Misión Bion-M nº 2 lleva 75 ratones y miles de organismos vivos al espacio para estudiar microgravedad y radiación cósmica durante 30 días
El Cosmódromo de Baikonur, en Kazajistán, fue escenario de un nuevo hito científico. Desde allí partió el cohete Soyuz-2.1b, llevando al espacio la misión Bion-M nº 2. El proyecto de Roscosmos busca investigar los efectos de la microgravedad y la radiación cósmica sobre organismos vivos.
No hay astronautas a bordo, sino un conjunto diverso de seres vivos, incluyendo moscas y ratones.
Una tripulación variada en órbita
Así como una pequeña versión del Arca de Noé, la nave transporta 75 ratones, más de 1,000 moscas de la fruta, microorganismos, cultivos de células y semillas de plantas.
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Durante 30 días, estos “bionautas” orbitarán la Tierra de polo a polo. La trayectoria elegida expondrá a los organismos a niveles de radiación mucho mayores de los registrados en la Estación Espacial Internacional.
El mini-hotel de los roedores
Las verdaderas estrellas de la misión son los 75 ratones. Viajando en cabinas diseñadas como un “mini-hotel” espacial.
Cada espacio cuenta con sistemas de alimentación, iluminación, ventilación y desecho de residuos. Además, algunos roedores tienen chips implantados para el monitoreo en tiempo real de signos vitales.
Los científicos dividieron a los ratones en tres grupos. El primero permanece en la Tierra, en condiciones normales.
El segundo vive en un laboratorio terrestre, usando el mismo equipo del satélite. El tercer grupo es el que viaja al espacio.
Por lo tanto, será posible comparar resultados y aislar los efectos específicos del vuelo espacial.
¿Por qué los ratones?
El uso de ratones en investigaciones biomédicas es una práctica común. La similitud genética con los humanos, el ciclo de vida corto y el bajo costo de mantenimiento explican esta elección.
Además, para esta misión, un detalle es fundamental: los ratones son altamente sensibles a la radiación, lo que los convierte en perfectos para estudiar sus efectos.
Impactos para astronautas y para la Tierra
El objetivo central es entender cómo la radiación cósmica afecta a los astronautas en futuras viajes a la Luna y a Marte.
La exposición prolongada puede dañar el ADN y aumentar el riesgo de cáncer. Los experimentos deben cuantificar estos daños y probar contramedidas, como blindajes y medicamentos.
Pero las aplicaciones no terminan ahí. Los datos también pueden ayudar en investigaciones médicas en la Tierra. La rápida pérdida de masa ósea y muscular de los astronautas es comparable a la osteoporosis y la sarcopenia.
Por lo tanto, los resultados pueden generar nuevos tratamientos para estas enfermedades que afectan a millones de personas.
Investigaciones más allá de los ratones
La misión también lleva 16 tubos de ensayo con polvo y rocas lunares simuladas. La colaboración con el Instituto Vernadsky busca entender cómo la radiación y el vacío espacial afectan estos materiales.
La investigación es considerada un paso importante para futuros proyectos de construcción de bases lunares.
Otros experimentos explorarán la susceptibilidad de diferentes organismos a la radiación, desarrollarán nuevos sistemas de soporte vital y evaluarán posibles beneficios médicos resultantes de la biología espacial.
El legado del Bion-M nº 1
Esta misión da continuidad al trabajo iniciado por el Bion-M nº 1, lanzado en 2013. Al igual que su predecesora, se espera que permanezca 30 días en órbita.
Sin embargo, la diferencia está en la inclinación de la trayectoria: ahora, 97 grados. Esta elección aumenta aún más la exposición a la radiación cósmica y amplía los datos recolectados.
Investigaciones que ya tienen historia
No es la primera vez que el espacio sirve como laboratorio para la vida. En otras ocasiones, los científicos estudiaron riesgos relacionados con la fertilidad en ratones.
Investigadores japoneses incluso llegaron a investigar si la reproducción sería posible en condiciones espaciales, usando embriones de estos animales.
El Bion-M nº 2, por lo tanto, se suma a una larga tradición de misiones científicas. Su enfoque es claro: transformar la órbita terrestre en un campo de pruebas para entender cómo la vida reacciona a ambientes extremos y preparar a la humanidad para vuelos aún más ambiciosos.
Con información de Xataka.

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