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El precio de la carne bovina en Argentina se disparó tanto que la población comenzó a comer carne de burro y llama como alternativa, mientras que en Brasil la picanha ya cuesta R$ 98 el kilo.

Escrito por Bruno Teles
Publicado el 22/04/2026 a las 20:06
Actualizado el 22/04/2026 a las 20:08
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La inflación en Argentina elevó el precio de la carne bovina a más de 25 mil pesos por kilo en 2026, forzando a la población a migrar hacia alternativas como burro y llama, mientras que en Brasil la picanha ya alcanza R$ 98 y el asado se convierte en un artículo de lujo.

La carne bovina, pilar histórico de la alimentación argentina, se volvió inaccesible para una parte creciente de la población en 2026 después de que la inflación elevó el precio del kilo más allá de los 25 mil pesos. Frente a un presupuesto doméstico cada vez más ajustado, los consumidores argentinos comenzaron a buscar proteínas alternativas que se ajusten a su bolsillo, y dos opciones ganaron espacio en los mercados y carnicerías del país: la carne de burro, comercializada por aproximadamente 7.500 pesos el kilo, y la de llama, valorada por su perfil nutricional magro y producción sostenible en pastizales naturales. El cambio no es solo cuestión de preferencia: es una estrategia de supervivencia alimentaria en una economía donde el poder adquisitivo se reduce mes a mes.

Al otro lado de la frontera, el escenario tampoco es cómodo. En Brasil, la picanha bovina ya cuesta aproximadamente R$ 98 por kilo, un valor que ha transformado el corte más popular de los asados brasileños en un artículo que muchas familias deben calcular antes de poner en el carrito. La comparación entre los dos países vecinos expone una presión inflacionaria sobre la carne que trasciende fronteras y obliga a los consumidores en toda América del Sur a repensar lo que ponen en la mesa.

Por qué la carne bovina se volvió tan cara en Argentina

El precio de la carne en Argentina superó los 25 mil pesos por kilo y la población migró hacia burro y llama. En Brasil, la picanha ya cuesta R$ 98. Entiende la crisis.

La inflación argentina de 2026 no es un fenómeno nuevo, pero alcanzó niveles que afectan directamente el ítem más sensible de la dieta nacional. El aumento del precio de la carne por encima de los 25 mil pesos por kilo resulta de una cadena de factores que incluye una rápida devaluación cambiaria, altos costos de producción para los ganaderos y una política económica que no logró estabilizar los precios básicos a lo largo de los últimos años. Para un país que históricamente ha consumido más carne bovina per cápita que cualquier otro en el mundo, la imposibilidad de mantener este hábito representa una ruptura cultural profunda.

El impacto en las familias es inmediato y medible. Cuando el kilo de carne de res cuesta más de tres veces el precio de la alternativa más barata, la decisión de cambiar el bife de chorizo por carne de burro deja de ser curiosidad gastronómica y se convierte en cálculo de supervivencia. La proteína animal sigue siendo considerada esencial por la población, pero el origen de esta proteína ha cambiado radicalmente para quienes no tienen ingresos suficientes para seguir el aumento de precios.

Lo que llevó a los argentinos a adoptar la carne de burro y de llama

La carne de burro entró en el menú argentino por una razón objetiva: cuesta alrededor de un tercio del precio de la carne de res. Además del atractivo económico, la cría de asnos demanda menos recursos hídricos y prospera en el clima seco de regiones como la Patagonia, lo que hace que la producción sea viable en áreas donde la ganadería bovina convencional sería más costosa. El producto aún enfrenta resistencia cultural, ya que la tradición argentina asocia la calidad alimentaria con el ganado bovino, pero la presión del bolsillo está venciendo el prejuicio.

La carne de llama ocupa un nicho diferente. Rica en proteínas y con un contenido de grasa significativamente inferior al de la carne de res, atrae a consumidores que buscan opciones saludables y sostenibles, ya que los animales se alimentan en pastos naturales de altitud sin necesidad de piensos industrializados. La producción de llama en Argentina se concentra en las provincias andinas, y el creciente interés por esta proteína ha abierto oportunidades para criadores que antes operaban a escala marginal. Derivados como la leche de burro también han ganado atención por sus propiedades nutricionales y aplicaciones cosméticas, ampliando la cadena productiva más allá de la carnicería.

Lo que está sucediendo con el precio de la carne en Brasil

Si la situación argentina es extrema, el escenario brasileño no permite consuelo. La picanha, corte más deseado para asados y símbolo de la gastronomía popular brasileña, alcanzó R$ 98 por kilo en 2026, precio que hace cinco años se consideraría absurdo y que hoy se ha convertido en la realidad en las carnicerías y supermercados del país. El aumento refleja la presión de costos en la ganadería, un tipo de cambio desfavorable para insumos importados y la demanda internacional de proteína bovina brasileña, que compite con el consumo interno.

La consecuencia en las mesas brasileñas es visible. Las familias que antes compraban picanha semanalmente ahora la reservan para ocasiones especiales o la sustituyen por cortes más baratos como acém, paleta y músculo. La carne de pollo y la de cerdo, tradicionalmente más accesibles, han ganado participación en el menú diario, y el asado del domingo, un ritual cultural tan importante en Brasil como el asado en Argentina, se ha convertido en un ítem de planificación financiera en lugar de un hábito automático.

Lo que la crisis de la carne revela sobre la alimentación en América del Sur

Cuando dos de los mayores productores y consumidores de proteína bovina del mundo enfrentan dificultades para poner este alimento en la mesa de sus poblaciones, la señal es que algo estructural ha cambiado. Argentina, que exporta carne premium a todo el mundo, ve a sus propios ciudadanos migrando hacia el burro y la llama. Brasil, el mayor exportador global de carne bovina, tiene consumidores que retroceden ante el precio de la picanha. En ambos casos, la producción no ha caído: lo que ha cambiado es la capacidad de compra de la población.

La tendencia de diversificación proteica puede consolidarse incluso después de una eventual estabilización de precios. Consumidores que han descubierto que la carne de llama es nutritiva y sabrosa o que la de burro rinde más en el presupuesto pueden mantener estas opciones en el menú por elección y no solo por necesidad. Para los productores, esto significa que se están formando nuevas cadenas de valor, y para los gobiernos, que la seguridad alimentaria no puede depender exclusivamente de un único tipo de proteína cuyo precio se ha vuelto prohibitivo para quienes más la necesitan.

¿Y tú, pagarías R$ 98 por kilo de picanha o ya has cambiado por cortes más baratos? ¿Probarías la carne de llama si estuviera disponible en Brasil? Deja tu opinión en los comentarios.

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Bruno Teles

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