Estudio global con 550 ríos muestra que contaminación y calentamiento aceleran la descomposición de la materia orgánica y amplían emisiones de CO₂ y metano.
Un estudio publicado en la Science mostró que la acción humana está alterando el funcionamiento de los ríos a escala planetaria. La investigación reunió datos de 550 ríos en 40 países y produjo el primer mapa global de las tasas de descomposición en ríos y arroyos, indicando que la contaminación por nutrientes y el calentamiento del agua están acelerando la descomposición de la materia orgánica acuática. Este proceso aumenta la liberación de CO₂ y metano, reforzando el papel de los ríos como emisores de gases de efecto invernadero.
El resultado llama la atención porque ríos y arroyos no funcionan solo como canales de transporte de agua. También forman parte del ciclo global del carbono, pudiendo tanto ayudar a transferir carbono para almacenamiento a largo plazo como devolverlo rápidamente a la atmósfera. Cuando la descomposición se acelera, este equilibrio se rompe y la emisión de gases crece.
Ríos y arroyos tienen papel central en el ciclo del carbono
La materia orgánica producida en tierra firme, como hojas, ramas y otros residuos vegetales, termina siendo arrastrada hacia ríos y arroyos.
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Una parte de este carbono sigue su viaje hasta océanos, suelos inundados y sedimentos, donde puede permanecer almacenada por períodos largos. Otra parte es descompuesta por microorganismos acuáticos y vuelve a la atmósfera en forma de dióxido de carbono y metano.
El punto central del estudio es que este proceso natural está siendo intensificado por la actividad humana. Al elevar la temperatura del agua y aumentar la entrada de nutrientes como nitrógeno y fósforo, el ser humano acelera la actividad microbiana y empuja a los ríos hacia un funcionamiento más emisor.
Método con algodón permitió medir descomposición en 550 ríos
Para estandarizar la comparación entre ríos de diferentes continentes, los investigadores usaron tiras de tejido de algodón sumergidas en el agua. El algodón está compuesto por celulosa, sustancia similar a la presente en la materia orgánica vegetal. Al medir la velocidad con que este material se descomponía, el equipo logró estimar la actividad microbiana en cada lugar analizado.
Este método permitió construir una base global comparable, incluyendo áreas históricamente poco representadas en investigaciones internacionales, como regiones tropicales. A partir de estos datos de campo, los científicos también aplicaron modelado predictivo para identificar los factores ambientales que más explican el aumento de la descomposición.
Contaminación por fertilizantes y aguas residuales acelera la actividad microbiana
El estudio identificó que uno de los motores más importantes de este proceso es la contaminación por nutrientes, especialmente la entrada de fertilizantes agrícolas y aguas residuales urbanas en los cursos de agua. Estos compuestos funcionan como combustible para bacterias y hongos, que comienzan a descomponer la materia orgánica con más rapidez.
Cuando esta descomposición se acelera, más carbono deja de seguir para almacenamiento y pasa a ser liberado a la atmósfera. En lugar de operar más cerca del equilibrio, el río se convierte en un engranaje más activo de emisión de gases de efecto invernadero.
Calentamiento del agua amplía el problema y hace a los ríos tropicales más vulnerables
El segundo factor central señalado por el estudio es el aumento de la temperatura del agua. Las reacciones biológicas y químicas tienden a ser más rápidas en ambientes más cálidos, y esto favorece directamente la descomposición microbiana. En regiones tropicales, donde el agua ya parte de temperaturas más elevadas, este efecto se vuelve aún más sensible.
Por eso, los ríos tropicales aparecieron como áreas críticas en el mapa global. Combinan calor, alta actividad biológica y, en muchos casos, alta carga de nutrientes, creando un ambiente propicio para emisiones más intensas de carbono.
Segundo estudio muestra que buena parte del CO₂ fluvial proviene de carbono antiguo
Un estudio posterior publicado en Nature profundizó el problema al mostrar que cerca del 59% de las emisiones globales de CO₂ de los ríos provienen de carbono antiguo, almacenado hace milenios en suelos, sedimentos y formaciones geológicas. Esto significa que los ríos no solo están reciclando carbono reciente de la vegetación actual, sino también movilizando reservas antiguas que antes estaban relativamente estables.
Según este trabajo, la liberación de este carbono antiguo está ligada a la litología de las cuencas, al tipo de suelo y al bioma. El resultado amplía la alerta climática porque muestra que los ríos pueden estar funcionando como vía de escape para reservas antiguas de carbono terrestre, y no solo como reflejo de la producción biológica reciente.
Cambio en los ríos afecta clima y biodiversidad al mismo tiempo
La aceleración de la descomposición no solo trae impacto climático. La materia orgánica también sostiene la base energética de muchos ecosistemas acuáticos. Cuando se consume demasiado rápido, hay menos recursos disponibles para invertebrados, insectos acuáticos, peces y otras especies que dependen de esta cadena alimentaria.
Esto significa que la transformación de los ríos ocurre en dos frentes al mismo tiempo. Por un lado, aumenta la emisión de gases como CO₂ y metano. Por otro, se debilita la estabilidad ecológica de los propios ambientes acuáticos. El cambio, por lo tanto, no es solo químico. Es también biológico y estructural.
Contaminación, clima y uso del suelo están empujando ríos hacia un nuevo funcionamiento
El cuadro descrito por los dos estudios muestra que los ríos están en el centro de una conexión silenciosa entre contaminación, cambio climático y uso intensivo del suelo. Nutrientes en exceso, calentamiento del agua, erosión y perturbación de las cuencas hidrográficas actúan juntos para alterar la forma en que el carbono circula en estos ecosistemas.
Lo más importante es que esta transformación no parece aislada ni puntual. Ya aparece a escala global, involucra cientos de ríos y sugiere que parte de los ecosistemas acuáticos está dejando de funcionar como enlace de transporte y almacenamiento para actuar cada vez más como fuente activa de gases de efecto invernadero.


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