Introducido en 1946, el castor norteamericano se extendió por la Tierra del Fuego, provocando daños forestales, hidrológicos y económicos, presionando a Argentina y Chile a adoptar erradicación binacional
El castor norteamericano (Castor canadensis) se convirtió en especie invasora en la Tierra del Fuego, en el extremo sur de la Patagonia, tras su introducción en 1946, causando daños ambientales, económicos y forestales, motivando acciones binacionales entre Argentina y Chile.
Desde 1946, cuando 20 castores fueron importados de Canadá y soltados en el Lago Cami, la población se ha extendido por casi toda la isla, sin control efectivo.
La iniciativa partió del gobierno argentino, que buscaba establecer una industria de comercio de pieles en la región, estrategia que no resultó viable.
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Con el fracaso económico del proyecto original, los animales permanecieron libres, se multiplicaron rápidamente y comenzaron a alterar de forma profunda los ecosistemas locales.
Expansión sin control natural de los castores
Los castores norteamericanos encontraron en la Tierra del Fuego un ambiente sin depredadores naturales que puedan limitar su crecimiento poblacional.
En América del Norte, osos y lobos ejercen un papel fundamental en el control de la especie, situación que no existe en el extremo sur de la Patagonia.
Un observador citado en discusiones sobre el tema afirmó que quienes piensan en importar castores deberían importar también a sus depredadores naturales.
Según un informe de NPR de junio de 2011, alrededor de 200.000 castores vivían en la región en ese período.
Otra estimación mencionada en reportes describió una población superior a 100.000 individuos, comparando el nivel de destrucción con el paso de tractores.
Impactos directos sobre bosques y ríos
El Parque Nacional Tierra del Fuego, en territorio argentino, está entre las áreas más amenazadas por la acción continua de los castores invasores.
Los árboles protegidos durante décadas están siendo talados, comprometiendo paisajes naturales considerados estables por miles de años.
Además de la isla, los animales ya han sido registrados en la Península de Brunswick, en Chile continental, ampliando las preocupaciones gubernamentales sobre la expansión futura.
De acuerdo con la revista Nature, aproximadamente 16 millones de hectáreas de bosque nativo están bajo amenaza directa.
A diferencia de los bosques norteamericanos, muchos árboles de América del Sur no se regeneran tras la tala, agravando la pérdida ambiental.
Represas, inundaciones y perjuicios
Los castores construyen represas que inundan áreas extensas, ahogando árboles, vegetación ribereña y alterando el curso natural de los ríos.
Estas estructuras forman lagunas artificiales de agua dulce, modificando el régimen hidrológico y acumulando sedimentos y materia orgánica.
Las inundaciones también afectan caminos, pastizales y áreas agrícolas, generando perjuicios directos a la infraestructura y a las actividades productivas locales.
Según NPR, estos daños alcanzaron millones de dólares a lo largo de los años, impactando a las comunidades humanas de la región.
Alteración histórica del paisaje
El ecólogo Christopher Anderson, de la Universidad de Magallanes, destacó la magnitud de los cambios provocados por los castores invasores.
Para él, la modificación del área forestal representa la mayor alteración en escala de paisaje del Holoceno, periodo de aproximadamente 10.000 años.
Esta transformación afecta a hábitats enteros y desencadena efectos en cascada sobre el ecosistema subantártico, considerado frágil y poco resiliente.
Investigaciones indican que los hábitats locales poseen baja capacidad de recuperación tras los daños causados por las represas y los cortes forestales.
Consecuencias sociales y económicas
Con la expansión territorial de los castores, las comunidades humanas comenzaron a enfrentar impactos directos en su cotidianidad e infraestructura básica.
Relatos apuntan a inundaciones de caminos, destrucción de cercas para ganado y daños a postes de internet y telefonía móvil.
Se estima que solo en Argentina estos problemas generan costos anuales de US$ 66 millones, monto asociado al mantenimiento y reparaciones constantes.
Estos perjuicios han reforzado la necesidad de respuestas coordinadas entre los dos países que comparten la isla.
Apoyo a la erradicación y restauración
Una investigación realizada en 2017 con gestores de tierras e investigadores de la Tierra del Fuego reveló un apoyo significativo a la erradicación de los castores.
El apoyo a la eliminación de la especie fue más fuerte entre gestores, mientras que los investigadores demostraron un mayor énfasis en la restauración del paisaje forestal.
Ambos grupos coincidieron sobre la gravedad del problema ambiental y la necesidad de acciones estructuradas y continuas.
Políticas binacionales y desafíos culturales en relación a los castores
Inicialmente, las autoridades intentaron incentivar la caza recreativa, revocando leyes de protección previamente vigentes para la especie.
El resultado fue limitado, ya que las pieles poseen bajo valor comercial y el incentivo financiero resultó insuficiente para movilizar cazadores.
También existe un factor cultural relevante, ya que parte de la población local ve a los castores como animales pacíficos y simpáticos, no invasores destructivos.
En 2008, Chile y Argentina aprobaron la Resolución 157/10, poniendo fin al control poblacional y determinando la erradicación completa de la especie.
Estudios de científicos de países como Estados Unidos y Nueva Zelanda indicaron que la erradicación sería posible, aunque costosa, estimándose en 33 millones de dólares.
Métodos y límites operativos
Entre los métodos utilizados están trampas de acero que matan al animal instantáneamente, con recompensas ofrecidas a individuos participantes.
Hasta 2011, los resultados fueron limitados, llevando a las autoridades a anunciar planes que involucraban cazadores profesionales, perros, helicópteros y barcos.
Estas operaciones avanzarían en frentes móviles y serían acompañadas por estudios científicos para evaluar eficacia e impactos colaterales.
En el Parque Nacional Tierra del Fuego, la prioridad en 2011 se mantuvo en el control, no en la erradicación, por razones de bienestar animal.
A pesar de las dificultades, el consenso científico apunta a que la permanencia de la especie representa un riesgo continuo para el paisaje forestal subantártico, la infraestructura regional y la población humana, manteniendo el tema como prioridad ambiental binacional, incluso frente a desafíos forestales persistentes.
Con información de Wikipedia y otras fuentes.



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