La Técnica Zaï Usa Covas Con Estiércol Y Acción De Termitas Para Regenerar Suelos En El Sahel, Aumentar Producción En Hasta 500% Y Recuperar Áreas Antes Consideradas Improductivas.
En el corazón del Sahel africano, donde el suelo llegó hasta tarde, agricultores de Burkina Faso descubrieron una alianza improvisada: las termitas. La técnica Zaï, que consiste en cavar pequeñas covas en el suelo árido y llenarlas con estiércol, atrae a estos seres que perforan túneles naturales en el suelo duradero, permitiendo que el agua de lluvia se infiltre en lugar de escurrir. El resultado sorprende incluso a los especialistas en agricultura: un aumento de producción de hasta 500% en tierras que antes eran consideradas perdidas para siempre, reducción del tiempo de trabajo de 380 a 50 horas por hectárea con mecanización y recuperación de 40 km² de tierra degradada solo en Níger.
El Suelo Que Parecía Muerto
El Sahel es un paso de tierra árida que atraviesa África de este a oeste, en el borde sur del desierto del Sáhara. En Burkina Faso, Níger y Malí, el clima cálido e impredecible se combina con décadas de uso intensivo del suelo para crear un problema devastador: la formación de una costra dura en la superficie de la tierra, llamada localmente Zippélé.
Esta costra funciona como una capa impermeable que impide que el agua de lluvia entre en el suelo. Cuando llueve, en lugar de alimentar las raíces de las plantas, el agua simplemente se escurría por la superficie arrastrando consigo los últimos nutrientes que quedaban.
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En las décadas de 1970 y 1980, grandes sequías devastaron el Sahel. Granjas enteras fueron abandonadas. Familias enteras migran a las ciudades en busca de supervivencia. La tierra ya no producía nada. Fue en este contexto que los agricultores del norte de Burkina Faso comenzaron a experimentar y perfeccionar una técnica antigua que había caído en desuso: el Zaï.
Cómo Funciona: Covas, Estiércol Y Termitas
La lógica detrás del Zaï es simple, pero el resultado es revolucionario. Durante la estación seca, cuando el suelo está duro y el calor es intenso, los agricultores cavan pequeñas covas de 20 a 30 centímetros de ancho y 10 a 20 centímetros de profundidad, espaciadas aproximadamente de 60 a 80 centímetros unas de otras. Cada cova recibe una porción de estiércol animal o compost orgánico.
Aquí es donde entra el aliado improbable: el estiércol atrae termitas. Estos insectos, generalmente vistos como plagas, se convierten en los mayores constructores de la ópera.
Las termitas excavan una red de túneles finos alrededor de cada cova, rompiendo la costra compacta del suelo. Cuando las primeras lluvias llegan en junio, el agua ya no escurre por la superficie: cae justo en las covas y se infiltra por los túneles abiertos por las termitas, llegando a las raíces de las semillas que fueron plantadas en el centro de cada cova.
Las covas también funcionan como pequeñas cuencas de captación. La tierra retirada para formar cada cova se deposita en el borde inferior, creando una pequeña barrera que retiene aún más agua. El estiércol en su interior se descompone lentamente, liberando nutrientes lentamente en la zona de las raíces. El suelo que parecía muerto vuelve a respirar.
Los Números Que Prueban La Eficacia De La Técnica Africana
Los datos recopilados en Burkina Faso son contundentes. En campos de sorgo, la producción sin el sistema Zaï estuvo entre 319 y 642 kg por hectárea en tierra degradada.
Con el Zaï aplicado, la producción saltó a entre 975 y 1,600 kg por hectárea, según estudios publicados en la revista Fronteras En Sistemas Alimentarios Sostenibles. En casos más favorables, el resultado alcanza hasta 500% en comparación con cultivos convencionales en el mismo suelo degradado.
En Níger, la técnica se combinó con líneas de piedra para detener la erosión y recuperar 40 km² de tierra considerada inapta para cultivar.
En Burkina Faso, investigadores del Instituto de Medio Ambiente y Investigación Agrícola (INERA) y de ONG como Solibam desarrollan una versión mecanizada del proceso: en lugar de cavar cada cova manualmente con una azada corta, un implemento tirado por un animal crea surcos cruzados donde las semillas se siembran en las intersecciones.
Con esta mecanización, el tiempo de trabajo cayó de 380 horas por hectárea a solo 50 horas, haciendo que la técnica sea viable a mayor escala.
Un estudio del INERA mostró que el sorgo producido con Zaï mecanizado generó un ingreso positivo de hasta 165,000 francos CFA por hectárea, un valor significativo en regiones que hasta entonces era difícil de producir antes de la era improvisada. La técnica también funciona con maíz, algodón, sandía y cultivos hortícolas como berenjena.
El Hombre Que Detuvo El Desierto
Ninguna figura simboliza mejor el potencial del Zaï que Yacouba Sawadogo, agricultor del norte de Burkina Faso que se hizo mundialmente conocido como el hombre que detuvo el desierto.
A partir de los años 1980, Sawadogo perfeccionó el Zaï tradicional con una innovación crucial: aumentó ligeramente el tamaño de las covas y se aseguró de que cada una de ellas estuviera preparada con estiércol y compost orgánico antes de las lluvias.
Mientras sus vecinos abandonaron la tierra, Sawadogo siguió cavando. Con el tiempo, su granja se transformó en un denso bosque de casi 20 hectáreas en una región que hasta entonces se creía que los árboles no podían crecer de nuevo. Ganó el Right Livelihood Award en 2018, un premio sueco considerado el Nobel alternativo, por su contribución al desarrollo sostenible. Su historia fue documentada en la película The Man Who Stopped the Desert, emitida en el Canal 4 británico.
De La Estación Seca Al Continente
Una característica importante del Zaï es que el trabajo de cavar se realiza durante la estación seca, cuando los agricultores tradicionalmente no tienen nada que hacer. Esto transforma el período de inactividad en tiempo productivo, distribuyendo el esfuerzo a lo largo del año en lugar de concentrarlo todo en el corto período de lluvias.
Una vez redescubierto en Burkina Faso, el Zaï se propagó rápidamente a Malí, Senegal, Níger y Kenia. En cada país, la técnica ha ganado adaptaciones locales: en Níger se llama Tassa; en Senegal, el alcalde de Ndiob distribuyó taladros mecánicos para acelerar la creación de las covas.
En regiones de cultivo de pimientos en Senegal, se utilizan neumáticos reciclados para concentrar el abono y el agua en la base de las plantas, siguiendo el mismo principio del Zaï.
Desde 1982, equipos del Centro de Cooperación Internacional en Investigación Agronómica para el Desarrollo (CIRAD) trabajan en la región de Yatenga, en Burkina Faso, documentando y mejorando el sistema.
El Foro Económico Mundial publicó análisis sobre la técnica como uno de los métodos más prometedores para adaptar la agricultura africana a los cambios climáticos.
Desafíos Y Límites De La Técnica
A pesar de los resultados impresionantes, el Zaï tiene limitaciones reales. La versión manual requiere más de 300 horas de trabajo por hectárea, una carga pesada para agricultores de subsistencia que trabajan solos o con la familia.
El calor de la estación seca hace que la excavación sea especialmente agotadora. Además, cada cova tiene una vida útil de solo uno a dos años: después de este período, necesita ser reexcavada en el mismo lugar para que la captura siga funcionando y la materia orgánica sea renovada.

La disponibilidad de estiércol también puede ser un obstáculo en regiones donde la cría de animales es escasa. En suelos muy arenosos o con inclinación superior al 3%, la técnica pierde eficacia. Cuando la precipitación anual supera los 800 mm, las covas pueden llenarse de agua y perjudicar las plantas en lugar de ayudarles.
Investigadores del INERA están probando una sustitución parcial del estiércol orgánico por microdosis de fertilizantes minerales, lo que reduciría costos y ampliaría el acceso a la técnica. También están estudiando combinaciones de cereales como sorgo con leguminosas como frijol-cowpea dentro de las mismas covas, aumentando la diversidad de la producción y la fijación de nitrógeno en el suelo.
Un Vínculo Del Pasado Para El Futuro
La historia del Zaï revela algo que la agricultura moderna a menudo ignora: el conocimiento acumulado por siglos de convivencia con un entorno difícil puede ser más valioso que la más cara de las tecnologías importadas.
Agricultores del Sahel, sin acceso a laboratorios o universidades, desarrollan un sistema que los científicos de todo el mundo ahora estudian y recomiendan.
En un mundo donde los cambios climáticos han vuelto el suelo cada vez más impredecible, donde sequías extremas y lluvias irregulares amenazan la seguridad alimentaria de millones de personas, una simple cova de 20 centímetros cavada con una azada en el suelo agrietado del Sahel ofrece una respuesta que ningún satélite o dron ha podido superar: trabajar con la naturaleza, no contra ella. Y si necesitas ayuda, llama a las termitas.




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