Mientras especies invasoras se expanden por América Latina, del lirio acuático en los lagos al sargazo en las playas, el control biológico intenta limitar los daños ambientales sin destruir la biodiversidad.
Mientras especies invasoras se propagan por lagos, represas y playas de América Latina, comunidades ribereñas, científicos y activistas corren contra el tiempo. Desde el lirio acuático que ahoga 300 lagos en México hasta el sargazo que cubre playas paradisíacas del Caribe, pasando por toxinas en un lago chileno famoso entre turistas, la región se ha convertido en un laboratorio vivo de conflictos entre naturaleza, economía y clima.
Detrás de cada planta que parece inofensiva, hay una historia compleja. Hipopótamos en Colombia, cabras en Galápagos, castores en Patagonia y lirios acuáticos en lagunas mexicanas son ejemplos de cómo especies exóticas se convierten en especies invasoras, borrando biodiversidad, alterando cadenas alimentarias y generando severas pérdidas económicas. Al mismo tiempo, surgen respuestas creativas: control biológico con insectos, reutilización de algas como biogás y construcción, monitoreo comunitario y activismo ambiental cada vez más organizado.
Qué son las especies invasoras y por qué América Latina se ha convertido en blanco
Cuando hablamos de especies invasoras, no nos referimos a cualquier planta o animal de fuera, sino a organismos que llegan a nuevos territorios, normalmente de forma accidental o intencionada, y comienzan a expandirse de manera agresiva.
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Según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, estas especies ya son la segunda principal causa de pérdida de biodiversidad en el mundo, solo detrás de la destrucción directa de hábitats.
En América Latina, la lista es larga. Hipopótamos en Colombia, cabras erradicadas en Galápagos y castores en Patagonia muestran que el problema no es solo ecológico. Las especies invasoras también causan pérdidas en la pesca, en la agricultura, en el turismo y en la salud.
En muchos casos, gobiernos y comunidades se ven obligados a gastar tiempo y dinero para intentar controlar plagas que comenzaron como “ornamentos”, experiencias económicas o hasta caprichos de personas poderosas.
Dentro de este escenario, dos plantas han ganado protagonismo recientemente: el lirio acuático, que ahoga cuerpos de agua en México y en otros países, y el sargazo, una alga parda que invade playas del Caribe y de la costa mexicana.
Al mismo tiempo, en Chile, científicos y activistas monitorean toxinas generadas por floraciones de cianobacterias en un lago turístico, intentando evitar un colapso silencioso en la calidad del agua.
Lirio acuático: planta ornamental que se convirtió en especie invasora agresiva
El caso del lirio acuático muestra bien cómo las especies invasoras pueden nacer de algo aparentemente inofensivo. Importado a finales del siglo XIX como planta ornamental, el lirio pasó de ser un adorno de jardín y de canales a convertirse en un problema nacional en México.
Hoy, infesta alrededor de 300 lagos y lagunas del país, formando tapetes verdes que impiden la navegación, bloquean el acceso a cultivos y ahogan la fauna acuática.
En la laguna de Tecocomulco, en el centro de México, la situación se ha vuelto crítica. Una “alfombra” flotante de lirios impedía barcos, aislaba cultivos y devastaba la pesca, principal sustento de cerca de 20 mil habitantes en la zona.
Agricultores como don Pancho se han visto obligados a abandonar plantaciones de maíz, frijoles y habas para dedicarse casi exclusivamente a la extracción manual de la planta invasora.
Arrancar el lirio no es simple. La planta está compuesta en gran parte por agua, lo que multiplica su peso y complica su arrastre. Aun así, una brigada de 16 ribereños ha comenzado a realizar limpiezas diarias, empujando la infestación hacia atrás.
Lo que antes era solo un problema ha pasado a ser también parte de la solución: el lirio retirado se lleva a las parcelas de cultivo, extendido como si fuera abono.
Este uso agrícola ha traído una ventaja inesperada. El lirio acuático, utilizado como cobertura y abono, ayudó a reducir el uso de fertilizantes químicos, que antes escurrían hacia la laguna, enriqueciendo el agua con nutrientes y alimentando la explosión de la planta invasora.
Con el programa de restauración ecológica del gobierno de Hidalgo, coordinado por técnicas como Evelyn Terrazas, la comunidad logró reducir la “plaga” a cerca de un décimo de la superficie de agua.
Cuando el control biológico intenta dar la vuelta a la situación contra el lirio acuático
El problema del lirio acuático no es exclusivo de México. La planta, que ya ha tomado sistemas de agua dulce en cinco continentes, también ha invadido represas en el norte de Sudáfrica.
Allí, la represa de Hartbeespoort se ha convertido en un ejemplo extremo: una masa verde donde debería haber solo agua, bloqueando vías fluviales y causando impactos ecológicos y socioeconómicos.
Intentar controlar el lirio solo con extracción manual o herbicidas químicos ha demostrado ser costoso, lento y arriesgado para el medio ambiente.
Fue en este punto que entró en escena el control biológico, una de las estrategias más sofisticadas para lidiar con especies invasoras.
Investigadores sudafricanos pasaron años probando “enemigos naturales” del lirio acuático en ambientes totalmente controlados.
Buscaron un insecto capaz de atacar solo la planta invasora, sin dañar especies nativas o cultivos. La apuesta recayó sobre un pequeño saltamontes del jacinto de agua, originario de América del Sur, descrito como minúsculo y voraz.
En diez años, se han criado 1 millón de insectos en laboratorio, siendo 300 mil liberados solo en el último año.
Cada saltamontes es contabilizado y probado exhaustivamente para garantizar que se alimenta principalmente del lirio. La lógica es simple: usar una especie que se reproduce a la misma velocidad que la planta invasora y la corroe “desde dentro”, hoja por hoja.
En los puntos donde se ha aplicado el control biológico, los signos son visibles. Las hojas del lirio presentan agujeros y manchas marrones, se enrollan y acaban desintegrándose lentamente en el fondo.
En cerca de dos años, algunas represas han reducido la cobertura de plantas del 40% al 5%. Aun así, los especialistas admiten que el lirio nunca desaparecerá por completo: con la rapidez de crecimiento que tiene, el objetivo es mantener la especie invasora bajo control, no eliminarla por completo.
Sargazo: alga que afecta al Caribe e inspira soluciones inesperadas

Otro frente crítico de especies invasoras en la región proviene del mar. El sargazo, un alga parda que normalmente flota en alta mar, a más de mil kilómetros de la costa, ha comenzado a llegar en masa a playas del Caribe y de México.
El resultado es un escenario que contrasta con la imagen de “paraíso tropical”: franjas marrones cubriendo la costa, agua turbia, olor fuerte y millones de toneladas de biomasa acumulándose año tras año.
El sargazo crece rápido, responde al calor y a la presencia de nutrientes en el agua. Cuando se acumula en las playas, comienza a descomponerse y libera ácido sulfhídrico, el mismo olor de huevo podrido.
Esto afecta no solo el ecosistema marino y costero, sino también la economía: muchos países temen el impacto sobre el turismo, su principal fuente de ingresos.
Para intentar contener el avance del alga, hoteles y autoridades han instalado barreras flotantes “antisargazo” que permiten el paso de peces y tortugas, pero bloquean parte de las masas de algas antes de que lleguen a las playas.
En alta mar, barcos especializados realizan recogida mecánica. Aun así, las barreras y la recolección son soluciones provisionales, que deben repetirse año tras año.
Al mismo tiempo, el exceso de sargazo ha estimulado un lado creativo. Empresas y científicos en México han comenzado a probar el uso del alga como materia prima para biogás y materiales de construcción.
En un laboratorio cerca de Mérida, Yucatán, los investigadores utilizan hongos que degradan fibras y hacen que el carbono sea más accesible, acelerando la producción de biogás en aproximadamente un 30%.
En otro proyecto, el sargazo se ha transformado en bloques de construcción, los llamados “saga blocks”, utilizados en una casa piloto con cerca del 60% de la estructura hecha de algas.
Transformar una especie invasora en un recurso económico no resuelve la raíz del problema, pero puede aliviar parte del impacto y generar empleos en comunidades vulnerables, siempre que existan reglas claras para evitar nuevos daños ambientales.
Lago Villarrica: toxinas, turismo y activismo ambiental en Chile

En el sur de Chile, el lago Villarrica, en la región de la Araucanía, muestra otro lado del desafío. Allí, el problema no es el lirio acuático ni el sargazo, sino floraciones intensas de algas y cianobacterias que pueden producir toxinas peligrosas.
El lago recibe miles de turistas todos los veranos, pero, al mismo tiempo, sufre con descargas de aguas residuales, residuos de pisciculturas, basura y presión inmobiliaria.
La bióloga y activista Loreto Lagos, fundadora de la Fundación Raíces de Pucón, decidió reaccionar. Su organización monitorea la biodiversidad, visita humedales, realiza trampas y observaciones nocturnas para entender mejor quién vive en estos ambientes y cómo están cambiando.
El diagnóstico es claro: exceso de nutrientes en el agua, desequilibrio en la cadena trófica y floraciones algales intensas en verano, muchas de ellas productoras de hepatotoxinas y neurotoxinas.
En animales pequeños, ya se han observado muertes. En humanos, los casos más visibles son irritaciones de piel y problemas gastrointestinales.
No obstante, Loreto advierte que, si nada cambia, la acumulación de toxinas puede aumentar el riesgo de cáncer de hígado y daños neurológicos en los próximos años.
A pesar de esto, las autoridades muchas veces prefieren minimizar el problema, con miedo a alejar turistas. Un ejemplo simbólico fue la realización de un Ironman con el lago verde, cubierto por algas, lo que los activistas consideraron una falta de respeto hacia los atletas y habitantes.
La fundación presiona por protocolos claros: medir toxinas con regularidad, informar a la población y cerrar las playas cuando los niveles sean peligrosos.
Además del monitoreo, el equipo de Loreto produce guías de biodiversidad, folletos informativos y realiza charlas en escuelas. La apuesta es simple: sin educación ambiental, la lucha contra especies invasoras, contaminación y toxinas siempre será reactiva y tardía.
Cómo la región puede recuperar el control sobre las especies invasoras
Los casos del lirio acuático, del sargazo y de las toxinas en el lago Villarrica muestran que las especies invasoras y los desequilibrios ecológicos no son problemas aislados, sino síntomas de un modelo de uso del agua y del territorio que estresa ecosistemas enteros. Al mismo tiempo, muestran caminos posibles.
En México, comunidades ribereñas han transformado una planta invasora en abono y alimento para carpas, han reducido insumos químicos y han recuperado pesca, aves y turismo en lagunas que parecían perdidas.
En Sudáfrica, el control biológico con insectos específicos ha demostrado que es posible atacar una especie invasora sin recurrir solo a venenos.
En el Caribe, el sargazo se ha convertido en combustible y bloque de construcción, abriendo una nueva cadena productiva. En Chile, el activismo de base presiona por transparencia, protocolos de seguridad y respeto hacia las personas que viven y trabajan a la orilla del lago.
Las especies invasoras no desaparecerán de la noche a la mañana, pero la forma en que lidiamos con ellas puede acelerar la destrucción o abrir espacio para soluciones más inteligentes, que combinen ciencia, participación social y economía local.
¿Y tú, crees que América Latina debería invertir más en control biológico, en aprovechamiento económico de las especies invasoras o en reglas más estrictas para evitar que estas especies lleguen y se propaguen?



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