La historia de José Alberto Gutiérrez revela cómo libros descartados en las calles de Bogotá encontraron un nuevo destino al formar una biblioteca gratuita para niños, familias y comunidades pobres, en una iniciativa creada durante el trabajo de recolección y mantenida con apoyo familiar.
José Alberto Gutiérrez, ex recolector de basura en Bogotá, Colombia, transformó libros descartados en las calles en una biblioteca gratuita dirigida a niños y familias de regiones pobres, reuniendo cerca de 25 mil ejemplares a partir de materiales encontrados durante el trabajo.
Conocida como La Fuerza de las Palabras, la iniciativa llevó al colombiano a ser llamado “Señor de los Libros” y ganó repercusión internacional al mostrar cómo obras abandonadas podían volver a circular en comunidades con poco acceso a la lectura.
Durante una ruta de recolección en la capital colombiana, Gutiérrez encontró un ejemplar de “Anna Karenina”, clásico del escritor ruso Liev Tolstói, y decidió llevar el libro a casa en lugar de dejarlo seguir para el descarte.
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A partir de ese hallazgo, el trabajador comenzó a repetir el gesto siempre que veía obras tiradas, creando poco a poco una colección doméstica que más tarde se convertiría en referencia para los residentes del barrio Nueva Gloria.
El movimiento ganó fuerza cuando vecinos empezaron a buscar a la familia en busca de libros que ayudaran a los niños en las tareas escolares, ampliando el alcance de una práctica que había comenzado como decisión personal durante la rutina de trabajo.
Según la Agence France-Presse, en un reportaje reproducido por NDTV el 06 de junio de 2017, la biblioteca gratuita fue abierta en 2000 con la participación de la esposa, Luz Mery Gutiérrez, y los tres hijos de la pareja.
Biblioteca gratuita nació dentro de casa en Bogotá
En la casa de la familia, ubicada en un área popular de la capital colombiana, pilas de libros pasaron a ocupar un piso entero, mientras los residentes buscaban materiales escolares, novelas, literatura infantil y clásicos que no encontraban con facilidad.
Con el paso del tiempo, la colección creció no solo con obras rescatadas de las calles, sino también con donaciones, fortaleciendo el papel de la biblioteca como punto comunitario de acceso gratuito al conocimiento.
Entre los títulos citados en el reportaje estaban “El Principito”, “El Mundo de Sofía”, “La Ilíada” y libros del colombiano Gabriel García Márquez, nombres que ayudaban a acercar a lectores de diferentes épocas y estilos literarios.
Esta variedad hizo que el espacio fuera más allá del préstamo de libros escolares, permitiendo que niños y adultos tuvieran contacto con obras que difícilmente llegarían a muchas familias sin costo o sin desplazamientos mayores por la ciudad.
Al reunir descarte urbano y falta de acceso a la lectura, la actuación de Gutiérrez llamó la atención sobre dos desafíos presentes en grandes ciudades, especialmente en regiones donde bibliotecas públicas y librerías no forman parte de la rutina de muchos residentes.
La Fundación La Fuerza de las Palabras informa que actúa como organización comunitaria sin fines de lucro, con donación de libros a escuelas rurales, bibliotecas comunitarias, cárceles, hogares de infancia y espacios culturales en Colombia.
La Fuerza de las Palabras amplió acceso a la lectura
De acuerdo con la propia fundación, el proyecto fue fundado en Bogotá en 1995 por José Alberto Gutiérrez y su familia, con la propuesta de rescatar libros descartados y convertirlos en oportunidades educativas y culturales.
Este hito institucional convive con el registro de la AFP de que la biblioteca gratuita fue abierta en la casa de la familia en 2000, cuando la demanda de vecinos ya había transformado el acervo doméstico en servicio comunitario.
A pesar de la proyección alcanzada, el origen simple de la iniciativa continuó ligado a la historia personal de Gutiérrez, quien no avanzó más allá de la escuela primaria cuando niño y conoció de cerca las barreras impuestas por la falta de oportunidades educativas.
El contacto con la lectura, según relató a la AFP, vino de la madre, que leía historietas para él durante la infancia en una casa sencilla en el campo, creando un vínculo que más tarde se convertiría en acción comunitaria.
Al explicar el inicio de la iniciativa, Gutiérrez dijo a la agencia que percibió libros siendo tirados a la basura y decidió rescatarlos, en una declaración que sintetiza la lógica del trabajo mantenido a lo largo de los años.
La frase “comencé a rescatarlos” expresa el punto central del proyecto, creado sin campaña oficial o gran estructura, pero sostenido por la observación diaria de un trabajador frente a objetos tratados como residuos urbanos.
Con el crecimiento del acervo, la familia llegó a promover sesiones de lectura para niños dentro de la propia casa, pero la falta de espacio obligó a interrumpir estas actividades en el inmueble.
Aun así, el trabajo continuó por medio de la distribución gratuita de libros en cientos de comunidades pobres y regiones remotas de Colombia, ampliando el alcance de una biblioteca que había nacido en cuartos familiares.
Libros rescatados llegaron a comunidades distantes
Fuera del barrio donde todo comenzó, la circulación de los libros llevó a Gutiérrez a eventos ligados a la lectura, incluyendo invitaciones para ferias internacionales del libro en Santiago, Monterrey y Bogotá, según el reportaje de la AFP.
Para un proyecto creado sin estructura formal de gran tamaño, esta proyección mostró cómo la iniciativa superó los límites de la casa de la familia y pasó a ser reconocida como experiencia de movilización comunitaria por la lectura.
El alcance también llegó a personas en proceso de reintegración social tras el acuerdo de paz firmado en Colombia en 2016, cuando integrantes de las Farc estaban reunidos en zonas de desmovilización.
Según relató la AFP, un integrante del grupo pidió libros para miembros que necesitarían estudiar y prepararse para la transición a la vida civil, en otro ejemplo de cómo el acervo pasó a circular más allá del vecindario.
Gutiérrez afirmó a la agencia que los libros lo transformaron y, por eso, veía en ellos un símbolo de esperanza y de paz, declaración que ganó fuerza por la trayectoria construida a partir de obras retiradas de la basura.
Al devolver estos materiales a la circulación, el ex-recolector ayudó a acercar a niños, familias y comunidades a oportunidades de estudio, mostrando que la lectura también puede depender de gestos simples repetidos con constancia.
La historia permanece relevante porque muestra cómo una acción individual, mantenida durante años, puede cambiar la relación de una comunidad con el conocimiento y transformar materiales descartados en herramientas de formación.
En lugar de ver solo basura en las calles de Bogotá, José Alberto Gutiérrez vio libros, lectores y posibilidades de estudio para niños que necesitaban acceso a lo básico para aprender.
¿Cuántas bibliotecas aún podrían nacer de materiales descartados si más personas vieran los libros tirados como una oportunidad de recomenzar?
