Investigadores de Australia analizaron 21 años de exámenes de sangre de 7 mil personas y vieron un marcador de CO2 subir al mismo ritmo que el gas en la atmósfera. Su mensaje es doble: la tendencia preocupa, pero por ahora es una hipótesis, no una sentencia.
Un estudio publicado en febrero de 2026 detectó que el CO2 en la sangre humana ha estado subiendo de forma constante en las últimas dos décadas, al mismo ritmo en que el gas aumenta en la atmósfera. La investigación, realizada por The Kids Research Institute Australia en colaboración con la Universidad Curtin y la Universidad Nacional Australiana, analizó exámenes de alrededor de 7 mil personas y concluyó que, si la tendencia continúa, un marcador de CO2 en el cuerpo puede superar el límite saludable en alrededor de 50 años. Es la primera vez que una investigación a gran escala sigue el dióxido de carbono en el cuerpo humano y encuentra este patrón.
Los datos se publicaron en la revista científica Air Quality, Atmosphere and Health y tuvieron repercusión en medios como la CNN en marzo de 2026. Entre 1999 y 2020, el bicarbonato en la sangre, que es la principal forma en que el CO2 circula en el cuerpo, subió alrededor de 7 por ciento, pasando de 23,8 a 25,3 miliequivalentes por litro. En el mismo período, el CO2 en la atmósfera saltó de alrededor de 369 partes por millón en 2000 a más de 420 hoy, el nivel más alto de la historia de nuestra especie.
Cómo el gas del aire termina dentro de tu sangre
La lógica es más simple de lo que parece. Con más CO2 en el aire, respiramos más CO2 en cada inspiración. Este exceso deja la sangre un poco más ácida, y el cuerpo reacciona intentando equilibrarse: los riñones producen y retienen más bicarbonato para neutralizar la acidez. Por eso este marcador subió, y es así como el dióxido de carbono en el cuerpo humano termina convirtiéndose en un número que aparece en el examen de sangre.
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El problema es que este equilibrio tiene un costo. En el mismo intervalo estudiado, el calcio en la sangre cayó alrededor de 2 por ciento y el fósforo, alrededor de 7 por ciento. Una de las hipótesis de los investigadores es que los huesos entren en la cuenta como amortiguadores, liberando minerales para ayudar a tamponar la acidez, lo que ayudaría a explicar esta caída.
La alerta pesa más para los niños
Los autores insisten en destacar quién está más expuesto: los niños y adolescentes de hoy. Como vivirán las próximas décadas enteras respirando un aire cada vez más cargado de CO2, el tiempo de exposición acumulada de ellos es el mayor de todos.
En las proyecciones del estudio, manteniendo el ritmo actual, el bicarbonato en la sangre podría llegar al tope del rango considerado saludable alrededor de 2076. El calcio y el fósforo, disminuyendo, podrían acercarse al límite mínimo saludable hasta el final de este siglo.
Atención: aún es una hipótesis, no una certeza
Aquí entra la parte honesta que muchos titulares por ahí esconden. Los propios autores, escribiendo en el sitio The Conversation, dejaron claro que el estudio muestra una correlación fuerte, no una causa probada. En otras palabras, captaron dos curvas subiendo juntas, la del CO2 en el aire y la del bicarbonato en la sangre, pero eso aún no significa que una cause a la otra de forma definitiva.
Otros factores, como cambios de dieta, peso de la población y función de los riñones a lo largo de los años, también pueden estar empujando esos números. El propio título del trabajo habla de una atmósfera «potencialmente» tóxica, y el resumen de los científicos es incómodamente sincero: la señal es preocupante, pero aún no saben con certeza qué significa. Es una alerta para investigar más, no un diagnóstico para entrar en pánico.
Por qué esto importa de todas formas
Aunque sea una hipótesis, el descubrimiento abre una nueva puerta. Hasta ahora, la conversación sobre cambio climático giraba casi toda en torno a temperatura, sequía, inundación y nivel del mar. Este estudio sugiere, por primera vez con datos de población a gran escala, que el exceso de dióxido de carbono en el cuerpo humano puede estar dejando una marca mensurable.
Si se confirma con nuevas investigaciones, sería un motivo más, ahora bien personal, para enfrentar la cantidad de carbono que la humanidad lanza al aire. No como un problema solo del clima allá afuera, sino como algo que circula, literalmente, en nuestra vena.

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