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Un meteorito de más de 2 km a 60 mil km/h abrió en lo que hoy es Piauí un cráter de 21 km de diámetro, ahora confirmado como el segundo más grande de América del Sur, en un estudio brasileño que llevó casi cinco décadas y fue publicado en la revista Meteoritics & Planetary Science.

Escrito por Bruno Teles
Publicado el 26/05/2026 a las 18:43
Actualizado el 26/05/2026 a las 18:44
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La prueba definitiva estaba en dos muestras de arenisca recolectadas cerca del centro de la estructura, en pleno sertão de la Caatinga. En ellas, granos de cuarzo guardan cicatrices que solo nacen bajo presiones de cerca de 200 mil atmósferas. La expedición decisiva, en 2017, solo venció el terreno impenetrable con la ayuda de un residente y de un equipo de Petrobras.

Un meteorito de más de 2 kilómetros de diámetro, viajando a cerca de 60 mil kilómetros por hora, abrió en lo que hoy es el norte de Piauí un cráter de 21 kilómetros de diámetro, ahora oficialmente confirmado como el segundo más grande de América del Sur. El descubrimiento es fruto de un estudio brasileño que llevó casi cinco décadas y fue publicado en la revista científica Meteoritics & Planetary Science, de The Meteoritical Society, referencia mundial en investigación de meteoritos.

La estructura se encuentra en el municipio de São Miguel do Tapuio, a unos 215 kilómetros de Teresina, y pasa a ser el noveno cráter de impacto reconocido oficialmente en Brasil y el 37º más grande del mundo, entre cerca de 200 ya identificados en el planeta. La confirmación fue liderada por el profesor emérito Álvaro Crósta, del Instituto de Geociencias de la Universidad Estatal de Campinas, la Unicamp, que estudia la formación desde hace décadas.

Casi 50 años para confirmar el origen

La historia de este cráter es casi tan impresionante como el impacto que lo formó. La estructura circular ya era conocida desde los años 1970 y 1980, cuando apareció en imágenes de radar del Proyecto Radambrasil, pero faltaban pruebas concluyentes de su origen extraterrestre. Características como anillos concéntricos y un área central elevada sugerían un impacto, pero también podrían ser explicadas por procesos internos de la Tierra.

Por eso, era necesario reunir evidencias más robustas, y fue ahí que la investigación tropezó con la geografía. El área es extremadamente aislada, con relieve accidentado y la vegetación densa y espinosa típica de la Caatinga, lo que dificultaba la llegada al centro del cráter, justamente el punto donde las chances de encontrar pruebas del impacto eran mayores. A lo largo de casi cinco décadas, el profesor Crósta realizó tres expediciones al lugar sin lograr alcanzar esa región central en los primeros intentos.

La expedición decisiva y el apoyo de Petrobras

El cambio vino en la expedición de 2017, cuando Crósta, acompañado del profesor Marcos Alberto Rodrigues Vasconcelos, de la Universidad Federal de Bahía, la UFBA, finalmente logró acercarse al núcleo de la formación. Para vencer el terreno casi impenetrable, el equipo contó con la ayuda de un residente de la región, que conocía los caminos, y también de un grupo de Petrobras que operaba en el área, un detalle que conecta el descubrimiento científico con el universo de la exploración de recursos en el país.

Con este apoyo logístico, los investigadores llegaron a cerca de un kilómetro del centro del cráter y recolectaron muestras de arenisca que podrían guardar las marcas del impacto. Fue un trabajo minucioso: de las 50 muestras recogidas en pocos días, solo las dos últimas, las más cercanas al centro, contenían las evidencias decisivas. El propio científico describió la tarea como un trabajo de detective, comparable a buscar una aguja en un pajar.

Las cicatrices que comprueban el impacto

La prueba definitiva del origen meteórico estaba en deformaciones microscópicas en los granos de cuarzo de las rocas, conocidas como marcas de deformación por choque. Estas estructuras solo se forman bajo presiones altísimas, del orden de 20 gigapascales, el equivalente a cerca de 200 mil atmósferas, y quedan registradas permanentemente en la roca. Según los investigadores, ningún otro proceso geológico es capaz de generar presiones tan elevadas en las porciones más superficiales de la corteza terrestre.

Las muestras recolectadas en Piauí fueron transformadas en finas láminas de roca y analizadas en microscopio en la Universidad de Viena, en Austria, de donde salió la confirmación. El estudio involucró además a investigadores de universidades federales de Ceará, de Santa Catarina, de São Carlos y de Brasilia, además de la USP, y también utilizó datos topográficos de satélites de radar para analizar la forma y el grado de erosión del cráter a lo largo del tiempo.

El tamaño del impacto

Los números del evento que creó el cráter ayudan a dimensionar su violencia. Se estima que el meteorito tenía cerca de 2,2 kilómetros de diámetro y alcanzó la superficie a aproximadamente 60 mil kilómetros por hora. La energía liberada fue tan grande que pulverizó buena parte del cuerpo celeste, con fragmentos sublimándose y convirtiéndose en gases, lo que explica por qué prácticamente no quedan pedazos del meteorito en el lugar.

La edad exacta de la formación aún no ha sido determinada, pero los análisis indican que el impacto habría ocurrido en algún momento entre 159 y 267 millones de años atrás. La erosión a lo largo de todo ese tiempo borró buena parte del relieve original, de modo que, en el lugar, el cráter es tan grande y tan desgastado que se vuelve difícil de percibir a simple vista, pareciendo solo otro conjunto de colinas comunes del paisaje.

Brasil en el mapa de los cráteres

Con esta confirmación, Piauí pasa a albergar el segundo cráter de impacto más grande de América del Sur, solo detrás del Domo de Araguainha, en la frontera entre Mato Grosso y Goiás. Aquella estructura, con cerca de 40 kilómetros de diámetro, habría sido formada hace cerca de 250 millones de años por el impacto de un meteorito de aproximadamente 4 kilómetros, y sigue siendo la mayor del continente.

Todas las nueve cráteres de impacto confirmadas en Brasil hasta hoy tuvieron la participación del profesor Crósta, quien afirma que hay otras estructuras en estudio, algunas inundadas o sumergidas bajo capas de sedimentos. Para los científicos, investigar estos registros ayuda a entender la evolución de la superficie del planeta e incluso a prever la posibilidad de eventos catastróficos futuros, aunque sean fenómenos de frecuencia bajísima.

La confirmación del cráter de São Miguel do Tapuio coloca a Piauí y a la ciencia brasileña en el mapa internacional de la investigación de impactos espaciales, mostrando cómo décadas de persistencia pueden transformar una sospecha antigua en un descubrimiento consolidado. Más que un hito geológico, la historia revela el esfuerzo de investigadores brasileños para descifrar un evento ocurrido hace cientos de millones de años, escondido en pleno sertão nordestino. Es un recordatorio de que Brasil aún guarda muchos secretos sobre el pasado violento de nuestro planeta.

¿Y tú, habías oído hablar de que existe un cráter de meteorito gigante en medio de la Caatinga de Piauí? ¿Imaginabas que Brasil tuviera tantas marcas de impactos espaciales en su territorio? Deja tu comentario, cuenta qué te impresionó más de este descubrimiento y comparte el artículo con quienes aman la ciencia, el espacio y los misterios de la Tierra.

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Bruno Teles

Hablo sobre tecnología, innovación, petróleo y gas. Actualizo diariamente sobre oportunidades en el mercado brasileño. Con más de 7.000 artículos publicados en los sitios web CPG, Naval Porto Estaleiro, Mineração Brasil y Obras Construção Civil. ¿Sugerencias de temas? Envíalas a brunotelesredator@gmail.com

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