En el estado semidesértico de Querétaro, en el centro de México, gigantes como Microsoft, Google y Amazon han convertido la región en un polo de centros de datos desde 2022. Mientras la inteligencia artificial avanza, comunidades vecinas conviven con el estrés hídrico y reciben agua solo tres días por semana, según investigación de Context.
Hay un nuevo símbolo de la sed del mundo moderno, y no es una plantación ni una fábrica. Son almacenes llenos de servidores que sustentan la inteligencia artificial, los llamados centros de datos, que necesitan ríos de agua para no sobrecalentarse. En el estado mexicano de Querétaro, tierra semidesértica que vive en alerta de sequía, estos edificios se han multiplicado hasta el punto de que la región ha ganado el apodo de valle de los centros de datos. El problema es que, mientras el dinero fluye, el agua desaparece de los grifos. La investigación es de Context, vinculada a la Thomson Reuters Foundation.
El contraste es brutal. De un lado, 12 mil millones de dólares en inversión extranjera desde 2022, provenientes de empresas como Microsoft, Google y Amazon. Del otro, familias que abren el grifo y no ven salir nada. En comunidades vecinas a los centros de datos, los residentes relatan recibir agua solo tres días por semana, y algunos pasan semanas sin abastecimiento. Es la versión en litros de una pregunta incómoda: ¿a quién pertenece el agua cuando la inteligencia artificial llega para quedarse?
El valle de los centros de datos en un estado que se seca

Querétaro se ha convertido en el favorito de los gigantes de la tecnología. El propio gobierno estatal trata esto como un logro. «Querétaro se está convirtiendo en el valle de los centros de datos», resumió Marco del Prete, secretario de Desarrollo Sostenible del estado, en un discurso que se convierte en propaganda de atracción de inversión. La lógica es clásica: empleo, modernización y la promesa de poner a la región en el mapa global de la inteligencia artificial.
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Los números del boom impresionan, aunque varían según la fuente. Los conteos van desde cerca de una docena de centros de datos ya en operación a decenas en construcción o anunciados, dependiendo de quién mide y cuándo. Lo que nadie discute es la dirección: el ritmo de llegada de estos emprendimientos solo acelera, y Querétaro lidera esta carrera en México.
El detalle que suele escapar es dónde sucede todo esto. Querétaro es un estado semidesértico, históricamente sujeto a la sequía. Instalar una industria sedienta como la de los centros de datos, que dependen del agua para enfriar máquinas que funcionan 24 horas al día, en un lugar que ya sufre para abastecer a la población, es la contradicción que mueve toda la historia. La inteligencia artificial ha llegado, pero el agua que exige no brota de la nada.
17 de los 18 municipios en sequía

La dimensión de la crisis hídrica no es exageración de activista, está en los datos oficiales. Según el Monitor de Sequía de la Conagua, la comisión nacional de agua de México, 17 de los 18 municipios de Querétaro enfrentan algún grado de sequía. En picos recientes, entre febrero y marzo, los 18 municipios llegaron a ser clasificados en los niveles de sequía extrema y excepcional, los más graves de la escala. El estrés hídrico allí es estructural, no un azar pasajero.
La alerta, además, es antigua. Ya en 2015, la propia Conagua había señalado que los acuíferos del área estaban en déficit y recomendó no conceder más licencias de uso de agua. La recomendación quedó en el papel. Desde entonces, las empresas no han dejado de llegar, y la presión sobre el manto freático solo ha crecido, agravando el estrés hídrico de quienes viven en la región.
Es este el telón de fondo que hace que el avance de los centros de datos sea tan polémico en Querétaro. No se trata de una región con agua de sobra que podría compartir un poco. Es un territorio donde cada gota ya es disputada, y donde la llegada de un consumidor industrial gigante cambia la cuenta para todos.
Agua solo 3 días por semana

Para quienes viven allí, la crisis tiene cara, nombre y rutina. En comunidades cercanas a los centros de datos, el abastecimiento se ha convertido en una lotería. Hay relatos de familias que reciben agua solo tres días a la semana, y situaciones aún peores, de personas que pasan ocho, quince días o incluso un mes entero sin que una gota llegue por la red. La agricultura, que sostenía a mucha gente, se ha marchitado junto.
Las historias recogidas por el reportaje de Context dan el tono del drama. En comunidades del municipio de Colón, los residentes contaron que el agua llega de forma cada vez más espaciada, obligando a las familias a arreglárselas como pueden. El líder del movimiento Antorchista en el estado, Jerónimo Gurrola, describió escenas de personas desesperadas por lo básico. «Las empresas usan volúmenes enormes de agua, millones de litros, para producir sus productos», afirmó, mientras que los residentes, según él, se ven obligados a caminar horas entre los cerros en busca de pequeños manantiales.
El abismo entre los dos mundos es lo que más indigna. Mientras se dice a la población que no hay agua y que los cortes continuarán, el gobierno sigue invitando a empresas que necesitan mucha agua para operar. La cuenta del estrés hídrico, en la práctica, recae sobre quienes tienen menos, y el consumo de agua de los nuevos vecinos industriales aparece como el fiel de la balanza.
Cuánta agua realmente consume un centro de datos
Aquí reside la parte más difícil de medir, y eso no es por casualidad. El consumo de agua de los centros de datos está rodeado de opacidad. Estimaciones del sector indican que un centro de datos de 1 megavatio puede consumir alrededor de 25 millones de litros de agua por año cuando utiliza un sistema de refrigeración convencional. Multiplique eso por la cantidad de unidades que Querétaro alberga y el tamaño del problema queda claro.
Los casos concretos refuerzan la preocupación. Según Context, una de las unidades de Microsoft en Colón llegaría a consumir el equivalente a casi una cuarta parte de toda el agua destinada al uso público y urbano de ese municipio. El problema, denuncian los investigadores, es que estos números rara vez se divulgan de forma transparente. «Hay evidencias concretas que aún no han sido cuantificadas, pero ese es precisamente el objetivo de la opacidad, impedir que sepamos», criticó Paola Ricaurte, investigadora del Tecnológico de Monterrey, en una investigación reproducida por La Jornada.
Parte de la niebla es intencional, según los críticos. Muchos centros de datos se registran como industrias de servicio, categoría que enfrenta reglas ambientales más laxas, y no como lo que de hecho son, instalaciones que generan mucho calor y demandan un gran consumo de agua. Sin transparencia, es difícil incluso para el poder público dimensionar el impacto de la inteligencia artificial sobre el acuífero.
«No es sequía, es saqueo»: la resistencia y las amenazas
En medio de esta disputa, surgieron voces que no aceptan el discurso oficial. Grupos de residentes y activistas salieron a las calles con una frase que se convirtió en símbolo del movimiento: «No es sequía, es saqueo». La idea detrás del cartel es directa: la falta de agua, dicen ellos, no es solo fruto del clima, sino de una elección sobre quién tiene prioridad en el uso del recurso.
Una de las figuras centrales de esta resistencia es Teresa Roldán, integrante del grupo Voceras de la Madre Tierra. Ella exige transparencia y cuestiona la prioridad dada a los data centers en un estado sediento. «Si no hay agua para la población, mucho menos habrá agua para las empresas», afirmó. En otra declaración, fue más allá: «Enfrentamos una grave sequía en Querétaro, es una de las primeras ciudades que deben quedarse sin agua.» Su grupo llegó a presentar solicitudes de acceso a la información para saber cuánta agua va a los data centers, sin obtener respuesta.
El activismo, sin embargo, cobró un alto precio. Teresa Roldán comenzó a sufrir amenazas de muerte y acoso en línea debido a su actuación contra los data centers. El caso expone un lado oscuro del conflicto: cuando el dinero y el agua entran en ruta de colisión, quien denuncia se convierte en objetivo. Aun así, la presión de los residentes continúa, apuntando precisamente a la opacidad sobre el consumo de agua de las empresas.
La alerta que llega a Brasil
El drama de Querétaro no es distante, es un espejo de lo que Brasil comienza a vivir. En febrero de 2026, la Cámara de Diputados aprobó el Redata, el régimen especial de incentivos para data centers, que ofrece desgravación de impuestos para atraer estas inversiones al país. La promesa es transformar a Brasil en un polo de la inteligencia artificial, con la misma lógica de generación de empleos y modernización que sedujo a México.
La diferencia es que Brasil intenta aprender del error de otros. El texto del Redata condiciona los beneficios al uso de energía 100% limpia o renovable y exige índices de eficiencia en el consumo de agua para el enfriamiento de los equipos. La intención es evitar que la carrera de los data centers repita aquí el estrés hídrico mexicano. El riesgo existe, y es concreto, ya que parte de los nuevos proyectos apunta a regiones como las cuencas del Alto-Tietê y del PCJ, entre las más presionadas del país en recursos hídricos.
Por eso la historia de Querétaro importa tanto para el lector brasileño. Muestra, en tiempo real, lo que sucede cuando la sed de inteligencia artificial encuentra un territorio sin agua de sobra. Brasil aún está a tiempo de elegir un camino diferente, exigiendo transparencia sobre el consumo de agua y planificando dónde cada data center puede, o no, ser instalado.
El caso de Querétaro pone sobre la mesa una elección que el mundo entero tendrá que hacer. Los data centers mueven la inteligencia artificial que ya forma parte de nuestro día a día, pero el consumo de agua de ellos cobra un precio real a comunidades que ya viven en estrés hídrico. No se puede fingir que la nube es ligera: consume agua, y mucha.
¿Y tú, crees que Brasil debería frenar la instalación de centros de datos en regiones con poca agua, incluso si eso aleja miles de millones en inversión? ¿O es posible conciliar la llegada de la inteligencia artificial con la garantía de agua para la población? Cuéntanos aquí en los comentarios cómo equilibrarías esa cuenta.

