La ciudad de Santa Marta, en la costa caribeña de Colombia, recibió a representantes de cerca de 50 países para negociar un tratado vinculante para la eliminación gradual de los combustibles fósiles, incluyendo petróleo, carbón y gas. La paradoja es evidente: Colombia es el cuarto mayor productor de petróleo de América Latina, el carbón y el gas representan un tercio de sus exportaciones, y la propia Santa Marta fue definida durante décadas por la economía del carbón.
Colombia acaba de ser sede de la conferencia más paradójica del calendario diplomático de 2026. En Santa Marta, ciudad cuya economía estuvo ligada durante décadas a las exportaciones de carbón, representantes de cerca de 50 países se reunieron para negociar el llamado Tratado de Combustibles Fósiles, una iniciativa que busca contener la expansión de la producción de petróleo, carbón y gas y negociar una salida justa de la explotación existente. Los organizadores afirman que 18 naciones ya trabajan en un acuerdo vinculante para abandonar las fuentes de energía que más contribuyen al calentamiento del planeta.
El gobierno de Gustavo Petro duplicó la generación de energía solar en cuatro años, pero los expertos advierten que la transición energética avanza mucho más lentamente de lo que sugiere la retórica oficial. La costa caribeña colombiana, precisamente donde se celebró la conferencia, sigue enfrentando fallas en la red eléctrica y tarifas elevadas, exponiendo la contradicción entre discurso y realidad. Para América Latina, que posee sol, viento, minerales estratégicos y potencial hídrico en abundancia, la pregunta central es si la transición energética llegará de hecho a las residencias y pequeñas empresas o si permanecerá como concepto teórico.
¿Qué propone el Tratado de Combustibles Fósiles y quién lo está negociando?
Según información divulgada por el Canal de DW Español, la idea de interrumpir el uso de combustibles fósiles no es nueva, pero la conferencia de Santa Marta representa un avance concreto. A diferencia de las negociaciones climáticas de la ONU, que funcionan por consenso y son históricamente bloqueadas por países productores de petróleo, el tratado busca avanzar con un grupo menor de naciones dispuestas a comprometerse. El modelo se inspira en el Tratado para la Prohibición de Minas Antipersona, que comenzó con pocos signatarios y hoy reúne a más de 160 Estados miembros.
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Cerca de 55 países participaron en las negociaciones, y los organizadores esperan que la presión regulatoria y reputacional generada por el grupo inicial obligue a otros a adherirse. En la cumbre de la ONU del año pasado en Brasil, varios estados ya habían apoyado la eliminación gradual de los combustibles fósiles, y la conferencia de Santa Marta buscó aprovechar ese impulso para transformar intenciones en compromisos formales. El desafío es que un tratado adoptado por un número limitado de países necesita generar consecuencias prácticas suficientes para influir en el sistema energético global.
¿Por qué Colombia es el anfitrión más contradictorio posible?
Colombia es el cuarto mayor productor de petróleo de América Latina, y el carbón y el gas representan un tercio de sus exportaciones. Ser sede de una conferencia sobre el fin de los combustibles fósiles mientras la economía nacional depende de ellos es una contradicción que el gobierno Petro abrazó deliberadamente, posicionando al país como ejemplo de que incluso las naciones productoras pueden liderar la transición hacia fuentes limpias.
El gobierno colombiano duplicó la capacidad de generación solar en cuatro años, un avance significativo, pero que representa solo una fracción de la matriz energética total del país. La costa caribeña, donde se encuentra Santa Marta, sufre de una infraestructura de red inadecuada, pérdidas técnicas elevadas y tarifas de electricidad entre las más altas del país. La profesora Clara Inés Pardo Martínez, de la Universidad del Rosario, señala que el verdadero impacto de la energía renovable se está sintiendo en la autogeneración y en comunidades energéticas descentralizadas, no en la reducción de las tarifas del sistema centralizado.
¿Qué tiene que ver la guerra en Oriente Medio con la conferencia de Santa Marta?
La urgencia de la conferencia ganó una capa adicional con la guerra en Oriente Medio. Expertos presentes en Santa Marta argumentaron que la dependencia global de petróleo y gas hace que economías enteras sean vulnerables a conflictos en regiones productoras, y que una única ruta de navegación bloqueada puede sacudir los mercados mundiales. La frase que resumió el argumento fue directa: si una ruta marítima puede desestabilizar la economía global, eso no es seguridad energética, es fragilidad.
La guerra elevó los precios de energía y de insumos agrícolas como fertilizantes, afectando a países en desarrollo que dependen de importaciones de combustibles fósiles. Para América Latina, que posee condiciones naturales excepcionales para la generación solar y eólica, la crisis expone el costo de no haber acelerado la transición cuando los precios estaban bajos. El argumento de los defensores del tratado es que continuar expandiendo la exploración de petróleo en medio de una crisis climática y energética no es realismo, sino negación.
Los obstáculos que impiden que la transición llegue a las personas
El caso colombiano ilustra un problema que se repite en toda América Latina. Más energía solar y eólica no se traduce automáticamente en tarifas más bajas para el consumidor final, especialmente cuando la infraestructura de transmisión y distribución es precaria. En la costa caribeña de Colombia, las residencias con paneles solares registran una reducción real en los costos, pero quienes dependen de la red centralizada siguen pagando caro por un servicio inestable.
Los obstáculos son múltiples. La falta de financiación accesible para proyectos renovables, los obstáculos legales que retrasan la implementación y las redes eléctricas que no fueron dimensionadas para recibir energía descentralizada forman un conjunto de barreras que ningún tratado internacional resuelve por sí solo. La transición energética necesita volverse confiable y equitativa en todos los territorios para que los beneficios de la energía limpia lleguen a las poblaciones que más lo necesitan, y no solo a las que pueden pagar por sistemas propios de generación.
Lo que debe salir de Santa Marta para que el tratado no sea letra muerta
La conferencia de Santa Marta será juzgada por lo que produzca de concreto en los próximos meses. Para que el tratado no se convierta en un documento más de buenas intenciones, los participantes necesitan definir mecanismos de financiación, eliminar obstáculos legales y establecer metas verificables de reducción en la producción de combustibles fósiles. La profesora Pardo Martínez enfatizó que la clave está en operacionalizar los compromisos con una gestión eficiente y la atracción de inversiones para energía renovable en regiones que dependen del carbón y el petróleo.
Las energías renovables están en plena expansión global. En 2025, suplieron todo el crecimiento de la demanda mundial de electricidad y superaron al carbón como principal fuente de generación. Pero la velocidad de esta transición varía enormemente entre países y regiones, y América Latina corre el riesgo de quedar atrapada entre la retórica ambiciosa de conferencias internacionales y la realidad de poblaciones que aún pagan caro por electricidad precaria. Santa Marta puede ser el punto de inflexión, o un evento más donde las palabras reemplazaron a las acciones.
¿Cree que países productores de petróleo como Colombia pueden liderar la transición energética de forma creíble, o el paradoja es demasiado grande para ser ignorada? Cuéntenos en los comentarios qué piensa sobre el futuro de los combustibles fósiles y si la energía limpia ya llegó a su casa.

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