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Casi 4 de cada 10 litros de agua tratada se pierden en Brasil antes de llegar a los hogares, pero ahora empresas utilizan satélites, IA, helio y tecnología avanzada para mejorar el acceso al saneamiento en comunidades remotas.

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Escrito por Geovane Souza Publicado el 09/07/2026 a las 09:52 Actualizado el 09/07/2026 a las 09:53
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Mientras parte del país aún vive con baldes, conexiones improvisadas y alcantarillado a cielo abierto, las concesionarias comienzan a usar satélites, válvulas inteligentes, robots, sensores y excavación subterránea para reducir pérdidas y ampliar redes sin depender solo de grandes obras tradicionales

El saneamiento brasileño entró en una fase en la que tuberías antiguas, fugas invisibles y barrios sin red regular pasaron a ser monitoreados por inteligencia artificial, imágenes de satélite, gas helio y pequeñas tuneladoras. La tecnología no sustituye obra, inversión y gestión, pero comienza a atacar uno de los mayores cuellos de botella del sector, el agua tratada que es producida, bombeada y pagada, pero no llega a quien la necesita.

La diferencia aparece dentro de la misma ciudad. En Río de Janeiro, los habitantes de áreas formales de la Zona Sur conviven con un abastecimiento más regular, mientras que comunidades cercanas pasaron años usando soluciones improvisadas para cocinar, lavar ropa y bañarse.

En lugares así, el problema no es solo producir agua, sino distribuirla con la presión correcta, reducir fugas y conectar casas a redes oficiales de agua y alcantarillado.

De acuerdo con el Instituto Trata Brasil, basado en datos del SINISA 2024, el 39,5% del agua se pierde antes de llegar a las residencias, el 84,1% de los brasileños tiene acceso al agua tratada y cerca de 90 millones aún viven sin recolección de alcantarillado.

El mismo panel señala una inversión de R$ 29,1 mil millones en saneamiento básico en 2024, un número alto, pero aún insuficiente ante el retraso acumulado en periferias, favelas, áreas rurales y municipios más pequeños.

La fuga que no aparece en la calle se convirtió en objetivo de satélite e inteligencia artificial

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Trabajadores de campo realizando levantamiento técnico

Buena parte de las pérdidas ocurre en el subsuelo. La tubería se rompe, el agua se escapa, pero el asfalto sigue seco. En redes extensas, esperar que la fuga aparezca en la superficie puede significar meses de desperdicio, pérdida de presión y abastecimiento irregular en barrios enteros.

Es ahí donde entran tecnologías que antes parecían distantes de la rutina del saneamiento. Asterra informó que usa datos de radar de apertura sintética polarimétrico, el PolSAR, combinados con inteligencia artificial, para detectar señales de humedad en el suelo y orientar equipos de campo. La empresa firmó contrato con Aegea para proporcionar solución de detección de fugas entre 2024 y el fin de 2026.

En la práctica, el satélite no “repara” la tubería. Indica puntos probables, y los equipos confirman en el suelo con equipos acústicos, como geófonos. El método cambia la lógica del mantenimiento: en lugar de salir buscando a ciegas, el operador pasa a trabajar con un mapa de riesgo.

La Revista Pesquisa Fapesp citó una prueba de Sabesp en un tramo de 50 kilómetros de aductos en la región metropolitana de São Paulo. El sistema por satélite encontró 81 fugas, contra 14 localizadas por herramientas convencionales en el mismo recorte, según la publicación.

Válvulas inteligentes intentan corregir una red que envía demasiada agua a un lado y poca a otro

En Río de Janeiro, Águas do Rio comenzó a instalar válvulas inteligentes para controlar la presión en las tuberías. La concesionaria informó, en abril de 2024, que el programa preveía 266 válvulas en puntos estratégicos y que las pérdidas alcanzaban los 19 mil millones de litros de agua por mes en su área de actuación.

La lógica es simple, pero el efecto operativo es grande. Cuando la presión es demasiado alta, la red se rompe más. Cuando es baja, el agua no supera la altitud de colinas, laderas y áreas distantes de los reservorios. Las válvulas ajustan el flujo por sector y ayudan a enviar el volumen necesario para cada región.

Este control también reduce la dependencia de maniobras manuales. Antes, los operadores necesitaban abrir y cerrar registros de acuerdo con la percepción de la red y las quejas de la población. Ahora, sensores, medidores, válvulas y centros de operación permiten monitorear presión, caudal y fallas en tiempo casi real.

La ganancia no está solo en el ahorro de agua. Cada litro recuperado evita una nueva captación en manantiales, reduce la energía utilizada en el bombeo y amplía la posibilidad de atender barrios que viven con abastecimiento intermitente.

El gas helio entra en la tubería para denunciar fugas escondidas en el subsuelo

Otra frente de combate a las fugas utiliza un gas conocido por ser ligero, inerte y presente naturalmente en la atmósfera. La solución He-Tracer, de Veolia, inyecta helio en la red de agua para localizar fugas que no aparecen por ruido o humedad visible.

Según Veolia, el servicio busca fugas no visibles sin interrumpir el suministro, usando el helio como gas trazador. En aplicación en Chile, la empresa afirmó que la metodología alcanzó una eficiencia de detección superior al 95%, con análisis de la concentración del gas en el suelo sobre las tuberías.

El proceso funciona porque el helio disuelto en el agua escapa por el punto de fuga, atraviesa el suelo y puede ser detectado por equipos en la superficie. En redes profundas o ruidosas, donde los geófonos pierden precisión, la técnica ayuda a reducir excavaciones innecesarias.

Aun así, hay limitaciones. La tecnología funciona mejor en redes públicas con trazado conocido y menor interferencia de estructuras particulares. En áreas con conexiones improvisadas, redes antiguas sin registro preciso o múltiples tuberías superpuestas, la confirmación en campo sigue siendo indispensable.

Tatuzinhos llevan tubería por debajo de las calles sin abrir zanjas por toda la comunidad

Encontrar fugas es una parte del problema. La otra es llevar una nueva red a lugares donde abrir una zanja puede bloquear callejones, garajes, comercios y acceso de residentes. En comunidades densas, la obra tradicional se vuelve cara, lenta y socialmente difícil.

En el Complejo de la Maré, en la Zona Norte de Río, Águas do Rio comenzó una obra de saneamiento que prevé 18 kilómetros de redes de alcantarillado, tronco colector de 4,5 kilómetros, tubería de hasta 1,50 metro de diámetro e inversión de R$ 120 millones. La obra debe encaminar las aguas residuales a la ETE Alegria y evitar que cerca de 1,3 mil millones de litros de aguas residuales por mes lleguen a la Bahía de Guanabara.

Para reducir el impacto en las calles, parte de la instalación utiliza pequeños equipos llamados “tatuzinhos”. Ellos excavan el subsuelo y avanzan instalando la tubería, en un proceso similar al utilizado en obras de metro, pero a menor escala.

El método no elimina canteros, ruido y trastornos. Sin embargo, reduce la necesidad de rasgar calles enteras y permite trabajar en puntos donde la circulación de residentes, motos, coches, ambulancias y comercio local no puede detenerse por largos períodos.

La meta de 2033 depende de tecnología, pero también de conexión regular y tarifa que sea asequible

El Nuevo Marco Legal del Saneamiento fijó metas nacionales estrictas: hasta el fin de 2033, el 99% de la población debe tener acceso a agua tratada y el 90% a la recolección y tratamiento de aguas residuales, según el Ministerio de las Ciudades.

La distancia hasta ese punto aún es grande. El propio SINISA describe que las pérdidas pueden ser reales, cuando el agua escapa por fugas en aductos, ramales y reservorios, o aparentes, cuando el consumo existe, pero no es medido o facturado por fallos de registro, medidores, errores de lectura, fraudes y conexiones clandestinas. El informe de abastecimiento de agua de 2025 señaló 39,5% de pérdidas totales en la distribución y 39,1% de pérdidas de facturación.

En las comunidades, la palabra “pérdida” no siempre significa solo desperdicio físico. Muchas conexiones informales surgieron porque el servicio regular nunca llegó o llegó de forma inestable. Cuando la red oficial entra, el desafío deja de ser solo técnico y pasa a involucrar registro, tarifa social, medición justa y comunicación clara con los residentes.

La tecnología puede mostrar dónde el tubo tiene fugas, qué válvula debe ajustarse y dónde la obra causa menos trastorno. Pero el saneamiento universal requiere otra parte menos visible: contratos fiscalizados, inversión continua, mantenimiento preventivo y capacidad de atender a quienes hoy están fuera de la red formal.

Si satélites, robots, helio y tuneladoras están llegando al saneamiento, la pregunta ahora es si estas herramientas se convertirán en mejoras diarias en el grifo y en el alcantarillado de las comunidades. ¿Crees que la tecnología puede acelerar la universalización o el problema principal aún está en la gestión y en la inversión? Deja tu opinión en los comentarios.

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Geovane Souza

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