El colapso de una montaña en el Ártico generó una ola de 200 metros y provocó un fenómeno raro que hizo que todo el planeta registrara vibraciones continuas durante más de una semana
En marzo de 2026, un evento extremo llamó la atención de científicos en todo el mundo. Un deslizamiento masivo de rocas en Groenlandia desencadenó un mega tsunami que no solo alcanzó proporciones gigantescas, sino que también hizo vibrar a toda la Tierra durante días.
La información fue divulgada por investigadores que monitorean actividades sísmicas globales y fenómenos climáticos extremos, reforzando el impacto creciente de los cambios climáticos en regiones polares.
El episodio ocurrió en el Fiordo de Dixon, ubicado en el este de Groenlandia. En esa ocasión, millones de toneladas de roca y hielo cayeron tras el debilitamiento estructural de una montaña, causado por el derretimiento de un glaciar que sostenía la ladera.
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La ola de 200 metros quedó atrapada en el fiordo y generó vibración global
El colapso provocó una ola estimada en alrededor de 200 metros de altura. Para tener una idea, se trata de una pared de agua comparable a un rascacielos, que avanzó violentamente por las paredes del fiordo.
No obstante, lo que hizo que este evento fuera aún más impresionante ocurrió a continuación. Como el fiordo es estrecho, el agua no se disipó como ocurriría en mar abierto. En cambio, la ola quedó confinada y comenzó a moverse de un lado a otro.
Este movimiento rítmico se conoce como seiche, un fenómeno que ocurre cuando el agua oscila dentro de un espacio cerrado, similar al efecto de una bañera siendo agitada.
Consecuentemente, esta oscilación continua generó una vibración en la corteza terrestre. Durante nueve días consecutivos, sismógrafos repartidos por todos los continentes registraron un zumbido constante, como si el planeta estuviera en resonancia con el movimiento del agua.
El calentamiento global está desestabilizando montañas en el Ártico
El deslizamiento no ocurrió por casualidad. Los científicos asocian el evento al calentamiento acelerado del Ártico, que se calienta más rápido que el resto del planeta.
Con el aumento de las temperaturas, glaciares que antes funcionaban como soporte natural comenzaron a derretirse. Además, el permafrost —suelo permanentemente congelado que actúa como una especie de “cemento”— también ha estado perdiendo estabilidad.
De esta manera, laderas que permanecieron estables durante miles de años ahora presentan riesgo de colapso.
Este escenario preocupa a los especialistas porque eventos similares pueden ocurrir en otras regiones. En áreas costeras o cercanas a rutas marítimas, por ejemplo, un deslizamiento de este tipo puede generar tsunamis peligrosos.
Científicos corren contra el tiempo para evitar nuevos desastres
Ante este riesgo creciente, los investigadores ya utilizan drones y satélites para monitorear áreas vulnerables en fiordos y regiones montañosas.
Además, el objetivo es identificar señales tempranas de inestabilidad y evitar tragedias en lugares habitados o con gran circulación de embarcaciones.
Por lo tanto, el episodio en el Fiordo de Dixon no debe ser visto como un evento aislado. Por el contrario, funciona como una alerta clara sobre los impactos de los cambios climáticos.
Lo que sucede en los polos no permanece restringido a esas regiones. Al contrario, los efectos se propagan y pueden afectar diferentes partes del planeta.
Una alerta global que no puede ser ignorada
El mega tsunami, los nueve días de vibración y el zumbido registrado a escala global muestran que el planeta está pasando por transformaciones profundas.
Más que un aumento de temperatura, los cambios climáticos están alterando estructuras geológicas, desestabilizando montañas y creando eventos extremos.
En este contexto, el Fiordo de Dixon se convierte en un símbolo de esta nueva realidad. Un recordatorio de que la naturaleza está respondiendo rápidamente a los cambios impuestos por el clima.
¿Crees que eventos como este pueden volverse más frecuentes en el futuro?


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