Una fuerza de tarea de la Marina de Brasil removió 5.549,57 kilos, cerca de 5,5 toneladas, de coral invasor de la Bahía de Todos los Santos, en la Isla de Itaparica (BA). Fue la primera operación a gran escala de erradicación de la especie en Brasil, y reunió a militares, buceadores, universidades, organismos estatales y federales y voluntarios de la propia región.
Según la Agencia Marina de Noticias, la acción juntó a la corporación y a un grupo de investigadores para contener el avance del octocoral bioinvasor Chromonephthea braziliensis, conocido como coral-sol, la especie que venía amenazando la biodiversidad nativa de la Bahía de Todos los Santos. Según el Correio 24h, se retiraron 5.549,57 kilos de este coral invasor, el mayor volumen ya recogido del octocoral en una única frente de trabajo en el litoral brasileño, en un esfuerzo que se convirtió en referencia nacional en el combate a la bioinvasión.
La historia detrás de este número comienza bajo el agua, en un tramo de mar que parece calmo en la superficie, pero que había sido silenciosamente tomado por un coral invasor sin depredadores naturales. Lo que los buceadores encontraron en el fondo era una alfombra viva extendiéndose sobre piedras, cascos y estructuras sumergidas, asfixiando la vida marina local y encendiendo la alerta en toda la región.
El día en que la Marina entró al agua
La operación tuvo clima de misión militar, porque fue exactamente eso. En mayo de 2025, equipos de la corporación descendieron a las aguas de la Isla de Itaparica con un objetivo claro: arrancar el máximo posible de coral invasor antes de que la bioinvasión avanzara hacia nuevos puntos de la Bahía de Todos los Santos. Buceadores entrenados, cilindros en la espalda, se turnaron para explorar el fondo del mar casi palmo a palmo.
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No era un buceo de contemplación. Cada colonia del coral necesitaba ser localizada, evaluada y removida con cuidado casi quirúrgico, para no esparcir fragmentos capaces de generar nuevas colonias. La especie lleva una característica traicionera: cuando se manipula de cualquier manera, se reproduce a partir de sus propios pedazos sueltos, y lo que era una limpieza puede convertirse en una nueva ola de contaminación.
Por eso, la Marina no entró sola en esta empresa. A su lado estaban investigadores, técnicos ambientales y residentes que conocen cada rincón de ese mar. La meta declarada nunca fue solo recoger el coral de un único día, sino probar, en la práctica, un método que pudiera ser repetido a escala, sirviendo de modelo para otros estados costeros que enfrentan el mismo invasor.
¿Quién es el enemigo invisible de la Bahía de Todos los Santos?

El villano de esta historia tiene un nombre científico difícil: Chromonephthea braziliensis. Es un octocoral de esqueleto blando y flexible, en tonos que van del rojizo al blanco, apodado coral-sol. Bonito de lejos, devastador de cerca. Esta especie no pertenece a las aguas brasileñas, y su llegada es un caso clásico de bioinvasión silenciosa, del tipo que nadie percibe hasta que ya es tarde.
El problema del coral invasor nunca fue la apariencia, sino el hambre de espacio. Sin depredadores naturales en la bahía, el octocoral se multiplica a un ritmo acelerado, cubriendo rocas, corales nativos y prácticamente cualquier superficie firme que encuentre a su paso. Donde el coral invasor se instala, la fauna y la flora originales pierden terreno, y la delicada cadena alimentaria local comienza a desmoronarse.
Los pescadores de la región fueron los primeros en sentir en carne propia el efecto de la invasión. Peces que antes aparecían en abundancia comenzaron a desaparecer, porque el coral invasor transforma el hábitat que servía de cuna y refugio para decenas de organismos. Una invasión como esta no es un problema ambiental abstracto: afecta el plato, los ingresos y el futuro de quienes viven del mar en la región.
Colonias del coral invasor Chromonephthea braziliensis recogidas del fondo de la Bahía de Todos los Santos durante la operación. (Foto: Reproducción/Correio 24h)
Una fuerza de tarea que unió uniformes, ciencia y pescadores
Lo que impresiona en esta historia no es solo el peso recogido, sino la unión entre gente muy diferente. La Marina de Brasil coordinó la parte logística y de buceo, pero el combate al coral invasor solo fue posible porque universidades, organismos ambientales estatales y federales y voluntarios locales se unieron en la misma empresa.
Investigadores de universidades federales proporcionaron la base técnica, ayudando a identificar la especie, mapear las áreas más afectadas y definir la mejor forma de remoción sin propagar la bioinvasión. Organismos ambientales contribuyeron con fiscalización, licencias y planificación, mientras que los militares garantizaron la estructura pesada para operar dentro de la bahía con seguridad.
Y había voluntarios, muchos de ellos pescadores y residentes de la Isla de Itaparica, que conocen ese mar mejor que cualquier mapa. Fueron ellos quienes, a lo largo de los meses, ayudaron a señalar dónde el coral estaba más concentrado. Esta mezcla de uniformes, ciencia y conocimiento popular se convirtió en la columna vertebral de la operación y explica por qué logró recoger tanto material en tan poco tiempo.
Cepillo de acero, manos firmes y sal ácida: cómo el coral fue arrancado

Combatir el coral invasor no es tarea de tirar y desechar. El método usado en la Bahía de Todos los Santos fue pensado justamente para no estimular la reproducción del octocoral durante la retirada. En la mayor parte de las áreas, la remoción fue manual: los buzos destacaban las colonias una a una y limpiaban el sustrato, es decir, la superficie donde el coral estaba fijado.
Para asegurar que nada quedara atrás, entraba en escena el cepillo de acero. Después de arrancar las colonias, los equipos frotaban las rocas y estructuras para remover cualquier rastro del organismo, impidiendo que fragmentos minúsculos rebrotaran y reiniciaran la infestación desde cero. Es un trabajo manual, repetitivo y exigente, hecho bajo el agua y contra el reloj.
En las áreas más profundas, donde la remoción manual es arriesgada, la fuerza de tarea recurrió a una solución de sal ácida aplicada directamente sobre las colonias de coral invasor. La técnica ataca el octocoral sin exigir que los buzos permanezcan demasiado tiempo en grandes profundidades. La combinación de manos firmes, cepillo de acero y sal ácida fue lo que permitió enfrentar al invasor en diferentes escenarios dentro de la misma operación.
5.549,57 kilos: el resultado de una limpieza hecha en etapas

El número que bautizó la operación no vino de un solo golpe. Los 5.549,57 kilos de coral invasor fueron recogidos en etapas, a medida que los equipos avanzaban por diferentes puntos de la Isla de Itaparica. En una primera fase, fueron retirados 2.939,42 kilos del invasor. En una segunda, otros 2.610,15 kilos, sumando las 5,5 toneladas que entraron en la historia.
Recoger este volumen exigió planificación quirúrgica. Cada kilo del coral removido necesitó ser retirado del agua, pesado y descartado de forma segura, para que el octocoral no volviera al mar por descuido. La precisión del número, con derecho a decimales, muestra el nivel de control técnico de la operación: aquí, cada gramo del invasor contabilizado importaba.
Colocado en perspectiva, 5,5 toneladas equivalen al peso de varios coches populares apilados. Solo que, en lugar de metal, era coral vivo, arrancado colonia por colonia del fondo de la Bahía de Todos los Santos. Es este tamaño lo que hace de la acción la mayor operación de erradicación de la especie jamás realizada en Brasil, un hito en la lucha contra la bioinvasión marina en el país.
Por qué la bioinvasión asusta tanto a los científicos
Para quien está en la arena, un coral puede parecer inofensivo. Pero la bioinvasión provocada por el coral invasor Chromonephthea braziliensis es, para los científicos, una de las amenazas más serias a la Bahía de Todos los Santos. La lógica es simple y aterradora: una especie sin depredadores naturales, que se reproduce rápido y ocupa cualquier espacio, tiende a transformar el ecosistema entero a su imagen.
Cuando el coral invasor domina un acantilado rocoso, expulsa organismos nativos, reduce la diversidad de vida y empobrece toda la cadena. Los peces pierden refugio, las algas nativas pierden espacio y el equilibrio construido a lo largo de siglos se deshace en pocos años. La invasión no mata de una vez: asfixia poco a poco, y cuando los efectos se hacen visibles, revertir ya cuesta mucho más caro.
Aún existe el riesgo de que la especie salte de la bahía a otros tramos del litoral, llevada por cascos de embarcaciones y corrientes del mar. Es este potencial de propagación lo que quita el sueño a los investigadores. Contener el coral invasor en un único punto no basta si la bioinvasión puede recomenzar a pocos kilómetros de allí, en una reacción en cadena difícil de frenar una vez que cobra fuerza.
De Itaparica para el resto del litoral brasileño
Más que limpiar un trozo de mar, la operación de la fuerza de tarea en la Bahía de Todos los Santos nació para convertirse en modelo. Fue la primera vez que el país enfrentó el coral invasor a gran escala, y cada etapa fue documentada para servir de manual a otros estados costeros que ya conviven, o pronto van a convivir, con el mismo tipo de invasor.
El razonamiento de los involucrados es que la invasión no respeta fronteras estatales. Si funcionó en esa bahía, el mismo protocolo de detección precoz, remoción manual, cepillo de acero y solución de sal ácida puede ser adaptado para Espírito Santo, Río de Janeiro o cualquier litoral donde aparezca el coral invasor. Transformar la experiencia en un guion replicable es, tal vez, el legado más valioso de la fuerza de tarea.
Detección rápida y acción inmediata se convirtieron en el lema. Cuanto más pronto se localice una nueva colonia del invasor, más barata y eficaz es la respuesta. Esperar a que el octocoral se instale significa, en la práctica, condenarse a operaciones gigantescas como esta, de toneladas y toneladas. El modelo salido de Itaparica predica lo contrario: actuar mientras el avance aún cabe en la palma de la mano.
Lo que aún amenaza a la Bahía de Todos los Santos
Recolectar 5,5 toneladas de coral invasor fue una victoria, pero nadie involucrado en la operación considera la guerra como ganada. La especie es persistente, y basta un fragmento olvidado para que la bioinvasión recomience. Por eso, el monitoreo continuo de la región se ha convertido en parte inseparable del combate, con inmersiones periódicas para verificar si el coral invasor ha rebrotado.
El control de las embarcaciones que llegan al lugar también ha entrado en el radar. Como la especie se transporta en los cascos de los barcos, reforzar la fiscalización y orientar a la comunidad marítima sobre los riesgos de la bioinvasión es tan importante como arrancar colonias del fondo del mar. Prevenir la llegada de nuevos focos cuesta mucho menos que remediar una infestación ya extendida por la bahía.
Hay aún el frente educativo. Enseñar a pescadores, buceadores, marineros y bañistas a reconocer el coral invasor y a avisar a las autoridades transforma a cada habitante en un vigilante de la bahía. Fue así como la bioinvasión comenzó a ser mapeada, y es así como podrá ser contenida en el futuro. La mayor operación de erradicación de la especie jamás realizada en Brasil mostró que es posible reaccionar, pero dejó una pregunta en el aire: ¿cuántas otras bahías en Brasil ya están siendo tomadas, ahora mismo, por una invasión que nadie ve desde la playa?
