Descubierta por azar en 2000, la Cueva de los Cristales de Naica alberga formaciones gigantes de gipsita en un ambiente extremo y científicamente valioso
En 2000, mineros descubrieron por azar uno de los paisajes subterráneos más impresionantes del planeta. Durante excavaciones en la mina de Naica, en el estado de Chihuahua, en México, abrieron un túnel que reveló una cavidad repleta de cristales gigantes.
La escena llamó la atención inmediata. Con análisis posterior, científicos confirmaron: los pilares translúcidos eran cristales de gipsita, y los más grandes ya registrados en el mundo.
El cristal más grande de la cueva mide alrededor de 11 metros de largo y 1 metro de ancho. Pero, a pesar del tamaño, no son extremadamente valiosos como los cristales utilizados en joyería. El valor, en este caso, radica en la rareza y en la importancia científica.
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Ambiente extremo y difícil acceso
La Cueva de los Cristales de Naica es relativamente pequeña. Tiene 109 metros de largo y un volumen estimado de hasta seis mil metros cúbicos.
Tiene forma de herradura y se encuentra justo encima de un reservorio de magma. Esto significa que, debajo de la mina, a tres y cinco kilómetros de profundidad, hay rocas incandescentes que calientan el suelo.
Debido a esto, la temperatura dentro de la cueva puede llegar hasta 58 °C. Además del calor, la humedad también es extremadamente alta.
Estas condiciones hacen imposible la permanencia en el lugar por largos períodos. Solo investigadores y especialistas tienen acceso, y con trajes especiales de protección. El tiempo máximo permitido para cada visita es de una hora.
Formación de los cristales tomó millones de años
Antes de ser descubierta, la cueva estaba completamente inundada. El agua era caliente y rica en minerales. Para entrar, fue necesario bombear el agua hacia afuera. Este proceso permitió que los científicos estudiaran los cristales con más detalles.
Según los estudios del geólogo Juan Manuel García-Ruiz, la formación comenzó hace unos 26 millones de años.
El magma calentó el agua subterránea y enriqueció el ambiente con minerales, como el sulfato de calcio. Este compuesto químico dio origen a la gipsita.
Antes, las altas temperaturas formaron rocas de anhidrita, que se disolvieron cuando la temperatura bajó. Este proceso creó el ambiente perfecto para que los cristales crecieran lentamente.
Investigaciones indican que para que un cristal alcance un metro de grosor, serían necesarios aproximadamente un millón de años. La formación es tan precisa que García-Ruiz describió el lugar como “la Capilla Sixtina de los cristales”.
Situación actual de la cueva
En 2015, las bombas que mantenían la cueva seca fueron apagadas. El agua comenzó a regresar, pero la cueva aún no está completamente inundada. Aun así, el acceso sigue restringido a personas autorizadas, siempre por tiempo limitado.
Importancia científica más allá de lo visual
La Cueva de los Cristales es más que un paisaje bonito. Según los especialistas, puede ayudar a entender cómo se formó la gipsita en Marte.
Además, los estudios sobre el crecimiento de los cristales pueden ofrecer soluciones para reducir la acumulación de minerales en plantas de desalinización y otras tecnologías. La ciencia sigue atenta a este mundo subterráneo que, durante millones de años, permaneció escondido en el corazón de México.
Con información de CNN.

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