El colapso en el fiordo Tracy Arm mostró que el retroceso silencioso del hielo puede liberar laderas enteras, generar olas gigantescas y redefinir la forma en que los científicos evalúan los riesgos climáticos extremos
Un glaciar que durante milenios funcionó como una especie de muralla natural terminó retrocediendo lo suficiente como para exponer una ladera inestable en Alaska. Así, en la mañana del 10 de agosto de 2025, una enorme masa de roca se desplomó dentro del fiordo Tracy Arm y generó un tsunami de 481 metros de altura, una ola más grande que el Burj Khalifa, en Dubái, considerado el edificio más alto del mundo. Según información divulgada en un reportaje sobre el incidente y en un estudio publicado en la revista Science, el evento fue clasificado como el segundo tsunami más grande jamás registrado y el mayor documentado sin haber sido provocado por un terremoto.
El episodio llamó la atención de la comunidad científica porque expuso una amenaza que suele avanzar de forma lenta, casi imperceptible, pero que puede terminar en una catástrofe súbita. El retroceso de los glaciares, a menudo asociado solo al calentamiento global, a la pérdida de paisajes congelados y al aumento del nivel del mar, también puede funcionar como un desencadenante directo de deslizamientos gigantescos, tsunamis locales y destrucción en regiones de fiordos.
En este sentido, el desastre de Tracy Arm se convirtió en una poderosa alerta. Muestra que el cambio climático no solo provoca transformaciones graduales. En determinados ambientes, pequeños cambios acumulados a lo largo de meses, años o décadas pueden desestabilizar montañas enteras y liberar una fuerza devastadora en pocos segundos.
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Una ola más alta que casi todos los edificios del planeta

El colapso de la montaña fue repentino y violento. Según un artículo publicado en Science y con investigaciones presentadas en la Asamblea General de la Unión Europea de Geociencias de 2026, la ladera cedió durante las primeras horas de la mañana, lanzando una gran cantidad de rocas al estrecho fiordo de Alaska. El impacto desplazó un volumen inmenso de agua y formó una ola que alcanzó los 481 metros en su punto más alto.
Para dimensionar el tamaño de este fenómeno, basta con comparar la altura de la ola con el paisaje urbano global. Un tsunami de esta proporción superaría la altura de la mayoría absoluta de los edificios existentes en la Tierra. Como destacaron los investigadores, la ola quedó por debajo de solo 14 construcciones en el mundo, lo que ayuda a explicar por qué el evento pasó a ser visto como una de las manifestaciones más impresionantes de peligro geológico asociado al clima.
Además, el fiordo no volvió inmediatamente a la normalidad después del impacto inicial. Durante días, el agua continuó oscilando en un fenómeno conocido como seiche, una especie de onda estacionaria que permanece moviéndose dentro de cuencas cerradas o canales estrechos. Imágenes tomadas por drones mostraron icebergs flotando en aguas turbulentas, paredes de roca recién expuestas y marcas visibles dejadas por la fuerza de la ola en las orillas.
La geografía del fiordo Tracy Arm también agravó el desastre. A diferencia de los tsunamis que se extienden por el océano abierto y pierden energía a medida que avanzan, la ola quedó comprimida dentro de un canal estrecho. Con ello, la energía liberada por el deslizamiento fue dirigida contra las paredes del fiordo, intensificando el impacto y aumentando el potencial destructivo.
A pesar de la escala impresionante, el tsunami no dejó muertos. Para Daniel Shugar, geomorfólogo de la Universidad de Calgary y líder del estudio, este desenlace tuvo relación directa con la hora en que ocurrió el colapso. Según él, el riesgo para un crucero específico en un día específico es bajo, pero la región tuvo una suerte extraordinaria porque el tsunami ocurrió en ese momento y no cinco horas después, cuando podría haber mayor presencia humana en las proximidades.
Shugar también advirtió que este riesgo puede crecer a medida que se instalen nuevas estructuras en áreas vulnerables. Asentamientos, campos de minería, operaciones de petróleo y gas, además del tráfico turístico en fiordos de Alaska, pueden ampliar la exposición humana a eventos de este tipo.
El glaciar que sostenía la montaña perdió fuerza
Para entender por qué la montaña se derrumbó, es necesario observar el papel del glaciar South Sawyer. Durante mucho tiempo, funcionó como un apoyo natural para la ladera. La masa de hielo presionaba la base de la montaña y ayudaba a mantener las rocas estables. Sin embargo, a medida que el glaciar se fue adelgazando y retrocediendo, este soporte desapareció.
El dato más impresionante es que el glaciar South Sawyer retrocedió unos 500 metros solo en la primavera de 2025. Este retroceso acelerado dejó parte de la ladera expuesta y vulnerable. Sin la presión estabilizadora del hielo, la roca perdió sustentación y se volvió más propensa a desmoronarse.
Los científicos llaman a este proceso debuttressing, un término utilizado para describir la eliminación del efecto de soporte ejercido por un glaciar. En otras palabras, cuando el hielo retrocede, deja de funcionar como un «puntal» natural. El resultado puede ser una ladera aparentemente intacta, pero internamente fragilizada.
Imágenes de satélite indican que este fenómeno no se restringe al fiordo Tracy Arm. Diversas laderas en Alaska presentan movimiento por encima de glaciares en proceso de adelgazamiento. Por lo tanto, el caso de 2025 puede no ser una excepción aislada, sino parte de un patrón más amplio en regiones montañosas y glaciares.
Aunque las lluvias intensas pueden haber contribuido a desencadenar el colapso, el equipo de Shugar considera que el retroceso del glaciar fue la causa principal. La lluvia, en este escenario, habría funcionado como el empujón final en una ladera que ya había sido desestabilizada por la desaparición gradual del hielo.
Este punto es esencial para comprender la gravedad del problema. El tsunami no surgió solo de un evento meteorológico puntual o de una falla geológica inesperada. Fue el resultado de un proceso climático prolongado que alteró el equilibrio físico del paisaje hasta que la montaña no resistió más.

El cambio climático puede transformar riesgos lentos en desastres repentinos
El tsunami de Tracy Arm representa un tipo de desastre climático cada vez más preocupante: aquel que nace de cambios lentos, pero se manifiesta de forma abrupta y violenta. A diferencia de los terremotos, que pueden generar señales sísmicas claras, o los huracanes, que suelen ser monitoreados durante días antes de afectar una región, el retroceso de un glaciar puede parecer solo una transformación gradual del paisaje.
Sin embargo, como mostró el episodio en Alaska, este cambio silencioso puede preparar el terreno para un colapso catastrófico. Cuando el glaciar pierde masa, la montaña pierde sustentación. Cuando la ladera pierde estabilidad, el riesgo deja de ser teórico. Y cuando millones de toneladas de roca caen dentro de un fiordo estrecho, la consecuencia puede ser una ola gigantesca.
Eventos similares ya han sido observados en lugares como Taan Fiord, también en Alaska, y Dixon Fjord, en Groenlandia. En ambos casos, los deslizamientos de tierra provocaron tsunamis en ambientes glaciares, reforzando la conexión entre el calentamiento global, el retroceso de los glaciares y los riesgos geológicos en cadena.
La glacióloga Leigh Stearns, de la Universidad de Pensilvania, quien no participó en el estudio sobre Tracy Arm, destacó que la percepción pública sobre los glaciares puede ser engañosa. Según ella, a menudo el retroceso glacial se ve como un proceso largo y continuo, pero puede desencadenar eventos catastróficos repentinos.
Esta constatación cambia la forma en que gobiernos, científicos y empresas deben mirar las regiones congeladas. No se trata solo de medir cuánto hielo se ha perdido o cuántos metros ha retrocedido un glaciar. Es necesario evaluar qué laderas quedaron expuestas, qué fiordos pueden amplificar las olas, qué áreas reciben turistas y qué proyectos de infraestructura se están planificando en zonas de riesgo.
Según lo publicado por los investigadores, el caso de Tracy Arm también sirve como alerta para otras regiones costeras y montañosas, incluyendo áreas de Canadá, como la Columbia Británica, donde fiordos, glaciares y ocupación humana pueden formar una combinación delicada. La expresión “tsunami de 481 metros en Alaska es una advertencia para B.C.” resume precisamente esta preocupación: el fenómeno no debe ser tratado como una curiosidad remota, sino como una señal de riesgo climático ampliado.
Para Shugar, aunque la probabilidad de que un barco específico sea golpeado en un día específico sigue siendo baja, la exposición tiende a aumentar a medida que más personas, embarcaciones y emprendimientos entran en estas regiones. Esto significa que el peligro no depende solo de la naturaleza, sino también de las elecciones humanas sobre ocupación, turismo y explotación económica.
Stearns resume el problema con una idea central: el clima funciona como un multiplicador de amenazas. No crea todos los riesgos desde cero, pero puede intensificar peligros ya existentes y conectar procesos que antes se analizaban por separado. En el caso de Tracy Arm, un cambio gradual en el hielo desencadenó un colapso rocoso, que a su vez generó un tsunami monumental.
La advertencia final es clara. Pequeños cambios, cuando se acumulan en ambientes frágiles, pueden producir consecuencias enormes. Y, si el mundo espera nuevos desastres para actuar, el próximo tsunami generado por un glaciar en retirada puede no ocurrir en un área vacía, ni en un horario tan improbablemente favorable.

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