Estancia en la Antártida revela impactos mensurables en el cerebro humano y en la atención de investigadores tras una misión prolongada en un ambiente hostil, con efectos detectados por exámenes de imagen, sangre y pruebas cognitivas.
Una expedición de 14 meses a la estación alemana Neumayer III, en la Antártida, se asoció con cambios mensurables en el cerebro y en el rendimiento cognitivo de investigadores sometidos a una estancia prolongada, frío extremo y meses de oscuridad.
El seguimiento, conducido por científicos de la Charité y del Instituto Max Planck para el Desarrollo Humano y publicado en el The New England Journal of Medicine, identificó una reducción en el giro denteado, subárea del hipocampo relacionada con la memoria y la orientación espacial, además de efectos sobre habilidades espaciales y atención selectiva.
Participaron en el estudio cinco hombres y cuatro mujeres que permanecieron 14 meses en la base, de los cuales nueve sin contacto con el mundo exterior.
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Antes, durante y después de la misión, el equipo fue sometido a pruebas cognitivas computarizadas, exámenes de sangre y resonancias magnéticas, mientras que un grupo de nueve personas fuera de la expedición pasó por las mismas evaluaciones para comparación.
La rutina en Neumayer III ayuda a explicar por qué la Antártida se convirtió en un laboratorio natural para este tipo de investigación.
Según los investigadores, el ambiente reúne temperaturas que pueden llegar a -50 °C, casi completa ausencia de luz en invierno, poca privacidad y contacto mínimo con el exterior, además de una limitación operativa decisiva: en los meses más severos, no hay margen real para acortar la permanencia ni para realizar evacuaciones rápidas.
Impacto en el cerebro humano

El foco principal de los exámenes de imagen fue el hipocampo, estructura cerebral involucrada en la formación de recuerdos y en el procesamiento espacial.
Con una metodología de alta resolución, los científicos examinaron subáreas de esta región y observaron, al final de la misión, que el giro denteado estaba más pequeño en los integrantes de la expedición en comparación con el grupo de control, un dato que reforzó la hipótesis de que ambientes extremos y poco estimulantes pueden producir efectos físicos sobre el cerebro.
Lo que llamó la atención fue la convergencia entre diferentes medidas.
Los investigadores no solo se apoyaron en las imágenes cerebrales, sino que también siguieron los niveles de BDNF, una proteína asociada al crecimiento, mantenimiento y plasticidad de neuronas y sinapsis.
De acuerdo con los resultados, esta sustancia ya había disminuido después de tres meses en la Antártida y seguía por debajo del nivel registrado antes del viaje incluso un mes y medio después del regreso, en línea con los cambios observados en las resonancias.
Alteraciones cognitivas y caída del rendimiento
Los efectos también aparecieron en tareas cognitivas que simulan demandas importantes para la vida en un ambiente hostil y restringido.
Las pruebas mostraron alteraciones en habilidades espaciales, utilizadas para organizar trayectorias y referencias en el espacio, y en atención selectiva, capacidad necesaria para filtrar distracciones y concentrar recursos mentales en lo que importa.
En condiciones normales, la repetición de este tipo de prueba suele elevar el rendimiento con el tiempo, pero esta ganancia fue menor entre los participantes que presentaron reducción del giro dienteado.
Este resultado es relevante porque el giro dienteado no es una región periférica del funcionamiento cerebral.
Se trata de una subárea del hipocampo con un papel importante en la formación de memoria y en el pensamiento espacial, dos funciones particularmente exigidas en contextos de confinamiento, monotonía ambiental y necesidad de adaptación continua.
Así, la alteración anatómica dejó de ser solo un detalle de neuroimagen y pasó a dialogar con cambios concretos verificados en el rendimiento cognitivo.

Otro punto decisivo del trabajo fue el diseño del seguimiento.
En lugar de comparar solo el antes y el después de la expedición, los científicos monitorearon a los voluntarios en diferentes momentos de la misión, lo que permitió observar la progresión de las alteraciones a lo largo de la permanencia en el continente.
Este formato fortaleció la asociación entre el ambiente extremo y los hallazgos registrados en la sangre, en el cerebro y en las tareas de atención y procesamiento espacial.
Antártida como laboratorio de adaptación humana
La Antártida ofrece una combinación rara de factores que difícilmente aparece de forma tan concentrada en otros escenarios.
El confinamiento rígido, el paisaje casi inmutable, la escasez de contactos sociales externos y la oscuridad prolongada crean un contexto útil para estudiar la adaptación humana en condiciones límite.
Por eso, este tipo de misión suele interesar no solo a la medicina polar, sino también a investigaciones sobre la estancia prolongada y operaciones en entornos extremos.
Al divulgar los resultados, los autores resaltaron la necesidad de cautela en la interpretación debido al número reducido de participantes.
Aun así, afirmaron que los datos traen una indicación importante de que las condiciones ambientales extremas pueden afectar el cerebro humano, sobre todo en regiones asociadas a la generación y el mantenimiento de nuevas conexiones neuronales.
El propio equipo señaló, en su momento, la intención de investigar si la actividad física podría actuar como estrategia de protección contra estos cambios.
La dimensión de la muestra, sin embargo, no elimina el peso del hallazgo.
Estudios en entornos como la Antártida suelen enfrentar limitaciones logísticas severas, lo que hace raro seguir a voluntarios con exámenes repetidos, recolección biológica y pruebas cognitivas a lo largo de más de un año.
En este contexto, la investigación ganó destaque precisamente por reunir diferentes indicadores en torno a una misma dirección: la de que la estancia prolongada, sumada a condiciones ambientales hostiles, puede dejar marcas objetivas en el organismo.
Hay aún un aspecto práctico que ayuda a dimensionar estos resultados.
Los participantes no eran personas sin preparación, sino investigadores en misión estructurada, con entrenamiento y soporte técnico, insertados en una rutina planificada para operar en uno de los entornos más difíciles del planeta.
Aun así, el estudio encontró señales de impacto en la estructura cerebral, en marcadores biológicos y en funciones cognitivas relacionadas con la orientación espacial y el control de la atención.
Estos datos colocan la discusión en un terreno más objetivo.
En lugar de restringir los efectos de la experiencia antártica a mal sueño, desgaste emocional o incomodidad del confinamiento, el trabajo mostró que parte de la respuesta del organismo puede medirse con herramientas de imagen, exámenes de laboratorio y pruebas estandarizadas.
La lectura más directa, con las cautelas exigidas por una muestra pequeña, es que el cerebro reacciona de forma detectable cuando la cotidianidad combina monotonía, estancia y estrés ambiental durante muchos meses seguidos.

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