En el fondo del Océano Pacífico, a unos 5.500 metros de profundidad —donde la presión es 550 veces mayor que en la superficie, la temperatura está cerca de cero y no llega ningún rayo de luz solar— se encuentran dispersos miles de millones de nódulos del tamaño de patatas. Cada uno de ellos contiene níquel, cobalto, cobre y manganeso: exactamente los minerales que el mundo necesita para fabricar baterías de vehículos eléctricos, turbinas eólicas y sistemas de almacenamiento de energía. La minería en el fondo del mar ha dejado de ser ciencia ficción: las empresas están enviando robots de varias toneladas a esa profundidad para aspirar estos nódulos —y el debate sobre si esto es necesario, seguro o ético está dividiendo a gobiernos, científicos y la industria global.
Brasil está en el centro de esta disputa, pero por razones opuestas a las que se podría imaginar. El país es uno de los líderes en la resistencia internacional a la minería en el fondo del mar a escala comercial —pero al mismo tiempo mantiene un contrato de exploración en el Atlántico Sur y tiene intereses económicos directos en la valorización de los minerales críticos que se encuentran en el fondo del océano. Es una contradicción que revela mucho sobre cómo funciona la geopolítica de los recursos del siglo XXI.
El interés por la minería en el fondo del mar se aceleró drásticamente después de 2022, cuando China
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