En medio del Parque Estatal de la Piedra Blanca, Maurício mantiene desde 1984 una rutina autosuficiente, alejada de la vida urbana, incluso rodeado por algunos de los barrios más poblados de Río de Janeiro
A pocos kilómetros de regiones movidas como Recreio dos Bandeirantes y Barra da Tijuca, existe una realidad que contrasta con el concreto, el tráfico y los edificios. En el interior del Parque Estatal de la Piedra Blanca, Maurício vive alejado del contacto urbano, sin electricidad, sin agua corriente y sin ninguna dependencia de tecnología moderna. La elección fue hecha en 1984 y, desde entonces, nada ha cambiado.
Para llegar hasta su casa, es necesario recorrer más de 50 minutos de senda empinada, atravesando el macizo de la Piedra Blanca, considerado el mayor bosque urbano de Brasil. Aunque está geográficamente insertado en uno de los mayores centros urbanos del país, el alejamiento de la ciudad es completo, deliberado y mantenido desde hace 40 años.
La rutina comienza antes de que salga el sol y sigue el ritmo de la naturaleza
Antes del amanecer, Maurício ya está despierto. Todos los días comienzan temprano, siempre guiados por la luz natural. El baño se toma en cascadas de la región. La comida se prepara en fogón de leña. No hay electricidad, móvil ni ningún aparato eléctrico. Según él, la tecnología aleja a las personas del presente y de la propia vida.
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La casa donde vive, conocida como Casa de Piedra, fue construida por él mismo, con piedras extraídas del propio bosque. Simple, firme y funcional, la construcción refleja la forma en que Maurício conduce su propia existencia. Documentos personales se guardan de manera básica, protegidos del entorno natural.
A pesar de afirmar haber nacido en 1958, Maurício relata divergencias en sus registros oficiales. Aun así, la vitalidad llama la atención. Sin comodidad urbana ni apoyo tecnológico, realiza tareas diarias pesadas con tranquilidad y constancia.
El trabajo manual asegura el sustento diario
El sustento proviene del cultivo de yuca y de la venta de frutas, principalmente plátano y jaca. Las cajas son cargadas a la espalda durante largas caminatas por la senda. A pesar del peso, Maurício afirma que el esfuerzo no lo cansa. Para él, el ritmo es natural.
No hay otra fuente de ingresos. La tierra perteneció a su madre y hoy está vinculada a sus hermanos. Aun así, Maurício optó por permanecer allí, manteniendo una relación directa con el suelo y con lo que produce.
Las relaciones humanas existen, pero siguen criterios propios
A pesar de la vida alejada de la ciudad, Maurício no está totalmente desconectado del mundo. Mantiene contacto con sus hermanos y con viejos amigos, como Sérgio, productor cultural y residente de Vargem Grande, que lo conoce desde 1984. Aparte de eso, el contacto más frecuente ocurre con plantas y animales, especialmente perros y gatos.
Maurício afirma haber oído hablar de Neymar y de Gusttavo Lima, aunque no sigue el fútbol ni la música. Prefiere no saber de la vida ajena y evita información que no forme parte de su cotidianidad.
La noche en el bosque representa tranquilidad, no miedo
Cuando el día termina, Maurício prepara la leña, abastece el horno y organiza el espacio. Luego, observa la luna salir sobre el bosque. Según él, la noche trae calma y contemplación. Para Maurício, quien teme a la oscuridad no podría vivir de esta manera.
Su historia llama la atención precisamente por contradecir la lógica urbana y tecnológica. Aun rodeado por millones de personas, Maurício demuestra que aún es posible vivir en completo alejamiento de la ciudad, por elección propia.
¿Hasta qué punto vivir lejos del contacto urbano representa renuncia y en qué momento esta decisión empieza a significar libertad?
