Estudiante sudafricana llamó la atención internacional al usar residuos de frutas en una investigación contra los efectos de la sequía, combinando química, sostenibilidad y agricultura en un proyecto escolar reconocido por la Google Science Fair y acompañado por publicaciones científicas.
Kiara Nirghin tenía 16 años cuando ganó el Grand Prize de la Google Science Fair de 2016 con un proyecto que transformaba cáscaras de naranja y piel de aguacate en un polímero biodegradable, creado para ayudar al suelo a retener agua por más tiempo en períodos de sequía.
Anunciado en Mountain View, Estados Unidos, el 27 de septiembre de ese año, el premio le otorgó a la estudiante sudafricana una beca de US$ 50 mil y amplió la visibilidad de una investigación escolar orientada a un problema agrícola real.
Llamada “No More Thirsty Crops”, la propuesta surgió en medio de una sequía severa en Sudáfrica, con repercusiones sobre agricultores y producción de alimentos, y buscó una alternativa simple en residuos orgánicos descartados en el consumo cotidiano.
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En lugar de recurrir a materiales caros o equipos complejos, la joven dirigió las pruebas hacia sobras comunes en la cadena de alimentos, intentando transformar cáscaras de frutas en un recurso capaz de conservar humedad junto a las raíces de las plantas.
Polímero biodegradable hecho con cáscaras de frutas
Componentes de cáscaras de naranja y de aguacate formaron la base del material desarrollado por la estudiante, que funcionaba como una sustancia superabsorbente y podía actuar como una pequeña reserva de humedad en el suelo.
Según la Scientific American, Kiara presentó el polímero como algo que podría ser “plantado” al lado de los cultivos para crear “mini reservorios de agua en el suelo”.
Detrás de la idea de fácil comprensión, había un método experimental basado en la pectina de la cáscara de naranja, carbohidrato conocido por su capacidad de absorción y usado como base para componer un polvo retenedor de agua.
En la descripción de Scientific American, el proceso pasaba por hervir cáscaras de naranja para obtener un líquido rico en pectina, mezclarlo con pedazos secos de cáscara de naranja y piel de aguacate, calentar la composición y triturar el resultado.
Después de esta etapa, la composición final aún recibía más cáscaras y pieles antes de las pruebas en el suelo, en una secuencia pensada para llegar a un material biodegradable y capaz de almacenar agua por más tiempo.
Solución barata contra la sequía llamó la atención
Entre los datos divulgados por Scientific American, el principal destaque fue la capacidad de absorción del polímero, señalado en los testes relatados como un material capaz de retener cerca de 300 veces su propio peso en agua.
Con esta retención, el suelo tratado permanecía húmedo por más tiempo, mientras las plantas observadas en los experimentos crecían más altas, presentaban mejor apariencia y producían más flores, según los resultados descritos por la publicación.
La fuerza de la invención estaba en la combinación entre bajo costo, biodegradación y reaprovechamiento de residuos, tres factores importantes en regiones donde la irrigación es limitada, cara o insuficiente para proteger cultivos durante períodos secos.
Aunque superabsorbentes ya se usan en diferentes áreas, inclusive en la agricultura, muchos productos comerciales dependen de polímeros sintéticos, mientras el proyecto de Kiara apostaba en una alternativa obtenida de restos de frutas.
Scientific American informó que la invención conquistó el premio principal de la Google Science Fair en septiembre de 2016, competición internacional dirigida a estudiantes interesados en resolver problemas reales por medio de ciencia y tecnología.
También registrada por la publicación como co-patrocinadora de la premiación, la competición ayudó a dar alcance internacional a una investigación que acercaba química aplicada, sostenibilidad y seguridad alimentaria a partir de materiales comunes.
De la sequía en Sudáfrica al premio internacional
El origen de la investigación vino de la observación de noticias sobre agricultores afectados por la sequía, cuando Kiara percibió que la escasez de agua no era solo un problema local, sino una dificultad con impacto en varias regiones del mundo.
A partir de esa percepción, la estudiante comenzó a investigar una forma de mantener plantaciones hidratadas incluso en períodos de poca lluvia, buscando una respuesta que pudiera ser probada sin depender de tecnologías inaccesibles al productor común.
Al partir de un escenario ligado a la agricultura y a la seguridad alimentaria, el proyecto evitaba tratar la sequía como una cuestión abstracta y presentaba una solución comprensible para quien conoce el descarte diario de restos de alimentos.
En la divulgación de la premiación, Brand South Africa informó que Kiara era alumna del 11º año de la St Martin’s School, en Johannesburgo, y que su solución usaba cáscaras de naranja y aguacate para aliviar efectos de la sequía en el país.
La entidad también registró que el material actuaba como retenedor de agua en el suelo, reforzando el carácter práctico de una investigación escolar construida a partir de observación, experimentación y preocupación con pérdidas agrícolas.
Ciencia aplicada a residuos orgánicos
Más que la edad de la estudiante, la repercusión de la invención vino de la unión entre una pregunta simple y un problema ambiental urgente, con cáscaras desechadas siendo tratadas como materia prima para enfrentar la falta de agua.
En este proceso, el suelo seco dejó de ser visto solo como una limitación agrícola y pasó a ser tratado como un ambiente donde pequeños reservorios temporales podrían ayudar a las plantas a atravesar períodos de menor humedad.
El reconocimiento internacional también destacó el papel de las ferias científicas en la formación de jóvenes investigadores, especialmente cuando inquietudes provocadas por problemas reales se transforman en hipótesis, experimento, prueba y presentación pública.
Aun así, la solución no fue presentada como un producto industrial listo para acabar con la sequía, sino como una demostración del potencial de un material biodegradable y barato creado a partir de residuos orgánicos.
La historia sigue llamando la atención porque reúne a una adolescente, ciencia escolar, reaprovechamiento de alimentos y un desafío presente en muchas áreas agrícolas, donde conservar agua en el suelo puede hacer la diferencia para pequeños productores.
Si cáscaras desechadas pudieron inspirar una alternativa para retener agua en el suelo, ¿cuántas otras respuestas ambientales aún pueden estar escondidas en la basura que pasa desapercibida?
