreas desérticas y parques eólicos offshore, por ejemplo, solo se vuelven útiles a gran escala cuando la red puede transportar esa electricidad de manera segura y eficiente.
La transición energética, por lo tanto, no depende solo de generar más energía limpia. Depende de construir la infraestructura capaz de recibir, distribuir y estabilizar esta nueva electricidad a escala global.
Los 80 millones de kilómetros equivalen a reconstruir toda la red global actual
Según la IEA, alcanzar las metas nacionales de energía y clima requerirá más de 80 millones de kilómetros de redes añadidas o reformadas hasta 2040. El número es tan grande que la propia agencia lo compara al tamaño de toda la infraestructura eléctrica mundial ya existente.

Una lectura del informe realizada por Balkan Green Energy News ayuda a dimensionar esta escala de forma más visual. Según la publicación, esta extensión sería suficiente para dar alrededor de 2.000 vueltas alrededor de la Tierra. La comparación muestra que no se trata solo de una expansión puntual, sino de una transformación física gigantesca de la base energética mundial.
En la práctica, la transición hacia una economía más electrificada requerirá una obra continua, fragmentada y global, repartida por subestaciones, cables subterráneos, líneas aéreas, transformadores y corredores de transmisión en decenas de países al mismo tiempo.
Las redes eléctricas se han convertido en un cuello de botella de la transición energética mundial
El problema ya ha comenzado a aparecer de forma concreta. Según la IEA, las redes están dejando de acompañar la velocidad de la nueva economía de la energía, lo que crea un riesgo real de retraso para la expansión de las fuentes renovables y la electrificación.
La agencia señala que al menos 3 teravatios de proyectos renovables esperan en filas de conexión a la red, y cerca de la mitad de ese volumen ya está en una etapa avanzada. Esto equivale a aproximadamente cinco veces la capacidad solar y eólica añadida al mundo en 2022, mostrando que buena parte de la energía limpia lista para entrar en el sistema aún depende de infraestructura que no se ha completado al mismo ritmo.
Este es un punto central. En muchos casos, el problema ya no es instalar paneles o turbinas, sino garantizar que la electricidad generada pueda, de hecho, circular hasta los consumidores finales.
La inversión en redes se quedó atrás mientras las renovables casi se duplicaron
Según la IEA, las inversiones globales en energías renovables casi se duplicaron desde 2010, mientras que los aportes en redes eléctricas permanecieron prácticamente estancados en torno a US$ 300 mil millones por año. Esta diferencia explica por qué la expansión de la generación limpia comenzó a avanzar más rápido que la capacidad de conexión del sistema.

Para la agencia, este desequilibrio necesita cambiar rápidamente. El informe defiende que las inversiones en redes sean duplicadas hasta el fin de la década, alcanzando alrededor de US$ 600 mil millones por año. Sin esto, la modernización del sistema eléctrico corre el riesgo de detenerse justamente cuando la electrificación acelera en transporte, calefacción e industria.
En otras palabras, más energía limpia no significa automáticamente una infraestructura lista. La expansión de la red dejó de ser una etapa secundaria y se convirtió en una condición básica para que la transición energética realmente ocurra.
El cobre, aluminio, transformadores y digitalización ganan un papel central
Aunque la IEA concentra el foco en la infraestructura de red y no en una sola materia prima, el mensaje es claro: ampliar millones de kilómetros de transmisión y distribución requerirá una carrera industrial por cables, equipos, transformadores y soluciones de modernización.
El informe también destaca la necesidad de digitalizar las redes, ampliar interconexiones entre regiones y eliminar barreras administrativas y regulatorias que hoy retrasan la expansión. No se trata solo de instalar más cables, sino de construir un sistema más inteligente, más resiliente y capaz de integrar volúmenes crecientes de solar, eólica y nuevas cargas eléctricas.
La pieza más importante de la transición energética, por lo tanto, puede ser justamente la menos visible. Sin suficiente red, la energía limpia existe, pero no llega. Y sin modernización, llega con más costo, menos seguridad y más retraso.
La mayor obra de la transición energética puede ocurrir sin que casi nadie lo note
A diferencia de un puente monumental, una presa gigantesca o un aeropuerto nuevo, la expansión de las redes eléctricas ocurre de manera dispersa y silenciosa. Son líneas nuevas, líneas reformadas, subestaciones adaptadas, cables sustituidos y sistemas digitalizados en diferentes puntos del planeta.
Pero es precisamente esta obra casi invisible la que puede definir si el mundo logrará o no sostener la próxima fase de la electrificación global. Según la IEA, sin redes más extensas, modernas y flexibles, los países tendrán dificultades para cumplir metas climáticas, garantizar seguridad eléctrica e integrar el crecimiento acelerado de las renovables.
La gran ironía de la transición energética es que su infraestructura más decisiva tal vez sea la que menos aparece en las imágenes de divulgación.
En el centro del cambio global no está solo la generación limpia, sino una gigantesca red de cables, torres, transformadores y sistemas digitales que necesitará crecer a un ritmo récord para que el nuevo sistema energético funcione. ¿Qué obstáculos pueden retrasar esta transformación?


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