Conozca una de las cárceles más peculiares y peligrosas del mundo, donde los presos mandan todo, desde la venta de celdas hasta las sanciones
En el corazón de La Paz, capital administrativa de Bolivia, se encuentra la prisión de San Pedro, una de las cárceles más inusuales y peligrosas del mundo. A diferencia de las prisiones convencionales, donde la seguridad es mantenida por guardias y agentes penitenciarios, en San Pedro son los propios reclusos quienes dictan las reglas y organizan la vida cotidiana del lugar. La cárcel funciona como una microciudad, con barrios, comercio, desigualdad social e incluso escuelas, según el video del canal Conocimiento Global.
El origen de la prisión de San Pedro y el control de los presos
Construida en 1895, la penitenciaría de San Pedro fue originalmente basada en el modelo panóptico, un concepto desarrollado por el filósofo Jeremy Bentham, que permitía la vigilancia de los reclusos desde una torre central. Sin embargo, a lo largo de los años, esta estructura perdió su función, y los presos tomaron el control de la prisión, especialmente después de la década de 1980, cuando Bolivia implementó una estricta ley antidrogas, la Ley 1008, que llevó a varios traficantes peligrosos a la cárcel, incluido el famoso «Rey de la Cocaína», Rafael Suares Gomes.
Con el poder financiero y las conexiones políticas de estos nuevos detenidos, la corrupción se extendió por la prisión. Los guardias comenzaron a alejarse, limitándose a vigilar solo el perímetro exterior, mientras que los internos transformaron San Pedro en un sistema autónomo.
División social y comercio interno de la prisión en Bolivia
Hoy en día, la prisión en Bolivia alberga a más de 3.600 reclusos, aunque fue diseñada para solo 300. La prisión está dividida en nueve alas, que funcionan como barrios, y reflejan la desigualdad social que también se ve afuera.
- Los reclusos más ricos viven en la ala «La Posta», donde las celdas lujosas pueden costar entre 5.000 y 20.000 bolivianos (aproximadamente R$ 3.000 a R$ 12.000).
- Mientras que los reclusos más pobres se ven obligados a vivir en áreas degradadas o alquilar camas en celdas colectivas por alrededor de R$ 800 mensuales.
Este «mercado inmobiliario» de la prisión es administrado por los propios reclusos, que eligen anualmente delegados y tesoreros para gestionar cada ala. Estos «líderes» cobran tarifas de entrada e incluso garantizan la «seguridad» de los nuevos reclusos, siempre y cuando reciban el pago adecuado. Para aquellos que no pueden pagar por una celda, les queda dormir en pasillos, debajo de escaleras o incluso cerca de la basura.
Presidio: tiendas de ropa, salones, restaurantes. ¡Una comunidad aparte!
Dentro de las murallas de San Pedro, la vida se asemeja a la de un pequeño barrio urbano. El comercio interno incluye tiendas de ropa, salones de belleza, restaurantes e incluso mesas de billar. Además, durante muchos años, familiares de los reclusos vivieron dentro de la prisión, creando una comunidad completa. En 2013, se estima que había cerca de 40 familias viviendo allí. Sin embargo, en 2019, la Defensoría Pública de Bolivia logró sacar a 197 niños que aún vivían en la prisión con sus padres.

En un giro curioso, la prisión de San Pedro también se ha convertido en un destino turístico. A partir de 1996, turistas internacionales comenzaron a pagar para visitar la prisión, guiados por un recluso británico llamado Thomas McFadden, que organizaba excursiones por los diferentes sectores de la penitenciaría. Durante años, el tour por San Pedro fue una atracción popular, recomendada incluso en guías turísticas de la ciudad. Sin embargo, en 2009, tras denuncias de que parte del dinero de los turistas se estaba utilizando para sobornar a guardias, las visitas fueron suspendidas.

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