Bautizado como BEACON, el generador oceánico de Hannah Herbst utilizaba la energía de las corrientes para encender LEDs y alimentar pequeños sistemas de desalinización. Una década después, la carrera por la energía del mar avanza hacia dispositivos pequeños y autónomos como aquel proyecto de secundaria hecho con solo R$ 61.
A los 15 años, una estadounidense construyó un generador oceánico con un tubo de PVC y una hélice de impresora 3D por R$ 61, alrededor de US$ 12, ganó un premio nacional, presentó el proyecto en la Casa Blanca y entró en la lista Forbes 30 Under 30. La historia muestra cómo una idea simple ganó relevancia con el tiempo.
Hace una década, la estudiante estadounidense Hannah Herbst, entonces con 15 años, demostró que era posible hacer la tecnología más pequeña, más simple y mucho más barata. Su invención, bautizada como BEACON, sigla en inglés para algo como llevar acceso a la electricidad a países mediante la energía oceánica, era un pequeño generador hidrocinético hecho con un tubo de PVC, una hélice impresa en 3D y componentes que costaban solo R$ 61. Según Xataka Brasil, el aparato no abastecía una ciudad, pero encendía LEDs o alimentaba pequeños sistemas de desalinización, y aquel proyecto de secundaria pasó a tener cada vez más sentido conforme la carrera por la energía del mar se enfocó en dispositivos pequeños y autónomos.
El generador oceánico BEACON y los R$ 61 en piezas

La invención de Hannah Herbst recibió el nombre de BEACON y nació como un pequeño generador hidrocinético. El generador oceánico fue construido con un tubo de PVC, una hélice impresa en 3D y componentes que costaban solo R$ 61, alrededor de US$ 12.
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El dispositivo no era capaz de abastecer una ciudad, pero podía encender LEDs o proporcionar energía para pequeños sistemas de desalinización de agua. Con el paso de los años, aquel proyecto de secundaria, hecho hace cerca de una década, pasó a tener cada vez más sentido, a medida que la carrera para aprovechar la energía oceánica se enfocó en dispositivos pequeños y autónomos, capaces de llevar energía a lugares donde una red eléctrica convencional es inviable.
Cómo el generador oceánico aprovecha la fuerza del agua
El generador oceánico se basa en una idea relativamente simple: aprovechar la energía cinética del agua en movimiento sin necesidad de construir presas o alterar el curso natural del medio ambiente. El secreto está en la propia naturaleza del océano, ya que el agua salada es aproximadamente 800 veces más densa que el aire, de modo que incluso corrientes aparentemente suaves esconden una enorme cantidad de energía.
En el prototipo de Hannah Herbst, una pequeña hélice impresa en 3D giraba con el flujo del agua y transmitía ese movimiento a un generador capaz de producir electricidad. Es el mismo principio utilizado por las grandes turbinas marinas actuales, reducido a un tamaño minúsculo y pensado para ofrecer una solución accesible donde una gran infraestructura de energía no es viable.
El desafío de mantener el dispositivo en el mar
El aspecto más difícil de ampliar un generador oceánico como este sería garantizar que el dispositivo permanezca operativo por meses o años en el mar. El agua salada acelera la corrosión de los componentes metálicos, y la bioincrustación marina hace que algas, percebes y otros organismos se fijen a las superficies, obstruyendo las hélices y reduciendo el rendimiento.
Por este motivo, los sistemas comerciales actuales dependen de materiales compuestos, revestimientos especiales y aleaciones resistentes a la corrosión que aumentan mucho la durabilidad, pero también elevan el precio de forma exponencial. El contraste muestra la distancia entre un prototipo escolar accesible y un sistema listo para operar por largos períodos en el océano.
La industria también quiere generadores pequeños
Aunque los grandes proyectos de energía marina siguen avanzando, parte de las investigaciones actuales está enfocada en sistemas más pequeños y modulares, en el mismo espíritu del generador oceánico, capaces de llevar energía a comunidades costeras, puertos, sensores científicos o pequeñas islas que aún dependen de generadores a diésel. Esta filosofía está alineada con la llamada economía azul, que busca aprovechar los recursos del océano de forma más sostenible.
Iniciativas como el Centro de Descarbonización y la Energía Marina de Columbia Británica, además de empresas como Minesto y CorPower Ocean, desarrollan tecnologías adaptables a diferentes escalas.
Una de las principales ventajas es la previsibilidad de las mareas y corrientes oceánicas, cuyos ciclos pueden calcularse con mucha más precisión que otras fuentes renovables dependientes del clima, y estos sistemas aún pueden alimentar plantas de desalinización por ósmosis inversa y proporcionar agua potable lejos de grandes infraestructuras.
Construido cuando Hannah Herbst tenía solo 15 años, el generador oceánico BEACON le valió el premio Discovery Education 3M Young Scientist Challenge de 2015 y la llevó, un año después, a presentar el trabajo en la Feria de Ciencias de la Casa Blanca, organizada por el gobierno de Barack Obama.
Hoy, su carrera sigue ligada a la innovación y la tecnología, lo que le aseguró un lugar en la lista Forbes 30 Under 30, y también es emprendedora en el área de tecnología médica. Una década después de aquel proyecto de R$ 61, la idea de pequeños dispositivos autónomos de energía del mar parece cada vez más adelantada a su tiempo, precisamente hacia donde parte de la industria se dirige ahora.
¿Y tú, qué opinas de la historia de la joven que construyó un generador oceánico con solo R$ 61? ¿Crees que pequeños dispositivos de energía marina pueden llevar electricidad y agua a regiones aisladas? Comenta tu opinión e intercambia ideas con otros lectores sobre energía e innovación.

