Investigación muestra que capas profundas del suelo congelado guardan carbono antiguo y pueden debilitar la capacidad natural de las regiones frías de compensar parte de las emisiones humanas
El derretimiento del permafrost, el suelo permanentemente congelado de regiones frías del planeta, puede liberar carbono a un ritmo más preocupante de lo que se estimaba. Un nuevo estudio señala que capas profundas, muchas veces poco representadas en los modelos climáticos, pueden cambiar el balance de carbono en el hemisferio Norte aún en este siglo.
El permafrost es una especie de archivo natural formado a lo largo de miles de años. Dentro de él hay restos de plantas, animales y microorganismos que quedaron congelados antes de descomponerse completamente.
El problema es que, con el calentamiento global, este material orgánico comienza a descongelarse. Cuando esto sucede, los microorganismos vuelven a descomponer la materia atrapada en el suelo y liberan gases de efecto invernadero, principalmente dióxido de carbono y metano.
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La nueva investigación no significa que todo ese carbono será liberado de una vez. Pero indica que la llamada “bomba de carbono” del permafrost puede entrar en acción antes de lo esperado en escenarios de calentamiento intenso.
Estudio señala que carbono profundo cambia la cuenta climática
De acuerdo con un estudio publicado en la revista científica Science Advances en junio de 2026, investigadores liderados por Yi Xi actualizaron modelos de simulación para incluir depósitos profundos de carbono en áreas de permafrost. La diferencia es importante porque muchos modelos climáticos consideran con más detalle solo las capas superiores del suelo, generalmente hasta 3 metros de profundidad.
El equipo trabajó con una versión mejorada del modelo ORCHIDEE-MICT, usado para simular interacciones entre carbono, vegetación, agua y temperatura. El objetivo fue reconstruir cómo el carbono se acumuló en depósitos antiguos, como los suelos Yedoma, formados durante el Pleistoceno, y en turberas del hemisferio Norte.
Estas capas profundas pueden llegar a cerca de 10 metros en turberas y a aproximadamente 20 metros en depósitos Yedoma, según información divulgada sobre el estudio. Al considerar este stock, la proyección cambia de forma significativa.
En lugar de continuar funcionando como un sumidero neto de carbono durante buena parte del siglo, parte de las tierras del Norte puede convertirse en una fuente neta de CO₂ más pronto. En escenarios de altas emisiones, el estudio señala liberación neta de hasta 32 mil millones de toneladas de carbono hasta 2100.
Por qué el permafrost preocupa tanto a los científicos
Según información de la NASA, el permafrost es suelo que ha permanecido congelado por al menos dos años, pero puede guardar material orgánico preservado por decenas de miles de años. Cuando se descongela, ese stock deja de estar aislado y vuelve a participar en el ciclo del carbono.
La preocupación no está solo en el hielo que desaparece en la superficie. El punto más sensible es que el calentamiento profundiza la llamada capa activa, la parte del suelo que se descongela estacionalmente y permite la acción biológica.
Con la capa activa más profunda, materiales antes protegidos por el frío entran en contacto con oxígeno, agua y microorganismos. Esto acelera la descomposición y puede transformar carbono antiguo en gases que retienen calor en la atmósfera.
El proceso crea una retroalimentación. El planeta se calienta, el permafrost se descongela, el suelo libera gases de efecto invernadero y este aumento puede reforzar el calentamiento.
Los bosques boreales pueden ayudar, pero quizás no lo suficiente
Uno de los grandes debates científicos sobre el permafrost involucra el papel de la vegetación. En un mundo más cálido, regiones frías pueden tener estaciones de crecimiento más largas, lo que favorece arbustos, árboles y bosques boreales.
En teoría, más plantas significan mayor absorción de CO₂ por la fotosíntesis. Esa ganancia podría compensar parte de las pérdidas del suelo, manteniendo las regiones del Norte como sumideros de carbono.
El nuevo estudio, sin embargo, reduce la confianza en esa compensación cuando el carbono profundo entra en la cuenta. La vegetación puede crecer más, pero el suelo también puede perder carbono en mayor volumen.
Este es un punto crucial para los modelos climáticos. Si los modelos subestiman el carbono escondido en profundidad, también pueden sobreestimar la capacidad natural de estas regiones para amortiguar la crisis climática.
Carbono antiguo por debajo de 3 metros quedó fuera de parte de las proyecciones
De acuerdo con el National Snow and Ice Data Center, el permafrost almacena una cantidad enorme de materia orgánica congelada. Estimaciones indican que hay más carbono atrapado en estos suelos que en la atmósfera actual.
La NOAA también destaca que los suelos de permafrost del hemisferio Norte guardan algo entre 1,46 billones y 1,6 billones de toneladas métricas de carbono orgánico. Parte relevante de ese volumen está por debajo de los 3 metros de profundidad.
Ese carbono profundo es difícil de representar en modelos porque no se formó en pocas décadas. Resulta de largos procesos de acumulación, congelación, enterramiento, sedimentación y preservación en ambientes muy fríos.
Por eso, la nueva modelación buscó reconstruir la historia de esos depósitos en escalas de miles de años. El resultado sugiere que la simplificación anterior dejaba fuera una pieza importante del rompecabezas climático.
El metano aumenta la preocupación, incluso si el estudio se centra en el CO₂
El estudio liderado por Yi Xi concentró el análisis en el balance de CO₂. Aun así, el permafrost también está asociado a la liberación de metano, especialmente en áreas encharcadas, lagos de deshielo y suelos pobres en oxígeno.
El metano es menos duradero en la atmósfera que el dióxido de carbono, pero tiene un poder de calentamiento mayor en períodos cortos. Esto hace que el gas sea especialmente relevante para las próximas décadas.
De acuerdo con el IPCC, las emisiones de metano asociadas a áreas húmedas, lagos termocársticos y deshielo del permafrost aún conllevan incertidumbres, pero pueden reforzar retroalimentaciones climáticas. La advertencia es que estos procesos no actúan de manera aislada.
En la práctica, CO₂ y metano componen dos caras del mismo problema. El primero pesa más a largo plazo, mientras que el segundo puede intensificar el calentamiento en ventanas de tiempo más cortas.
Qué cambia para las proyecciones sobre el calentamiento global
El principal cambio es la percepción del tiempo. El permafrost ya se veía como un riesgo climático, pero la nueva investigación sugiere que el cambio de sumidero a fuente de carbono puede ocurrir décadas antes en escenarios de emisiones elevadas.
Esto no significa que el resultado sea inevitable en cualquier trayectoria. La proyección más preocupante está ligada a escenarios en los que el calentamiento global avanza mucho más allá de la meta del Acuerdo de París.
El acuerdo internacional busca limitar el aumento de la temperatura media global a 1,5°C en relación con el período preindustrial, o al menos mantenerlo bien por debajo de 2°C. Cuanto más el mundo sobrepasa estos límites, mayor tiende a ser la presión sobre suelos congelados.
El estudio trabaja con escenarios graves de calentamiento hasta 2100. Si las emisiones globales se reducen con fuerza, el comportamiento futuro del permafrost puede ser menos extremo, aunque no libre de impactos.
Por qué esta alerta importa incluso lejos del Ártico
El deshielo del permafrost parece un problema distante para países tropicales, pero sus efectos forman parte del sistema climático global. El carbono liberado en el Ártico se mezcla con la atmósfera y puede influir en el calentamiento a escala planetaria.
Además, el debilitamiento de sumideros naturales aumenta la presión por cortes más rápidos de emisiones. Si la naturaleza absorbe menos carbono de lo que se imaginaba, el margen de seguridad climática se reduce.
El tema también ayuda a explicar por qué los científicos insisten en mejorar modelos climáticos. No basta con prever la temperatura media; es necesario representar bosques, suelos, raíces, incendios, aguas, microorganismos y reservorios profundos de carbono.
La conclusión más importante es que el permafrost no es solo hielo derritiéndose. Es un enorme reservorio biogeoquímico, y su comportamiento puede alterar la velocidad con la que el cambio climático se agrava.
Científicos aún ven incertidumbres, pero el riesgo se ha vuelto más claro
A pesar de la advertencia, los propios investigadores reconocen que aún hay incertidumbres. Procesos como deshielo abrupto, incendios forestales, formación de lagos, dinámica del hielo en el suelo y cambios en la vegetación pueden alterar las proyecciones.
Esto significa que el estudio no cierra la discusión. Por el contrario, muestra que los modelos climáticos necesitan incluir más detalles sobre el carbono profundo y la calidad de la materia orgánica congelada.
La cuestión central es que la incertidumbre no reduce necesariamente el riesgo. En algunos casos, puede indicar que los impactos han sido subestimados.
Si el permafrost libera más CO₂ antes de lo esperado, el planeta tendrá menos tiempo para evitar efectos acumulados. La discusión ahora es si gobiernos, empresas y sociedad tratarán esta advertencia como una proyección lejana más o como una señal de que la ventana de respuesta se está estrechando.
¿Crees que advertencias como esta aún pueden influir en decisiones reales sobre clima, energía y emisiones, o la sociedad solo reacciona cuando los impactos llegan al bolsillo y a la rutina? Deja tu opinión en los comentarios, porque esta es una de esas discusiones en las que la ciencia señala el riesgo, pero la respuesta depende de elecciones políticas y económicas.

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